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Es fuente de gran alegría saber que los Jefes de las Comunidades cristianas en la Ciudad Santa de Jerusalén se encuentran a menudo para afrontar cuestiones de interés común para sus fieles. Aquí en Jerusalén las palabras de Cristo resuenan con especial resonancia: para que todos sean una sola cosa...; para que el mundo crea que Tú me has enviado. En los años transcurridos hemos aprendido que el camino hacia la unidad es una senda difícil. Esto no debe desanimarnos. Hay que tener paciencia, perseverar y continuar adelante sin vacilar. Existe una diversidad legítima que no es de manera alguna contraria a la unidad del Cuerpo de Cristo, sino que más bien refuerza el esplendor de la Iglesia. No hay que perder ninguna de estas riquezas de cara a la unidad plena a la que aspiramos. Sólo estando reconciliados entre sí, los cristianos pueden desarrollar plenamente su papel haciendo de Jerusalén la Ciudad de la Paz para todos los pueblos. En esta Ciudad tendría que ser posible sobre todo para cristianos, judíos y musulmanes vivir juntos en fraternidad y libertad, en dignidad, justicia y paz. Mi intención ha sido dar una dimensión claramente ecuménica a las celebraciones de la Iglesia católica del Año Jubilar 2000. Éste es para nosotros un tiempo providencial para dirigirnos al Señor, para pedir perdón por las heridas que los miembros de nuestras Iglesias se han provocado unos a otros a lo largo de los siglos. (25-III-2000) |