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Fue el 13 de abril, un mes antes del aniversario de la primera aparición de Fátima, de la beatificación de Jacinta y Francisco y de la tercera peregrinación de Juan Pablo II a Fátima. Fui informado de que, en ese día, el obispo de Leiría (Fátima), monseñor Serafín Ferreira y Silva, iba a anunciar oficialmente a la Hermana Lucía la venida de Juan Pablo II, y a invitarla a estar presente en Cova de Iría en el momento de la beatificación de sus primos. Tuve el privilegio de poder estar en este encuentro, con la concesión de todas las licencias de Roma y de la diócesis, y de la Priora del Carmelo. Ya había filmado a las Cartujas en Évora, la Trapa en Francia o el Carmelo en Portugal. Ya había entrevistado a la Madre Teresa de Calcuta y al propio Papa, en un viaje. Pero en aquel día lluvioso y triste, en la Eucaristía matinal, había pedido a Dios disposición interior para hacer un viaje de ida y vuelta al Carmelo de Coimbra y no volver sin una sola palabra o imagen de la Hermana Lucía. Todo era posible: el tiempo disponible, la secuencia del diálogo, la percepción y el repeto profundo por los noventa y tres años de la Hermana Lucía. Era muy fácil que no consiguiésemos nada. Y estaba en juego un documento para la historia de Fátima, inédito e irrepetible.En el primer encuentro con el obispo de Leiría intentamos acercar opiniones. Se trataría de una visita breve, que ciertamente no pasaría de cinco o diez minutos. Don Serafín me hizo el favor de transportar el material. Un grupo de peregrinos italianos que pasaba por delante del Carmelo se admiró al ver un obispo con una cámara de vídeo al hombro. Por mi parte transportaba los trípodes y los proyectores. Así cruzamos la puerta del convento. Faltaba poco para las cuatro de la tarde. Yo debería entrar primero en el locutorio para los preparativos. Todo lo contrario: la Hermana Lucía entró antes que nosotros y luego comenzó el diálogo. No hubo tiempo para ajustar las luces, los colores o los micrófonos. Las estrechas rejas dificultaban la visión. Estaban presentes el obispo de Leiría, la Priora, la médica de Lucía, doctora Branca Paul, y yo. |
| A SOLAS, CON EL PAPA
Me di cuenta de que todo estaba estropeado desde el punto de vista del reportaje, pues las luces que había eran apenas dos tímidas lámparas fluorescentes. Don Serafín inició un diálogo en un tono familiar y próximo. Entre tanto pedí a la doctora que asegurara el pequeño protector de luz, con el fin de no dañar la vista de la Hermana Lucía, y no dejar su rostro con las sombras de las rejas. Comencé a percibir, a través de la cámara, que su forma de mirar era perspicaz dentro de sus gruesas lentes. El obispo de Leiría-Fátima empezó, casi con solemnidad: Vengo a anunciarle oficialmente que el Papa vendrá a Fátima el día 13 de mayo para beatificar a los pastorcitos. La Hermana Lucía interrumpe, de buen humor: ¡No me va a beatificar a mí! Sonrió, larga e inteligentemente. Ya se había roto el tono protocolario del primer momento. Don Serafín explicó los horarios, los pormenores del encuentro de la Hermana Lucía con el Papa, en la basílica, programado para la mañana del día 13. Lucía fue muy directa: Me gustaría estar a solas con el Santo Padre. No es que tenga nada especial que decir, pero me gustaría estar sola con él, lejos de las multitudes. Le aseguró que se prepararía un espacio reservado para el encuentro con el Papa. La Hermana Lucía tiene un espíritu selectivo muy apurado. Con algunas dificultades de audición responde lo que le parece realmente importante, con una perspicacia extraordinaria. No se manifestó amedrentada con las multitudes. Cuenta que, incluso para las consultas externas del médico, tienen que escoger una ocasión en la que no haya otros pacientes, por que, si no, las personas se agarran a ella, llenándola de besos, hombres con bigotes y todo, de tal forma que la primera cosa que hago es llegar a casa y lavarme la cara. Luego continuó sonriendo: el Papa le besó una vez en el velo prieto que le cubría la cabeza. Lo guardo con mucho cariño. Don Serafín recuerda que le enseñó una expresión portuguesa al Papa: Ben haja. Es un agradecido de corazón. Añadió: Dígaselo al Santo Padre, que le va a gustar oírlo. Otras historias ponen los pelos de punta: Lucía confirma que Francisco no llegó aprender a leer o escribir, a pesar de frecuentar la escuela hasta caer enfermo. Él estaba convencido de que iría a morir en breve, y había pensado que no valía la pena. Y dijo incluso: El profesor no era de los mejores. Por estar convaleciente de un brazo sólo enseñaba a leer y no a escribir. SENCILLEZ
Don Serafín recuerda a uno de los dos grandes defensores de Fátima en los años 20, el doctor Formigao. Y pregunta a la Hermana Lucía qué pensaría él sobre la apertura del proceso de beatificación. Lucía responde con firmeza: No lo he conocido suficientemente. Una cosa es encontrarnos como en una visita, y otra es que las personas se conozcan del día a día. No tuve contacto con él de forma que pueda emitir un juicio de ese tipo. En primer lugar, hace referencias a la importancia de la obediencia. El obispo de Leiría recuerda a san Agustín: Quien obedece nunca se engaña. Lucía corrobora, por entero, y dice: Nunca hice otra cosa en la vida y no estoy arrepentida. Repentinamente Lucía habla de la otra vida: Espero que sea mejor que ésta. Será infinitamente mejor, asegura la Priora. Después de hacer un pequeño grupo con ella y rezar, y de recibir la Hermana Lucía la bendición del obispo de Fátima, Lucía recuerda al señor Rector del santuario. Dice algunas palabras a propósito de Francisco y Jacinta. Tengo una cosa que decir del hábito sacó un papel y leyó: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Pasaron cuarenta minutos. Cuarenta minutos de imágenes, cada una de las cuales vale más que mil palabras. Me puse a pensar: he aquí un sexcreto que ya venía en el Evangelio. Y por la puerta de la sencillez Dios se revela. Así percibí mejor por qué la Virgen María se les apareció a tres criaturas. A los 93 años la Hermana Lucía continúa sencilla y libre de corazón para escuchar a Dios. |
| -¿Qui-qui-quién e-e-e-eres?
Se había vuelto tartamudo del susto. Ella le contestó, sin dejar de sonreír: -Soy María, de Nazaret, ¿y tú? Él dijo, no sin miedo: -S-s-oy un duende... y para hacer como ella, añadió: del bosque (aunque resultaba un poco absurdo, pues todos los duendes viven en los bosques). Como le pareció que María era una buena mujer, se atrevió a preguntarle: -¿Cómo es que me has visto? Nadie ha visto jamás a un duende. Somos tan pequeños que resultamos casi invisibles a los ojos de los humanos. Entonces mi abuelo oyó unas palabras que recordaría para siempre: -Lo importante no es ver el tamaño de las cosas que se nos presentan en la vida. Muchas veces la apariencia física no es más que un engaño. Sin embargo, lo más pequeño puede esconder algo maravilloso, algo inolvidable. Y sin decir nada más, María se marchó. Mi abuelo se enteró más tarde de que esa mujer había hecho cosas grandes. Incluso llegó a sus oídos que dio a luz a un niño llamado Jesús, un hombre bueno que revolucionó el mundo con una sola frase, tan sencilla como: Amaos los unos a los otros. Luego resultó que ese hombre era Dios. Mi abuelo entendió que era lo mismo que María le había dicho a él. Descubrir lo más importante mediante actos tan sencillos aparentemente, como amar. Mi abuelo nunca ha podido quitarse aquella frase de la cabeza. Así que cuando nací yo, su primer nieto, pidió por favor que me pusieran Mariano. Era su pequeño acto que, a la vez, significaba algo tan grande como que jamás se había olvidado de María. Esto es todo por esta semana, amigos. Me tengo que ir porque mi madre y mi hermana me esperan en casa. ¡Se me ha hecho muy tarde! ¡Hasta pronto! |