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Pensemos en Carl T. Dreyer, que arrastró durante toda su vida el drama de su madre, obligada por el amo que la había dejado encinta a entregar a su hijo Carl a unos extranjeros, para luego pasar a otros y a otros. Dreyer, que ya nunca volvió a verla, lleva el dolor inconcebible de su madre humillada y desagarrada en el fondo de su corazón. Por ello, cuando en 1954 tiene en sus manos ese milagro de Ordet (La palabra), ve la posibilidad única de resucitar a una madre -su madre- sufriente y llena de amor en el lecho de muerte; y con una genialidad artística sin igual, reflejo de la Belleza y Gracia del Creador, con el pincel de una luz sobrenatural retrata el milagro de la resurrección de Inger, gracias a la fe de Johannes y Maren. Tampoco Bergman, agnóstico incansable, se sustrae al deseo de que la muerte dé paso a la vida, y por ello deja que el milagro del agua que purifica y sacia mane del lugar de la muerte y el mal. Nos referimos al final portentoso de El manantial de la doncella (1959), en el que la Gracia sobrenatural deja el sello de la esperanza donde sólo había crimen y odio.
¿Quién duda de la inmediata resurrección en brazos del Cristo sedente del bueno de Marcelino que sólo desea encontrarse con su madre en el cielo (Marcelino Pan y vino, 1954)? En esos años el cine español es testigo de muchas historias cristianas que triunfan sobre la muerte y la nada (por ejemplo, los directores Rafael Gil, Ignacio F. Iquino, Juan de Orduña, Mur Oti,...) Y ¿no es también una forma de resurrección la marcha atrás que Dios obra en el tiempo ante la oración de un hombre moralmente herido y asustado por la catástrofe nuclear de una tercera guerra mundial? Tarkovski afirmó asi su testamento cuando, al rodar esas escenas de Sacrificio (1986), sabía de su inminente derrota física por el cáncer. Cruzando una larga elipsis nos conmovemos asimismo ante la resurrección del personaje que representa a Graham Greene en el film El final del romance, del que ya hemos hablado en Alfa y Omega. No citamos, por su tremenda extensión, todos los films dedicados a la vida de Cristo, que desde ópticas muy diversas reflejan el Acontecimiento que está en el origen de esa experiencia que describía el malogrado cineasta Ricardo Franco cuando afirmaba: Llevo dentro un extraño e incomprensible anhelo de eternidad. Se podrían escribir páginas y páginas sobre este tema, pero baste esto para despertar la curiosidad y el deseo. Ya lo dejó muy claro José Luis Garci a través de la Madre Benedicta en La herida luminosa (1997); ante la vida sólo hay dos alternativas: o la muerte es la última palabra y entonces el valor de todo es efímero; o tras la muerte hay un Significado que da valor a todo. ¿Qué artista puede sustraese a la gran cuestión? Juan Orellana |