|
|
|
Hola, amigos! ¿Qué tal? No me conocéis, así que me voy a presentar. Me llamo Mariano, y es posible que me veáis a partir de ahora siempre en el Pequealfa. Bueno, siempre que pueda llegar hasta aquí. Es que ¿sabéis? Mi casa está bastante lejos, y aunque veáis que tengo alas no os penséis que puedo volar, como los pájaros, grandes distancias. Cada poco me tengo que parar, porque mis alas son muy frágiles, y cuando hay mucho viento éste me lleva a cualquier lado, menos a mi destino. Por cierto, los duendes voladores tenemos mucho miedo al viento, ¡nos arrastra sin que podamos hacer nada!
¿Por qué sonreís? ¿Acaso no os creéis que existen duendes voladores? ¡Cómo! ¿Ni siquiera creéis que existen los duendes? ¡Qué descaro! ¡Qué groseros! Los niños de hace 400 años eran mucho más sensatos. ¿Nunca os han dicho, queridos niños, que para creer no hace falta ver? Pues sí que empezamos bien. Me parece a mí que voy a tener que enseñaros muchas cosas. ¡Hay que ver...! Son capaces de tragarse que dentro de un pequeño aparato cuadrado, que llaman tele, pueden caber personas, y ni siquiera se preguntan cómo..., y no se creen que en el mundo existan los duendes. ¡Pero si somos más antiguos que el hombre! |
| Pues sí, amigos. Vivimos generalmente en los bosques. No es un capricho, es que los árboles, que son nuestros grandes amigos, nos ofrecen su acogedor tronco para que vivamos dentro. Este lugar es el más apropiado para un duende. Es caliente y seguro. ¡Nadie va mirando los troncos de los árboles para encontrar la vivienda de un duende! (¿o alguno de vosotros sí que lo hace?) Me sorprendería gratamente. Si alguna vez encontráis una pequeña puertecita en el tronco de un árbol, llamad sin ningún miedo. No os dirán que paséis, porque no cabríais dentro, claro, pero podréis mantener una agradable conversación con uno de nosotros. Siempre estamos dispuestos a hacer amigos. ¡Y vosotros aprenderíais muchas cosas! Los duendes vivimos muchos años, por lo que acumulamos mucha sabiduría. ¿Sabíais que los más ancianos son los que más cosas saben? Pues sí, niños. Así que ya podéis ir cogiendo a vuestros abuelos para preguntarles cosas. Observad que siempre saben la respuesta. Y lo más divertido de todo es cuando les preguntáis cómo eran las cosas cuando ellos eran pequeños. ¡Os llevaréis cada sorpresa!
En las noches de invierno, cuando nieva en el bosque y no podemos salir del tronco, mi madre siempre enciende la chimenea. La casa se calienta y mis abuelos se sientan delante del fuego. Mi hermana Primavera (en casa la llamamos Vera) y yo aprovechamos para acurrucarnos a su lado y escuchar historias que ocurrieron hace mucho, mucho tiempo. La preferida, para mí, es la historia de mi nombre. Sí, habéis leído bien, mi nombre tiene una historia muy extraña, pero a la vez muy bonita: Mi abuelo es muy anciano. Tiene dos mil años, y cuando era joven hizo una vez un larguísimo viaje al Lejano Oriente. Allí vió cosas maravillosas y sorprendentes. Conoció costumbres increíbles, probó comidas desconocidas, y aprendió a hablar muchas lenguas que hoy ya no existen. Pero lo más increíble que le pasó fue conocer a una mujer muy especial. Mi abuelo iba paseando tranquilamente por un sendero de tierra. Era una mañana soleada y los árboles estaban preciosos con la llegada de la primavera (la estación preferida para nosotros los duendes, por eso mi hermana se llama así). De repente, se encontró con una joven muy hermosa. Era casi una niña. Mi abuelo se quedó asombrado de su belleza y de la dulzura de su rostro. Como los humanos nunca ven a los duendes, porque somos muy pequeños y pasamos siempre desapercibidos, ya pasaba de largo cuando oyó una voz que le decía: -¡Eh, espera! A mi abuelo casi le da un soponcio, pero como era imposible que le hubiera visto, porque ningún humano ha visto nunca a un duende, se pensó que iba por otra persona, y siguió con su paseo. Pero de nuevo volvió a oir la voz: -¡Por favor, no te vayas! A mi abuelo no le quedó más remedio que darse la vuelta para mirar si le estaban hablando a él. ¡Y cuánta fue su sorpresa al descubrir que la muchacha le estaba mirando, sonriente! Mi abuelo se quedó paralizado del miedo. De repente, se imaginó a sí mismo en un circo para toda su vida, observado por miles de personas: ¡Pasen y vean, el mejor espectáculo del mundo, un auténtico duende! Pero nada más lejos de la realidad. La joven le miraba con ternura y no parecía querer capturarle para llevarle a ningún circo, ni nada de nada. Al final, mi abuelo se atrevió a hablar: |
| -¿Qui-qui-quién e-e-e-eres?
Se había vuelto tartamudo del susto. Ella le contestó, sin dejar de sonreír: -Soy María, de Nazaret, ¿y tú? Él dijo, no sin miedo: -S-s-oy un duende... y para hacer como ella, añadió: del bosque (aunque resultaba un poco absurdo, pues todos los duendes viven en los bosques). Como le pareció que María era una buena mujer, se atrevió a preguntarle: -¿Cómo es que me has visto? Nadie ha visto jamás a un duende. Somos tan pequeños que resultamos casi invisibles a los ojos de los humanos. Entonces mi abuelo oyó unas palabras que recordaría para siempre: -Lo importante no es ver el tamaño de las cosas que se nos presentan en la vida. Muchas veces la apariencia física no es más que un engaño. Sin embargo, lo más pequeño puede esconder algo maravilloso, algo inolvidable. Y sin decir nada más, María se marchó. Mi abuelo se enteró más tarde de que esa mujer había hecho cosas grandes. Incluso llegó a sus oídos que dio a luz a un niño llamado Jesús, un hombre bueno que revolucionó el mundo con una sola frase, tan sencilla como: Amaos los unos a los otros. Luego resultó que ese hombre era Dios. Mi abuelo entendió que era lo mismo que María le había dicho a él. Descubrir lo más importante mediante actos tan sencillos aparentemente, como amar. Mi abuelo nunca ha podido quitarse aquella frase de la cabeza. Así que cuando nací yo, su primer nieto, pidió por favor que me pusieran Mariano. Era su pequeño acto que, a la vez, significaba algo tan grande como que jamás se había olvidado de María. Esto es todo por esta semana, amigos. Me tengo que ir porque mi madre y mi hermana me esperan en casa. ¡Se me ha hecho muy tarde! ¡Hasta pronto! |