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Por séptimo año consecutivo se ha celebrado en Sevilla la Semana de la Familia. Esta edición ha tenido, además, el atractivo de concluir con la celebración del Jubileo de las Familias cristianas, y ha convertido a la capital andaluza en el epicentro de esta celebración en España.
En la apertura de la Semana, monseñor Amigo denunció con firmeza algunos ataques que, desde diversos ámbitos, pretenden minar la institución familiar. Pero las adversidades, dijo el arzobispo, no han debilitado seriamente hasta ahora a la familia. El profesor Miguel Juárez, de la Universidad Pontificia Comillas, pronunció a continuación la primera de las conferencias previstas, que llevaba por título Radiografía social de la familia. Sus palabras enlazaron directamente con las del arzobispo: Pese a la intensidad de sus transformaciones en las últimas dos décadas y las del contexto donde se inserta, la familia goza de buena salud. Aún más que en el pasado, es un escenario muy vivo de solidaridades e intrumento extraordinariamente importante para la cohesión social. No hay fundamento alguno en el discurso que pretende jubilar a la familia y convertirla en reliquia del pasado: La familia sigue siendo el caldo de cultivo donde proliferan los valores y se regenera el tejido social, por eso la familia constituye el menjor antídoto contra la anomía (nihilismo) y la desorganización social. De ahí la necesidad de una defensa valiente de esta institución. Allí donde la familia se resiente, el individuo no encuentra tierra abonada para crecer en plenitud, y, en este caso, la anomía se manifiesta a través de la desorganización familiar, con previsibles consecuencias en nada halagüeñas: La falta de normas en la infancia puede dejar un vacío que, a duras penas, se puede colmar con el paso del tiempo. |
| En cuanto al futuro, dijo Juárez también, no cabe formular unas previsiones a medio o corto plazo; pero sí es posible decir que el futuro de la familia es percibido por el conjunto de la sociedad como problemático. Lo que parece claro es que, en el futuro, la familia será diferente a la actual, cambios que están íntimamente relacionados con las trasformaciones que experimenta la sociedad en su conjunto, y que la repercutirán en las formas de articular su organización. Junto a ello, Juárez exhibe un hecho de consecuencias aún por determinar: Ahora se reclama la legitimidad pública de cualquier comportamiento familiar, rechazando la clandestinidad. La razón, en parte, procede de que la familia en la sociedad está desprovista del respaldo institucional religioso, sin que la sociedad civil haya articulado los nuevos límites sociales de la familia. Existe total permisividad con las formas de vida de los demás.
UNIONES DE HECHO EN CIUDAD RODRIGO Buen ejemplo de esa permisividad acaba de verse en Ciudad Rodrigo, donde el Ayuntamiento ha aprobado un Reglamento para la Regulación de un Registro Municipal de las Uniones Civiles, en el que podrán inscribirse las uniones estables constituidas por personas de distinto o del mismo sexo y las familias derivadas de las mismas, así como las modificaciones y terminación de dicha unión, cualqiera que sea la causa. A este asunto ha dirigido el obispo de Ciudad Rodrigo, monseñor Julián López, una carta titulada Familia y uniones de hecho. Denuncia en la decisión del Ayuntamiento un grave error de fondo (en absoluto casual:Deja entrever la verdadera intención de quienes, con el pretexto de elevar a rango legal lo que es en la calle, vienen promoviendo desde hace mucho tiempo una campaña de oscurecimiento y de descrédito del matrimonio y de la familia). Una cosa es el tratamiento legal especial que evitaría discriminaciones e injusticias, por ejemplo, en el ámbito de las pensiones o de la transmisión de bienes entre personas que conviven durante mucho tiempo, para lo que bastaría una aplicación oportuna de la legislación vigente, y otra muy distinta equiparar jurídicamente esa convivencia con el matrimio o la familia. La realidad es, sencillamente, ésta:La familia humana se basa en la unión conyugal y en el amor procreador y estable del matrimonio, y esto es lo que le confiere dimensión social y, por tanto, institucional y jurídica en la sociedad. Con todo el respeto que merecen las personas de orientación homosexual, que no deben ser discriminadas por este solo hecho, a su convivencia no se le puede reconocer una dimensión social con características semejantes al matrimonio y a la familia. R. B. |