RetrocesoA&ONº 211/4-V-2000SumarioCriteriosContinuar
El octavo, no mentir
Echen un vistazo a nuestra foto de portada. ¿Recuerdan La vida es bella, aquella maravillosa película de Roberto Benigni que conmovió y sigue conmoviendo justamente a todo el mundo? Era y es una prodigiosa parábola sobre cómo, incluso utilizando lúcidamente las armas de la ficción, la fuerza del amor y de la verdad es más poderosa que todas las mentiras políticas, culturales,
ideológicas…

Abordamos en este número la permanente cuestión de la mentira, precisamente después de haber tratado el tema de los medios de comunicación en nuestro número anterior. No es casual: no vaya a creerse que el reino de la mentira es exclusivo de los medios de comunicación. El reino de la mentira, desgraciadamente, se extiende por todas partes, desde el Comercio, la Bolsa, los Consejos de Administración y el Parlamento, hasta los quirófanos, el bufete, los deportes y el turismo, en la casa y en la calle, en el tiempo de trabajo y en vacaciones… Además, la mentira se multiplica en formas mil. Y, a diferencia de la verdad -que es en singular-, las mentiras -en plural- se arrastran unas a otras como las cerezas.

No digas mentiras, que te va a crecer la nariz, como a Pinocho. Esta advertencia que se suele hacer a los niños, también se puede aplicar a los adultos. No es una concesión al humor superficial, no es trivializar el tema de la verdad y la mentira. Por algo toda la iconografía infantil presenta a Pinocho con la nariz alargada, su figura deformada…, un ser, en definitiva, desnaturalizado. La mentira, en efecto, desnaturaliza la propia fisonomía del ser humano. No es natural la mentira, ciertamente. No hemos sido hechos para ella. ¿A quién le gusta que le mientan?

Mentir no es sólo no decir la verdad; es ocultarla, manipularla, mezclarla con verdades -las medias verdades, que ya se sabe cómo terminan: siendo dobles falsedades-; mentira son también los silencios cómplices, las omisiones del deber, y más aún las traiciones, la utilización de unos por otros al servicio de turbios intereses… Cada día aparecen nuevas formas de mentira. Nada tiene de extraño. Cuando se ha dejado de vivir en la verdad de la realidad, necesariamente hay que estar inventándose realidades que no lo son, es decir, que se esfuman. ¿De qué sirve, entonces, tanta realidad virtual, incapaz de responder al deseo de vida, y vida en plenitud, que todos los seres humanos tenemos?

Conviene recordar lo que ya decíamos de la comunicación: que está en la entraña de la verdad. La mentira no sólo deforma a los seres humanos, los incomunica; unos medios de comunicación desentrañados de la verdad dejan de ser tales; pero recuperados en su autenticidad son generadores de pueblo,
creadores de verdadera cultura humana. Del mismo modo, todas las otras realidades de la vida, en la verdad, despliegan su inmenso potencial de belleza y de bien, mientras que en la mentira se transforman en mal y en fealdad que destruyen al ser humano, por muy sofisticadas y bonitas máscaras que se ponga.

El que vive en la mentira huye de la luz, porque sus obras no son buenas, afirma san Juan el evangelista. Los que siguen a la Verdad, en cambio, son llamados hijos de la Luz, y son libres. Por algo Jesús llama a Satanás, el príncipe de las tinieblas que encadena y destruye, padre de la mentira.