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El hombre de hoy ha perdido confianza en el amor. El amor se ha convertido en un juego que, con frecuencia, termina en trampa mortal. Máscaras, mentiras, sospechas, infidelidades forman el atrezo de la escena donde quienes deberían amarse son incapaces de mirarse frente a frente como los esposos de Gertrud, la admirable película de Dreyer. A pesar de esta desconfianza, el hombre sabe en su interior que sólo el amor le salva, sólo el amor es digno de fe, es decir, de depositar plenamente la confianza en aquel que me ama. La pregunta crucial, que nos hacemos frecuentemente, es si alguien me amará así. Con un amor tejido de conocimiento, asegurado por la verdad de lo que el hombre es en su núcleo más personal. El hombre se pregunta si será amado tal cual es y, sencillamente, por lo que es: un ser humano. Si, a pesar de aquello que conoce de sí mismo y que no se atreve a decirse ni a sí ni a los demás, podrá ser amado. Se pregunta, en fin, si alguien le amará hasta dar la vida por él.
Aquí viene la revelación luminosa de Jesucristo como Buen Pastor. En esa tierna imagen, que ha cautivado desde siempre a los cristianos buenos y sencillos, a los pobres pecadores que somos los cristianos, Jesús nos asegura que podemos confiar en el amor que conforma su rostro y su figura. Que Él nos conoce como el Padre le conoce a Él. Y que Él nos ama y nos amará hasta dar la vida por nosotros. El valor que un hombre tiene para Cristo se mide por estas palabras: Yo doy mi vida por las ovejas. Jesús nos conoce y nos ama. No huye ante las embestidas de la muerte. Libremente se presta a morir para que el hombre, digno de ser amado por sí mismo, viva. Y viva para siempre. Éste es el secreto de la Pascua de Cristo: su libertad para dar la vida, que nadie le quita, y su poder para recuperarla. Todo por el hombre. El fruto de este amor es la Vida eterna. G. Marcel dijo que amar a una persona es decirle: Tú no morirás. Expresó acertadamente el deseo del amor: que no muera la persona amada. El amor, en su origen y término, es incompatible con la muerte (como Dios mismo que es Amor). Así lo sienten quienes de verdad aman y así lo padecen cuando llega la muerte. Por eso el Buen Pastor nos ama hasta dar la vida, aquella que se prolonga más allá de la muerte. Éste es el mandato que ha recibido de su Padre: dar la vida por los suyos para que nunca perezcan, sino que vivan para siempre. Si el Cantar de los Cantares dice que el amor es fuerte como la muerte, Cristo aún va más lejos porque su amor, mucho más fuerte, ha vencido la muerte. + César Franco |