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Desde hace ya unos cuantos años me vengo diciendo el qué, el cómo y el cuándo actuar para seguir la marcha que corresponde.
En la Asociación Católica de Propagandistas aprendí mucho para formar ese yo, válido para ofrecer testimonio suficiente en orden a que tu palabra sea eficaz transmitora del mensaje de Cristo. Pensemos siquiera un poco: los elementos naturales siguen su propia marcha, en cuanto inherente a cada uno por sí. Los humanos generalmente no seguimos la marcha que corresponde a su propia naturaleza. Seguimos, más bien, un interés, un afán, un propósito, que en más de una vez no lo hemos elaborado con la inteligencia de cara a la conciencia. Así deviene un mal para otros, de inmediato; y, a la larga, para uno mismo. La persona cuando procede así corrompe la auténtica realidad de su ser. La pregunta, en este caso y en aquel primero viene a ser una: ¿Qué puede hacer Dios ante esa naturaleza demandada, el viento, la lluvia o quehacer humano? Solo estimula a que lo desordenado ponga el orden que es natural a la propia cosa o al ser humano. Nada más. En ningún momento podrá forzar ni a los elementos ni al ser humano a seguir un camino. Él dio la libertad a cuanto por Él fue creado y no puede forzarla. Iría contra Si mismo. Sigamos pensando. Juan Muñoz Campos |