RetrocesoA&ONº 212/11-V-2000SumarioDesde la feContinuar
Gran Hermano
La cultura de la degradación
A lo mejor cuando se publique esta crónica los dirigentes de Telecinco han recapacitado y han decidido hacerle caso al Papa.Cosas más difíciles ha conseguido JuanPablo II.En su mensaje para la XXXIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, pedía a los medios cierto tipo de examen de conciencia que conduzca a una mayor conciencia crítica sobre esa tendencia a un escaso respeto por la religiosidad y las convicciones morales de la gente. Un Papa con la fuerza y firmeza del que felizmente rige a la Iglesia siempre habla con la seguridad de que alguien seguirá sus consejos. ¿Por qué no ha podido suceder que los de Telecinco hayan eliminado ese pestífero bodrio que se llama Gran Hermano?

Mucho me agradaría que estas líneas perdiesen actualidad; que no respondieran a lo que está ocurriendo y sirviesen únicamente como reflexión de lo que ha pasado. Pero mucho me temo que no caerá esa breva. Y baso mi pesimismo en que Telecinco ya tiene larga experiencia en la producción de basura en grandes cantidades. ¿Recuerdan ustedes aquel programa sucio Pasando o cruzando el Misisipi? Creíamos que aquello era insuperable; que la cultura de la degradación había alcanzado su cenit. Bien hemos visto que no. Desdichadamente, no ya sólo Telecinco, sino otras cadenas rivalizan para ver quién pone el listón de la indecencia más alto.

La aparición de Gran Hermano, con conexiones en la programación general, salpica de indignidad otros espacios y programas de la cadena que lo emite. El hecho de que, desde el primer día de emisión, se dispara la audiencia sólo hace confirmar que la degradación del interés público no parece conocer límites. Hartos de ofrecernos intimidades de personajes y personajillos más o menos famosos, ahora se lanzan a ofrecer intimidades de seres triviales, anodinos, hasta donde fuera capaz de llegar la desvergüenza de los protagonistas. Todo ello con el aplauso de quienes calificarían de escandaloso cualquier programa de exaltación del racismo o de la supremacía del varón sobre la mujer. ¡Habría que ver a doña Mercedes Milá, moza brava y sin pelos en la lengua, lo que armaría en tales supuestos! Y sin embargo, ¡qué comprensiva, qué indulgente, qué liberal e incluso qué dulzura la suya —ella, generalmente tan desabrida— ante esa degradación moral de Gran Hermano! La zafia convivencia es considerada por la veterana presentadora como una positiva experiencia de observación en directo de la vida y de los comportamientos humanos.

También antes de que fuese estrenado este impúdico experimento (propio de un zoológico, lo ha calificado alguien), los obispos de la Comisión Episcopal de Medios de comunicación, refiriéndose a muchos programas televisivos, escribían: Desde el punto de vista ético no todo vale en aras de la captación de audiencias numerosas o de reclamar la atención del espectador.

Y no vengan con el argumento de que todo se reduce a un ejercicio de libertad: de los que se someten voluntariamente a la prueba del revoltijo convivencial; de los que emiten el programa, y de los que lo ven. No es ése un motivo de debate ni puede serlo. Lo inmoral y antiestético no admite debate alguno. El único debate que puede establecerse sobre situaciones tan degradantes como las que ofrece Gran Hermano es de tipo jurídico. Si la porquería puede permitirse en televisión, cuáles son los límites tolerables y a partir de dónde debe impedirse que se atente de forma tan directa contra las convicciones morales de la gente.

Rafael González