RetrocesoA&ONº 211/4-V-2000SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Se ve en la viñeta, publicada en El Mundo por Ángel y Guillermo, a un negrito reducido a los puros huesos que susurra con el hilo de voz que le queda: Papá, quiero irme a Cuba. Quédate tú en Etiopía, si quieres… Es, o podría ser, la tercera posible lectura, como se dice ahora, del penosísimo caso Eliancito, y vendría a completar la lectura que hacen las otras dos viñetas que ilustran este texto. Es fácilmente comprensible que unos cuantos puedan hacer las cosas mal durante algún tiempo; incluso se puede entender que muchos hagan las cosas mal durante mucho tiempo, pero verdaderamente cuesta mucho trabajo entender cómo es posible que todos lo hagan todo tan mal y durante todo el tiempo. ¡Santo Dios!, pero ¿es posible que nadie, ni Clinton, ni Castro, ni jueces, ni fiscales, ni ciudadanos caigan en la cuenta de que Elián sólo es un niño, y no una marioneta, que, por desgracia, ya tiene bastante con lo que ha tenido que sufrir, y que tiene derecho a tener una familia verdadera, no un paripé de familia, y a crecer en libertad?

Mirones y La gran portera han sido algunos de los titulares con que la crítica televisiva de los periódicos, y también algunos columnistas y creadores de opinión, han obsequiado estos días a esa birria que tiene la desvergüenza de ser presentada en la pequeña pantalla bajo el orwelliano nombre del Gran hermano. Los pobres seres humanos, que por el señuelo esclavizador de unos millones de pesetas se han dejado encerrar en una casa, están más vigilados y reducidos a robots que los protagonistas de la paranoica novela de Orwell, y han vendido su propia libertad, dignidad e intimidad personal a unos gangsters que sólo entienden la vida como negocio económico. Ha habido un columnista que ha hablado también de El gran primo, aludiendo al dueño de la empresa cuyas lumbreras financieras se han sacado de la manga este internacional y bochornoso producto de hipermercado. Cabría igualmente hablar de otros grandes primos que, se llamen Villalonga o Echevarría, hacen posible en España esta tomadura de pelo seminacional; y no menos cabría calificar del mismo modo a los cinco millones y pico de grandes primos que pierden el tiempo miserablemente siguiendo tan tristísima cutrez.

La presentadora de semejante bodrio infumable, que revela lo bajo que muchos han caído, ha dicho que presentar eso no me provoca un conflicto moral y que si no hay rigor y elegancia, me voy. Si eso fuera verdad, ya tendría que haberse ido, como inteligentemente ha hecho ya una de las firmas inicialmente patrocinadoras del programa -a lo mejor conviene comprobar qué otras firmas lo siguen patrocinando-, y habrá que ver qué entiende la presentadora por rigor, por moral y por elegancia. Hasta se ha suscitado, por parte de los que siempre arriman el ascua a su sardina tratando de sacar tajada, la hipócrita polémica de si hay que dar o no al público lo que pide. Como decía con toda claridad un lúcido político inglés, eso precisamente es lo que han dicho siempre las prostitutas a lo largo de la Historia del mundo.

Gonzalo de Berceo