RetrocesoA&ONº 211/4-V-2000SumarioDesde la feContinuar
Punto de vista
Gran Hermano

A lo largo de los diez años de existencia de la televisión privada, la exposición -siempre in crescendo- de la intimidad ante las cámaras ha sido uno de los instrumentos, más baratos y con gancho, con que han contado los programadores. A estas alturas, a nadie puede extrañar que asistimos a una vuelta de tuerca más: la de la venta del derecho a la intimidad en su totalidad. 24 horas, día y noche, de entrega, al ojo cíclope del televisor, del pudor, de las palabras y de los pensamientos, en el baño, en la ducha, en la alcoba... Seguido de un bien planificado montaje informativo y de un dosificado secretismo, Gran Hermano inició su andadura el pasado 23 de abril con el encierro voluntario en la casa donde se realiza el experimento de los 10 participantes: 5 chicos y 5 chicas entre los 19 y los 34 años. Mercedes Milá, que se ha prestado con entusiasmo a ser la presentadora-justificadora de este bodrio televisivo, tiene el papel de entrevistar a los familiares, a los concursantes y de recordar constantemente a los telespectadores que no se trata en absoluto de un programa morboso, que los morbosos somos nosotros, y que ¡cómo ha cambiado España, qué maravilla!

Sin embargo, ya el primer día se pudo ver a una de las participantes en el cuarto de baño, donde hay 4 de las 29 cámaras y 60 micrófonos puestos en la casa, enfocando estratégicamente el retrete y la ducha. Y en los dos dormitorios disponibles se han mezclado uno y otro sexo, nada de estar las chicas por un lado y los chicos por otro. Allí se desnudaban todos en buen amor y compañía. Y el lenguaje, de lo más natural: para qué andar con tapujos si esto no es otra cosa que ¡la vida en directo! La convivencia entre los concursantes está planteada sobre la base de quién aguanta más pero, sobre todo -hay que decirlo, ya que se espera que el programa sea en el fondo un espectáculo erótico-festivo, según expresión de la Milá-, quién es más osado, quién más atrevido, quién se sobrepone a los otros. La convivencia es, pues, artificial (no tienen absolutamente nada en común), áspera (pasadas las primeras horas surgen los roces, se ponen verdes y se descalifican unos a otros), despiadada (son adversarios ante el suculento premio de 20 millones de pesetas) y desagradable (han de señalar quiénes quieren que se vayan).

Durante tres meses habrá que sufrir -aun quienes no deseen saber nada del bodrio- la machacona promoción de Telecinco sobre el programa. El canal privado ofrece dos conexiones en directo diarias en horario de máxima audiencia, dentro, por cierto, del Horario de Protección del Menor marcado por Ley; además de varios flashes a lo largo de la jornada, incluso en los informativos, así como un programa semanal especial conducido por Mercedes Milá y Fernando Acaso. Y otro de resumen semanal con lo más interesante. Por si fuera poco, Vía Digital y Quiero Televisión, la plataforma digital terrestre que la ha coproducido, tienen un canal de emisión en directo las 24 horas, incluso de noche. Es posible que la curiosidad por las primeras emisiones genere altos índices de audiencia, pero no merece la pena perder el tiempo ni apoyar semejante emisión, que se puede calificar de basura.

Mercedes Álvarez

Santidad y mandamientos

El Señor no se conforma con medias tintas. El hombre sí. El Señor es amante de la Verdad con mayúscula. El hombre puede serlo de los apaños, porque se deslizan entre los dedos los intereses y…, ya se sabe. Así que cuando leemos en la Escritura: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo, lo primero que nos entra es el susto; y tendemos a aguar la expresión pensando que ya estamos con las utopías, las exageraciones... Pero no, resulta que la feliz expresión se repite en varias ocasiones en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, dejando claro que no es algo marginal, sino medular, constitutivo del hombre. No es un ideal inalcanzable; es, ante todo, una exigencia. Sí, claro, pero tampoco hay que pasarse, santos santos son o han sido personas especiales. Y ponemos a funcionar nuestra imaginación: personas que viven en la soledad de los claustros y, naturalmente, no les queda otro remedio que dedicarse a ello... Y no, la santidad es para todos: lo de ser santos va con todos, sin que falte uno. No obstante, nos cuesta entrar, estamos acostumbrados a igualar por lo bajo, a refugiarnos en esa especie de complejo de inferioridad de decir: Como los demás no luchan o luchan poco, yo no voy a mojarme demasiado; y, sin embargo, el Señor ha apostado fuerte por nosotros y no se conforma con medias tintas, quiere que elevemos el tono y… arrollemos. Sin ir de triunfalistas, de acuerdo, pero teniendo como punto de referencia el parecernos a Cristo.

Ante los mandamientos no se trata de optar o no, sino de abrazarlos apasionadamente. Son constructores del hombre. Y esto no es, por así decirlo, negociable. Somos libres. ¿No tratamos acaso de defender nuestra libertad? Pues tendremos que dar cuenta de nuestros actos libremente ejercidos. Para bien o para mal. Y eso nos pone ante la exigencia de aprender a amar de verdad. En eso consiste cumplir los mandamientos, y se resume el ser santos. Podemos poner excusas…, pero amar es algo que está a la altura de cualquiera, ¿no? Al final, lo decía san Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor. Una asignatura que no conviene dejar para una segunda convocatoria.

Alfonso Sánchez-Rey