RetrocesoA&ONº 206/30-III-2000SumarioMundoContinuar
La gran fuerza del perdonar
Ver al Papa pedir perdón por los males que los cristianos han cometido, golpeado como Cristo profeta y humillándose por toda la Iglesia, me conmueve profundamente, como les ha ocurrido a tantos otros en estos días.

Nos cuesta comprender la importancia del gesto papal, que podría fácilmente verse reducido a los esquemas del revisionismo histórico. Sin embargo, no es una finalidad política o propagandística lo que mueve al papa Wojtyla. Juan Pablo II, provocado por una circunstancia favorable —la celebración de los dos mil años de la Encarnación—, ha querido mostrar la verdad de Cristo y de la Iglesia, que llevan consigo hombres de carne y hueso, ya que Dios ha elegido un método para darse a conocer en la Historia. El Misterio, que de otro modo sería desconocido, se comunica utilizando el factor humano: Dios vino al mundo como un niño en el seno de una joven hebrea, naciendo en la carne exactamente igual que todos nosotros. Por eso ninguna desproporción, límite o error humano pueden ser objeción para el cristianismo. El límite existencial —que la Biblia llama pecado—, del que todo hombre tiene experiencia, no impide que el cristianismo se transmita y se plasme en la Historia, porque ninguna miseria podrá superar la paradoja del instrumento —el factor humano— que Dios ha elegido para darse a conocer. La Iglesia es una realidad donde se encuentran personas indignas, gente tosca y que cuenta poco, a veces violenta, hombres frágiles o presuntuosos, padres desprevenidos e hijos rebeldes. Pero la Iglesia no es el lugar de los fariseos y los sin pecado. El cristiano sabe que es pecador, y precisamente la conciencia de serlo es el primer paso y el más honesto que puede dar ante sí mismo y los demás, si no queremos volvernos pretenciosamente intolerantes y violentos.

La petición de perdón a Dios por parte de los hombres es el acto más puro para quien cree en Él. Por tanto, el hombre pide perdón para afirmar algo positivo, la bondad de Cristo presente y vencedor en la Historia. Y para que esta positividad sea para todos, el Papa se pone de rodillas, cargando con las culpas de todos y de cada uno. No juzgándolas en nombre de una moral abstracta o de leyes dictadas por los hombres, sino renovando la dinámica propia de la conversión y el perdón, que no es debilidad, sino fuerza que recrea de nuevo lo humano puesto ante la Presencia divina. He ahí la diferencia.

El Papa de rodillas no es una imagen que me sugiera debilidad. Más bien me recuerda al antiguo Espartaco que se levanta con toda su estatura humana realizando un gesto de libertad y que se ofrece como un ejemplo para la felicidad que desea siempre cualquier hombre.

Don Luigi Giussani. La Repubblica, 15-III-2000