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El divorcio: la gran ruptura
Un proceso conflictivo que destruye
Se trata de uno de los fenómenos que más atrae la atención de las Ciencias Sociales, al ser uno de los hechos más representativos y significativos de nuestra sociedad actual. Separando el sacramento del contrato, el divorcio puede ser regulado libremente por el Estado. Esto culmina en la Revolución Francesa cuando el régimen matrimonial se seculariza de forma absoluta. Desde entonces la ley no considerará el matrimonio más que como un contrato civil. Se impone el principio de laicidad, quedando así el matrimonio como un mero negocio jurídico por el cual dos personas se unen para realizar un contrato civil. Son dos declaraciones de voluntad que se unen con algún fin. Para el Estado no se trata ya de la unión indisoluble de dos personas delante de Dios.

El divorcio rompe de este modo con la concepción de la familia como el núcleo social por antonomasia, donde la persona es educada y formada. La introducción del divorcio por las legislaciones estatales —en España, el 7 de julio de 1981— pretende distanciarse de la regulación canónica, presente en la mejor historia secular del matrimonio. El Estado acrecienta y asume de modo deliberado un mayor protagonismo a la hora de pretender resolver los conflictos conyugales.

Cuando en Italia se debatía la entrada en vigor de la desafortunada Ley Fortuna, se llegó a decir que dos millones y medio de parejas esperaban ansiosas la promulgación de la ley del divorcio. 25 años después el número de divorcios registrados no alcanza, ni por imaginación, tal cifra. Italia, junto con España y Grecia, goza de uno de los porcentajes más bajos de divorcialidad. Muchos recordarán a aquel ministro de Justicia de la UCD cuando dijo ante las cámaras de televisión que un millón de españoles estaban deseando poder librarse de su yugo conyugal. En el primer año de vigencia, tan sólo 9.000 parejas legalizaron su situación, y hasta finales de 1994, en los Tribunales españoles se habían producido 309.215 sentencias de divorcio.

Desde 1981, el número de sentencias de divorcio fue aumentando, salvo leves inflexiones en 1983 y 1984. Si en 1992 se registraron 26.783 divorcios (un 12,3 por ciento de los matrimonios), en 1998 la sentencias civiles de divorcios aumentaron a 36.072. Si a esto le sumamos las sentencias civiles de separación, veremos cómo en 1992 se produjeron 66.610 divorcios y separaciones, y en 1998, 92.909.

España se encuentra entre los países de divorcialidad media (entre el 10 y 20 por ciento del total de matrimonios), frente a países como Estados Unidos o Suecia, de divorcialidad alta o altísima, donde el número de divorcios supera o iguala el de matrimonios celebrados.

CIFRAS ALARMANTES


En Francia el promedio de duración de un matrimonio viene a ser de 14 años, no muy superior que a principios de este siglo, donde era de nueve. Ahora bien, en 1900 era por causa de muerte, y ahora se debe al divorcio. En este mismo país, el número de divorcios registrados en 1975 —fecha en la que se introdujo la ley del divorcio, que ahora se pretende revisar— era de 50.000, y un cuarto de siglo después, en 1999, se llegó nada menos que a 120.000. Más de un 30 por ciento de los matrimonios acaba en divorcio. En París, por ejemplo, uno de cada dos matrimonios se divorcia y la causa principal que se esgrime es la falta de amor. Este dato se asemeja mucho a las cifras que se barajan ya en ciudades como Madrid.

Como aparece en un reportaje sobre el divorcio, publicado en el semanario Le Figaro, el psiquiatra Robert Neuburger argumenta, en su libro Nuevas parejas, que el problema actual del matrimonio se debe a que las nuevas parejas lo sobrevaloran, conciviéndolo como el mejor refugio ante la dureza de este mundo en el que vivimos. Esto lleva a la decepción. Es esta sobrevaloración del matrimonio lo que provoca que la gente siga teniendo un apego a la pareja sin saber muy bien el porqué. Si se idealiza al otro, la frustración vendrá cuando se descubra que aquel con quien se casó nunca le podrá dar toda la felicidad que su corazón anhela, sino sencillamente ser la ayuda fundamental para llegar a aquella. Es este apego a la pareja lo que explica la frecuente violencia de los enfrentamientos a la hora de la separación, independientemente ya de la banalización del divorcio.

Willy Pasini, profesor de Psiquiatría y Psicología, analiza cómo hoy en día la gente se inventa sus propios ritmos, y sus múltiples aspiraciones les obligan a consagrar todo el tiempo para sí mismos, por lo que comunicarse y consagrarse a su cónyuge es algo que escasea. Hay que saber que la razón número uno en el divorcio hoy día es la incomunicabilidad. Uno está más centrado en sus aspiraciones y en el éxito personal que en ese proyecto común que Otro tiene preparado para la verdadera y plena realización de ambos.

Como dice Marie-Christine Georges, juez de la Corte de Asuntos Familiares, de Francia, las parejas que llegan a mi gabinete parecen angustiadas, casi agresivas. Cuando yo les explico que la ley establece el principio de la patria potestad compartida, y por lo tanto no soy yo quien elige entre los dos en relación a las cuestiones que conciernen a los hijos, observo que esto desencadena un sinfín de conflictos. El resultado es que se intenta a toda costa llevar a los niños hacia cada una de las partes, por lo que se llegan a observar golpes muy duros, y algunos muy bajos. Con el fin de que tu cónyuge no consiga la patria potestad de tu hijo, lo acusas con mentiras como abusos sexuales contra el pequeño, etc... La gran evolución del cinismo hoy día llega hasta el punto de no importar qué medios para poder conseguir la custodia de tus hijos.

De todo esto se deduce que el peligro del divorcio, al convertirse en un proceso tan conflictivo en el que están en juego distintos intereses, acaba destruyendo tanto a la comunidad familiar como a las personas que la forman, pues acaban primando más los intereses personales que el bien común.

Los historiadores nos hacen ver cómo el libre consentimiento de los esposos estaba mucho más claro en el siglo XI que en el XV, fecha en la que los entresijos familiares decidían las uniones en base a sus propios intereses. La mayoría de matrimonios por interés acaban siendo frustrados, y, a veces, uno de los cónyuges acaba abandonándolo.

La abogada matrimonialista Danièle Moos aconseja a quienes llegan a su despacho que la custodia compartida sobre el niño es mil veces mejor que un niño . Es verdad que cada caso es distinto, pero cuando un niño es comprado, y además se le inculca una enemistad o desconfianza respecto a uno de sus padres, reanudar esa relación tan necesaria para que un hijo crezca, les costará mucho más, y se habrá causado un gran daño.

Aparte de la ruptura de las relaciones entre los cónyuges y los efectos económicos que acarrea —tanto de bienes y herencias como de las llamadas pensiones de manutención—, una de las peores consecuencias del divorcio son los efectos nocivos que éste tiene en las relaciones de los, hasta entonces, cónyuges con sus hijos. La perjudicada de la ruptura no sólo es la familia, sino que repercute en toda la sociedad.

Con el divorcio dos personas, que deberían ser la una para la otra, pasan a ser extrañas. El proyecto común que habían formado pasa a ser como una empresa en crisis a liquidar. Tan banal llega a ser un divorcio, que la clave para ganar el proceso depende de elegir a un buen abogado. Algo que, al final, es cuestión de dinero.

Para quien se divorcia, la ruptura supone un fracaso que marca una impronta profunda en su personalidad. A menudo sufren un sentimiento de culpabilidad, al creer que no hicieron todo lo que estaba en sus manos para salvar su matrimonio. A esto va unido la inseguridad en las relaciones con los demás, por lo que se ven obligados, a veces, a cambiar de ciudad o residencia. Uno de los rasgos más comunes entre divorciados es el hecho de que quien fracasa en un primer matrimonio no es quien mayores garantías tiene de triunfar en un segundo.

Como señala el catedrático de Derecho en la Universidad de Zaragoza, Gabriel García Cantero, en su estudio Efectos del divorcio en España (de AcciónFamiliar), aunque el legislador reitera constantemente que es el principio inspirador de cualquier medida que el Juez adopte, es lo cierto que los órganos judiciales se muestran con frecuencia impotentes, no ya para asegurar la felicidad a los hijos, sino ni siquiera para reducir los perjuicios que, para los mismos, tal situación conlleva. ¿Consultan los cónyuges a sus hijos a la hora de romper la comunidad familiar, ese lugar donde los hijos comparten con sus padres gozos y alegrías, y desarrollan su personalidad sin traumas?

Como derecho natural que es para la sana formación, educación y desarrollo de su personalidad, todo hijo necesita de la presencia de su padre y de su madre, disponibles en todo momento. De lo contrario, el hijo se podrá ver a sí mismo como una carga para sus padres que, divorciados ya, tienen que cumplir unos horarios de visita reguladas. Según datos obtenidos en países tradicionalmente divorcialistas, la ruptura del matrimonio causa en los menores un trauma psicológico y, a menudo, creen ser los culpables. Con el divorcio, se derrumba todo ese mundo afectivo del hijo que se preguntará dónde ha ido uno de sus padres. Llegan a creer que ya no le quiere ver.

Todo esto provoca efectos como perturbaciones en la conducta; una menor autoestima y éxito en los estudios; una mayor probabilidad de abandonar la escuela; un creciente aislamiento respecto a los compañeros; un mayor índice de delincuencia juvenil entre hijos de divorciados, etc. Hay muchas más posibilidades de que se divorcien hijos de padres divorciados, que aquellos de hogares normales.

Cuando se llega al extremo del divorcio, la solución menos mala para el hijo es cuando se obtiene la patria potestad compartida por ambos progenitores (ambos actúan de común acuerdo en la vida ordinaria), o cuando uno de los progenitores es el encargado de guardarle, y el otro recibe un derecho de comunicación que se respeta a rajatabla. Otro problema agravante surge cuando cada uno de los progenitores forma una nueva familia, donde los primeros hijos se sentirán como extraños.

El bajo índice de matrimonios celebrados, y la creciente cifra de divorcios y separaciones, influye también en el alarmante índice de natalidad de nuestro país, que tantos problemas acarreará en el futuro, si el Gobierno no toma medidas para fomentar e incentivar la natalidad entre los españoles.

El divorcio, al fin y al cabo, es otro síntoma más del problema de la dependencia del hombre moderno. Tras la Ilustración, vivimos en una mentalidad dominante que nos presenta el individualismo y la autonomía como las mejores formas de estar frente a la realidad.

Juan Pablo II ha dicho que, al ser el divorcio más fácil, resulta inevitablemente más sencillo aceptarlo como si fuera parte normal de la vida. La posibilidad de divorcio en la esfera de la ley civil hace que la estabilidad y permanencia de los matrimonios sea cada vez más difícil. El divorcio es otro ejemplo de esa fragilidad del yo que sufre el hombre contemporáneo. Fragilidad para ser fiel a las exigencias de las que el corazón está hecho. Ante el infantilismo y la falta de madurez personal en la que vivimos, el matrimonio, al final, parece otro juego más, otra etapa más de la vida que toca vivir. Es una tradición que uno realiza más por instinto que por convicción, y de la cual se acabará hartando si no tiene claro el por qué, el con quién y el para qué se ha casado. Por eso es tan importante una buena preparación previa al matrimonio.

Cuando un matrimonio pasa por dificultades —puesto que toda convivencia es dura de por sí—, la solución no está en buscar una válvula de escape, sino comprender bien la situación con aquella persona de la que un día te enamoraste y en quien viste un atractivo sin igual. Como señala el psicólogo Luis Riesgo Ménguez, en los años 60 en Estados Unidos se recomendaba el divorcio como panacea para matrimonios mal avenidos. Treinta años después, el psicólogo Paul Pearson dice que ha llegado la hora de sustituir el lema su matrimonio se ha roto, busque una nueva pareja por otro más sano: su matrimonio se ha roto, arréglelo.

Para el Derecho Canónico la nulidad y la separación son los recursos jurídicos fundamentales al desentendimiento matrimonial. La Iglesia católica, si bien admite que, en ciertas ocasiones, es necesaria la separación, no reconoce el derecho a bendecir la unión entre personas que ya han estado casadas, a menos que exista una sentencia de nulidad del matrimonio constatada por el Tribunal judicial de la diócesis.

El cardenal Ratzinger intervino, no hace mucho tiempo, en un debate en el que instaba a los tribunales oficiales de cada diócesis a verificar si la fe de los cónyuges es probada, pues una falta de adhesión personal en el camino religioso del sacramento del matrimonio conlleva a la no validez del mismo. Sin embargo, la Iglesia acoge a aquellos que ya han contraído una nueva unión civil, aunque no son admitidos en la comunión eucarística. Son cristianos que deben tener su lugar en la comunidad cristiana. La Iglesia es siempre madre de misericordia, que ayuda y que espera.

En el camino matrimonial, dos son los instrumentos que hacen falta para vivir el día a día: el reloj y la brújula. El reloj que mida los buenos y los malos momentos, que evidentemente hay en toda relación cotidiana. Y la brújula, que marque el rumbo y señale a ese Otro que da el sentido a la vida y a Quien, antes o después, se tiene que mirar.

Por desgracia, muchos de los que se casan hoy día no acaban de saber realmente lo que están haciendo. Les falta por descubrir qué es en realidad el matrimonio. Se trata de una vocación dada —como puede ser el sacerdocio o la virginidad—, con la que uno responde a Cristo de una forma concreta. En la vocación al matrimonio es Dios quien elige y pone diariamente esa persona a tu lado para que Le puedas reconocer a Él.

En el matrimonio y junto a la otra persona, uno aprende poco a poco a amar, y descubre al otro como un don de Dios y no como una posesión. El matrimonio no es un camino de rosas, ya que se trata de salir de uno mismo, de sus pretensiones o egoísmos, y abrirse a una relación misteriosa más grande en la que uno adquiere la certeza de un amor y lo vive con la especial gracia sacramental que Dios concede.

El fracaso de muchos matrimonios se debe a que realmente nunca llegaron a hacer ese camino de verificación tan importante llamado noviazgo, y se quedaron en aquel flechazo inicial que, con el tiempo, decae si no es sostenido y alimentado. El atractivo inicial no se verá en el futuro de la convivencia de la misma manera, y sólo partiendo de una entrega permanente y verdadera uno comprende cómo se superan las difíciles circunstancias efímeras y pasajeras, que no son la verdad de una relación. Javier Hervada, catedrático de Derecho Canónico, recuerda en su reciente libro Carta sobre el divorcio (de Navarra Gráfica Ediciones) algo que va en la naturaleza intrínseca de todo matrimonio: La unidad y la indisolubilidad son propiedades esenciales del matrimonio; no sólo del matrimonio cristiano y sacramental, sino de cualquier matrimonio.

El matrimonio no está exento de dificultades o sufrimientos, al igual que está lleno de alegrías y gozos. El matrimonio es un caminar juntos, mirando hacia adelante a Otro que los ha unido para siempre y para ir hacia Él.

En su reciente peregrinación a Tierra Santa, el Papa Juan Pablo II pedía en Nazaret a la Sagrada Familia que nos inspire a todos los cristianos para defender a la familia contra las numerosas amenazas que actualmente pesan sobre su naturaleza, su estabilidad y misión. Hay que redescubrir cómo el matrimonio no es otra cosa que esa donación total a una persona física concreta, con la que uno dice un sí gozoso y eterno. Convivir con esa persona le hace reconocer algo más grande, a un Tú más grande.

Benjamín R. Manzanares