RetrocesoA&ONº 211/4-V-2000SumarioEn portadaContinuar
Gorbachov: Un poco de verdad, aunque sea un poco, puede cambiar muchas cosas
Mentir es no atreverse a ser libre
Si se examinaran con algún detalle los grandes males que han afligido a la Humanidad -escribe Julián Marías-, se vería cómo en su origen está casi siempre la mentira: guerras, tiranías, opresión del hombre por el hombre… No es difícil descubrir una gran mentira detrás de cada uno de ellos, una actitud que quiere suplantar la realidad por un sucedáneo que se pliegue a los intereses de algunos individuos. Pero la verdad es terca, no se pliega. Una vez encarnada, la matamos… y ni aún así nos dio por perdidos: resucitó y prometió acompañarnos hasta el final de los tiempos

No pocos católicos se quedaron perplejos cuando el Papa anunció su intención de pedir perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia. Si buena parte de la prensa, francamente hostil, parecía arreglárselas de maravilla sin necesidad de argumentos sólidos, ¡qué no haría ahora, con munición a destajo! Pero no iba por ahí el pensamiento del Santo Padre; no se planteaba nada del tipo de un Filesa, o de un Watergate que hubiera que empeñarse en esconder vergonzosamente a la opinión pública, aunque supiera que, a buen seguro, muchos así lo presentarían. Miedo a la verdad, ¿Juan Pablo II? Este Papa, antes de serlo, había dicho: No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte. Casi las mismas palabras con que inauguró su pontificado: ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!, la propia Verdad, con mayúscula, hecha hombre.

Carlos Cardona, en una conversación con el padre Antonio Orozco (uno de los muchos tesoros que puede encontrarse en la página web de Arvo Comunicación, http://www.arvo.net, que sirve a la difusión de ideas coherentes con el humanismo cristiano en prácticamente todos los campos de las Humanidades, además de ofrecer un amplio repertorio de textos teológicos), muestra de forma bien gráfica hasta qué punto la verdad es cosa de valientes: La verdad da siempre un poco de miedo. Nos desnuda ante Dios. Nos despoja de esos disfraces con que nos escondemos y rasga nuestras máscaras de cartón pintado. Y cita aquí el diario de un filósofo, Kierkegaard, que probablemente sufrió como pocos esta certeza en sus carnes: Los hombres tienen más miedo a la verdad que a la muerte: ésta es la sustancia de todas esas charlatanerías e hipocresías de amar la verdad, de estar muy dispuestos..., siempre que se consiguiese comprenderla, etc. No, el hombre tiene naturalmente más miedo a la verdad que a la muerte, y es muy natural; porque la verdad repugna a la esencia de la naturaleza (caída) más aún que la muerte. ¡No hay que sorprenderse de que infunda tanto miedo! Para atender a la verdad hay que apartarse (), aislarse del rebaño. Y eso basta para asustar y angustiar al hombre más que la misma muerte.

Una y otra vez, casi obsesivamente, insistía Kierkegaard en el tema, a la vez que insinuaba una de las grandes causas que, como apunta Cardona en El amor a la verdad y la verdad del amor, está siempre detrás de la actitud del cobarde: La verdad compromete personalmente, la verdad tiene consecuencias prácticas, y eso da miedo, porque no se sabe bien a dónde me puede llevar, qué sacrificios me puede exigir, qué renuncias me puede imponer.

Ésa es la gran prueba a la que se enfrenta la libertad humana: que debe plantearse seguir, o no, su llamada natural hacia Dios, última verdad que sólo es posible intuir y en la que se funden en toda su plenitud los tres trascendentales del ser: Bien, Verdad y Belleza.

En el pasado congreso en torno a la encíclica Fides et ratio, celebrado en Madrid, decía Kenneth Schmitz: La llamada a la verdad no es una simple invitación a coleccionar ideas o modelos de información; es la llamada a un encuentro existencial con la fuente de la vida. Se trata de una verdad que es la guía hacia un buen orden, porque la sabiduría ordena las cosas bien; yendo más lejos, es la fuente del amor. La búsqueda no es motivada por una curiosidad banal, sino que es el movimiento del amor mismo dentro de la persona que pregunta. Y es aquí cuando vislumbramos lo que es ese Bien personal que (desde la abundancia del amor) desea amistad con todo aquel que pregunta.

Tampoco es fácil rechazar de plano la verdad; se requieren agallas. De ahí la actitud de quien niega la cuestión de fondo, como Pilato y como muchos que habían venido antes y vinieron después de él: ¿Qué es la verdad?, pregunta retóricamente, como negando la posibilidad de una respuesta, antes de entregar a Jesús a los judíos que le acusan.

Mucho habló sobre esto el Papa en el último Via Crucis: No era una cuestión filosófica sobre la naturaleza de la verdad, sino una pregunta existencial sobre la propia relación con la verdad. Era un intento de escapar a la voz de la conciencia, que ordenaba reconocer la verdad y seguirla. Pero entonces, los acusadores recurren a un argumento decisivo: sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César. Es una amenaza muy clara. Intuyendo el peligro, Pilato cede definitivamente y emite la sentencia, si bien con el gesto ostentoso de lavarse las manos.

Muchos otros, mártires o santos inocentes, han seguido los pasos de Cristo. El Santo Padre se refería también a ellos el Viernes Santo: A lo largo de los siglos, la negación de la verdad ha generado sufrimiento y muerte. Son los inocentes que pagan el precio de la hipocresía humana. No bastan decisiones a medias. No es suficiente lavarse las manos. Queda siempre la responsabilidad por la sangre de los inocentes: los caídos en guerras que buscan controlar el precio del petróleo o probar nuevas armas, los que mueren de hambre, pese a que existan alimentos de sobra para todos en el mundo, los niños asesinados antes de nacer...

LOS BENEFICIARIOS DE LA MENTIRA


La mentira en la vida pública tiene a menudo una función esencial: evitar que las cosas cambien, que los individuos, o la parte de la Humanidad, que tienen el poder y el dinero no los pierdan, e incluso que los aumenten. Y es que, como ha contado en entrevistas —y experimentado muy en primera persona— Mijail Gorbachov, un poco de verdad, aunque sólo sea un poco, puede cambiar muchas cosas. Un poco de verdad es lo que introdujo con la Glasnost (transparencia) en la Unión Soviética..., y la terminó por rematar. Y eso que el último Primer Secretario del PCUS se guardó de no ser ingenuo y no abrumar con revelaciones a los soviéticos: No os diré jamás toda la verdad.

Cierto es que tampoco han cambiado demasiado para bien las cosas en la Federación Rusa, donde los antiguos líderes locales, hoy dueños de las antiguas empresas estatales, controlan la vida del país. En una parodia de transparencia informativa, el Gobierno de Putin, para justificar su actuación contra la corrupción, llegó a dar un porcentaje preciso de miembros de la Administración corruptos. Y muchos lo aplaudieron, sin caer quizá en la cuenta de que esa corrupción, por su propia naturaleza, no se puede medir. Pero mucho más grave que eso, volviendo a actitudes de tiempos que se presumían olvidados, la propaganda y el lo que sea por el poder se han puesto de manifiesto en una guerra cruel como pocas que, convenientemente manipulada, ha devuelto el orgullo patrio a los rusos y legitimado a las caras nuevas del Régimen. Otros, mientras, se lavaban las manos, temiendo —aquí sí— las consecuencias de una injerencia humanitaria, e incluso ayudaron para que subiera el precio del petróleo en los mercados internacionales (lo que en España ha disparado la gasolina), gracias a lo cual el Estado ruso recibió una buena inyección de divisas que le permitió recrudecer la operación antiterrorista en Chechenia sin tener para ello que retrasar aún más el pago de salarios y pensiones.

MANIPULAR


Una ventaja sí tienen los rusos frente a sus antiguos enemigos del bloque occidental: que son mucho más conscientes de que están siendo manipulados, pese a lo cual tienen hoy por hoy cosas más importantes en las que pensar. Con los dedos de la mano se cuenta el número de personas que controlan los grandes flujos de la información mundial, sin mencionar a los virreyes locales de turno. Lo cuenta Michel Collon en ¡Ojo con los media!, que en España edita el Movimiento Cultural Cristiano. Su presidente, Julián Gómez del Castillo, no da pie a ambigüedades en la presentación: Creer en la libertad de expresión, por mucho que lo digan las Constituciones de los países de democracia formal, es demasiado creer: la libertad de expresión es asesinada por los intereses creados. Basta con publicar ciertas informaciones y no otras, con incluir un adverbio o un adjetivo en el titular, con imágenes que presentan un aspecto del hecho noticioso y silencian otros...

El libro, además, se extiende en uno de los más sangrantes y documentados casos recientes de manipulación: la guerra del Golfo Pérsico, que siguió a la invasión de Kuwait por parte de Irak, una guerra que, en su día, los medios de comunicación presentaron como un modelo de eficacia (sin daños colaterales), sin peligro alguno para la población civil, al tiempo que retransmitían en directo los bombardeos, como si se tratara de fuegos artificiales. De vez en cuando, aparecían algunas catástrofes presuntamente provocadas por el régimen de Sadam Hussein, cuando la realidad era que las imágenes correspondían a hechos muy distintos. Por si fuera poco, los medios de comunicación colaboraron con (o se dejaron utilizar por) la propaganda estadounidense, de modo que, desde meses antes de que se produjera la invasión (a todas luces, producida en un primer momento con el consentimiento de EE.UU.), habían empezado a caldear los ánimos con informaciones falsas para presentar a Irak más fácilmente en el papel de malo.

CONTRA LA MENTIRA, REBELION


Y contra la mentira en la vida pública, ¿qué se puede hacer? Rebelión, dice Julián Marías, que ha dedicado a este tema buena parte de su obra. Escribía en la tercera de ABC, el pasado mes de febrero: Hay que actuar sobre el cuerpo social. Hay que inspirar confianza en lo que la merece, repulsión ante lo que no es digno de otra cosa. Hay que pedir a cada persona individual que pierda su pasividad, su servilismo, su tendencia a plegarse a las consignas. Que aspire a entender lo que se dice, a cotejarlo con su propia experiencia, con sus ideas, con la memoria del pasado vivido. Se trata, simplemente, de que las personas, que inevitablemente lo son, se comporten como tales, se enfrenten con su responsabilidad, no se dejen manipular desde fuera como autómatas. Es posible hacer una enérgica llamada a cada uno; esto quiere decir a la libertad, a la independencia. La verdad os hará libres. Ahí está todo.