RetrocesoA&ONº 211/4-V-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Tercer Domingo de Pascua
Ver, oír y tocar
Yo sé y creo —dice san Ignacio de Antioquía— que, después de su resurrección, Él existe en la carne. El misterio de la Resurrección define, ciertamente, la fe cristiana. Cristo no perdura en un piadoso recuerdo de los suyos, ni pervive en una etérea inmortalidad que le otorgan sus grandes gestos y palabras. La fe cristiana afirma que Jesús ha resucitado. Y esto sólo se entiende de una manera: ha salido del sepulcro, donde su cuerpo había sido depositado, ha vencido la muerte, y vive para siempre glorioso e inmortal. Ayer, hoy y mañana, la Iglesia hablará de resurrección de los muertos: la de Cristo, como primicias, y la nuestra, como cosecha total de los salvados por Él. Y si dejara de hacerlo, renunciaría a lo que identifica la fe cristiana, falsearía la verdad.

Jesús quiere disipar toda duda sobre el realismo de su cuerpo resucitado. No se contenta con afirmar que es Él en persona, sino que muestra sus manos y sus pies con las llagas vivas y, tomando un poco de pez asado, come delante de los suyos. Con estos gestos, Jesús disipa toda duda sobre lo que ha sucedido en su persona. Él ha muerto y ha resucitado. Y es esta verdad histórica la que ayuda a comprender las Escrituras que hablaban de Él. Los hechos iluminan y confirman las Escrituras. Es Cristo resucitado quien abre la inteligencia de los suyos del mismo modo que dejó abrir sus llagas para que Tomás creyera. De nada serviría la Escritura sin la verdad de la historia de Jesús.

Cuando los apóstoles prediquen el Evangelio confirmarán su testimonio con el hecho de ver, oír y tocar al Resucitado. Recordarán, como hace Pedro en casa del pagano Cornelio, que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos. Y Juan, al inicio de su primera carta, parece afirmar que al menos él aceptó la invitación de Jesús: Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Juan utiliza, de hecho, el mismo verbo que Lucas cuando dice que nuestras manos han palpado al Verbo de la Vida, y da a entender que esa Vida de que habla es la que manaba del Resucitado y que sólo ellos, los testigos cualificados, tuvieron el privilegio de ver, oír y tocar. Años más tardes, un discípulo de Juan, Ignacio de Antioquía, escribía así a los cristianos de Esmirna comentando la aparición de este domingo:

Le tocaron y creyeron fundiéndose con su cuerpo y con su espíritu.

Hermosa y verosímil escena, que no aísla a Tomás en su incredulidad ni en el privilegio de haber tocado el cuerpo resucitado del Hijo de Dios.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid