RetrocesoA&ONº 211/4-V-2000SumarioTestimonioContinuar
Desde la cárcel
Voluntaria de Confraternidad Carcelaria, la autora es una persona probada por la enfermedad. Invidente, necesita además someterse a diálisis tres veces por semana. Su testimonio es, pues, mucho más significativo
Hoy como un domingo más vuelvo a la cárcel, Señor. Sólo abrirnos la puerta ya noto tu presencia; en cada saludo, en cada apretón de manos siento que Tú estás allí, en cada uno de los internos. Entramos en la escuela, seguramente será una sala fría, inhóspita, fea, no lo sé, no la veo; sólo sé que me siento muy a gusto, en paz conmigo misma. ¿Por qué es aquí donde más percibo tu presencia, Señor? ¡Quizás porque Tú estuviste preso en un lugar como éste! ¡Quizás porque es aquí donde más te necesitan! ¡Solo sé que estás entre nosotros!

Empezamos la reunión e intento saborear y reflexionar sobre cada una de las palabras de mis hermanos. ¡Se aprende tanto! Porque aquí no hay nadie que enseñe y nadie que aprenda, ¡todos aprendemos! Aquí no hay nadie que entregue y nadie que reciba, ¡todos recibimos! Aquí no hay nadie bueno ni nadie malo, ¡todos somos hermanos e hijos de Dios! Al acabar la reunión rezamos el Padre Nuestro.

Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

¿Quién somos nosotros para juzgar a nadie?

Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra.

¿Cuántas veces nos perdona a nosotros Cristo? Setenta veces siete. ¡Y más! Y en cada arrepentimiento nos acoge con los brazos abiertos, como al hijo pródigo. ¡Qué grande es Tu perdón, y que hermoso es sentirse perdonado!

Tú llenas toda la sala, Señor. ¡Y me haces sentir tan pequeña!, que sólo quiero cobijarme en Ti, que me ayudes a caminar de tu mano. ¡Qué pobres somos los que queremos ser ricos! ¡Qué vacíos estamos los que queremos llenar nuestras vidas de bienes y comodidades, huyendo de los problemas!

¡Qué muertos estamos los que queremos vivir deprisa, sin fijarnos en el mundo que nos rodea!: el hambre, las guerras, la pobreza, la injusticia... Los que miramos la vida tras un cristal, siendo meros espectadores. ¡Cómo sufrimos los que no sabemos sufrir! Los que no sabemos aceptar el sufrimiento y entregarlo como lo hiciste Tú.

¡Qué esclavos somos los que queremos vivir sin compromisos! Sólo pendientes de nosotros mismos. ¡Qué infelices somos los que intentamos ser felices, buscando solamente el gozo en los placeres humanos! ¡Qué amargura tenemos los que no sabemos perdonar! Los que llenamos nuestro corazón de odio y rencor. ¡Qué huérfanos estamos los que vivimos sin tu presencia!

Sólo te pido, Señor, que me des salud para poder venir aquí cada domingo y seguir tomando de esta medicina. Porque mala es la enfermedad del cuerpo, pero mucho peor es la enfermedad del alma.

Mª del Mar Beas Marín