RetrocesoA&ONº 212/11-V-2000SumarioEn portadaContinuar
Hogar, dulce hogar
Este artículo ha sido escrito, en mutua colaboración, por un hombre y una mujer. Se ha pretendido dar una visión lo más equilibrada posible de la realidad familiar actual y su problemática
Dejando de lado los motivos que llevan a tomar la decisión de la mujer a solicitar la separación, lo cierto es que la ruptura familiar crea entornos diferenciados con respecto a cada progenitor. El sistema social-judicial facilita que los hijos pequeños se queden bajo la custodia de la madre (aproximadamente el 96% de las ocasiones, según la Asociación de hombres y padres separados). Como los hijos no deben ver alteradas sus costumbres, el uso de la casa que les sirve de hogar se asigna a quien ostenta la guardia y custodia —la madre—. Si la madre no trabaja, tiene derecho a una pensión compensatoria que saldrá de los ingresos del otro progenitor, quien también tendrá que hacer frente a la pensión alimenticia de los hijos (aproximadamente el 25% del salario por un hijo).

Analizando las posteriores circunstancias del ámbito de cada progenitor, constamos que, en el entorno de la madre, desaparece la permanencia del marido en el domicilio. La mujer sigue disfrutando prácticamente del mismo contacto con: hijos, hogar, vecinos, apoyo social, nivel económico, etc. La madre solicita y consigue la separación matrimonial en el 93% de las ocasiones, lo que lleva a pensar que la ruptura afectiva mejora su situación personal. Se considera la más perjudicada de la familia, no siempre con razón. Daniel Góleman lo refleja muy acertadamente de la siguiente manera: El pensamiento de que uno es una víctima desencadena un secuestro emocional que activa la larga serie de ofensas recibidas del otro, olvidando simultáneamente todo o positivo aportado que no cuadre con la visión de que uno es una víctima inocente. De este modo, el otro miembro de la pareja se ve encerrado en una especie de callejón sin salida, ya que todo lo que haga —aunque trate de ser deliberadamente amable— será reinterpretado a través de ese prisma de negatividad y rechazo como una tímida tentativa a negar su culpa.

La realidad objetiva es que ha desaparecido de su intimidad el esposo, presunta causa de su infelicidad. El rol de padre debe asumirlo ella. Sin embargo, una madre nunca será mejor padre que un padre, y viceversa.

El padre ve quebrado su mundo afectivo. Sus circunstancias sociales, económicas, ambientales, entre otras, resultan drásticamente perjudicadas. Pierde el vínculo afectivo de los hijos y del cónyuge y, por tanto, desaparece el concepto del hogar. El trabajo de años se derrumba en la acción legal de la separación. La negativa regresión del hombre a una situación anterior, presuntamente superada, lo frusta y, por tanto, enfurece. Otra frustración la recibe cuando acude a alguna asociación y le informan de la desprotección legal y de la ausencia de apoyo social al hombre/padre separado. Todo esto lo hacen sentir solo, aislado, desorientado, sin expectativas de futuro válidas y, normalmente, acompañado por un serio problema económico. No suele tener adónde ir ni con quién estar.

VICTIMAS INOCENTES


La depresión en el hombre es la reacción psicológica ante la respuesta que la sociedad impone, contra natura, en su núcleo familiar.

En la separación matrimonial, al debilitarse los vínculos afectivos del cónyuge e hijos, al despojarlo del hogar, del entorno, etc., se está creando en el hombre un fuerte stress emocional que puede producir una conducta destructiva o, lo más común, un cuadro depresivo, más menos intenso.

El hombre es la víctima de la familia que se queda en la calle, con todo su mundo afectivo roto y sin apoyo social alguno (no hay casas de acogida para hombres separados, ni psicólogos, etc.) La readaptación a su nuevo entorno social (casa materna o pensión, la soledad, la falta de recursos económicos y sociales, la depresión, etc.) precisa de un ajuste que, normalmente, se produce de un modo desproporcionado, en las decisiones importantes que, con demasiada frecuencia, adoptan los hombres separados como: dejar el empleo; los estudios; cambiar de región; e, incluso, acabar con la fuente de su sufrimiento secuestrando a los hijos, matando a la esposa o suicidándose.

Queda por evaluar lo más importante: la repercusión en el entorno afectivo de los niños, únicas víctimas inocentes de la separación matrimonial. La ausencia de uno de los cónyuges en el hogar creará dificultades en la familia, ahora monoparental. La mujer, desorientada, no sabrá el modo de imponer la necesaria disciplina, ya que chocará con la instintiva sensibilidad materna que la hará más vulnerable al llanto de sus hijos. La disciplina exige cierta autoridad, y en la familia la autoridad es desempeñada, biológicamente, por el sexo de mayor volumen corporal que es el hombre. El aprendizaje mimético que los niños realizan de los diferentes roles paternos se ve afectado de forma sustancial. El intercambio de la autoridad paterna por la autoridad materno-judicial frusta al hombre. La frustación desemboca en agresividad y empeora las relaciones de los cónyuges. Inconscientemente, los niños grabarán la hostilidad de los progenitores, conducta que no les será fácil eludir en el futuro. Es muy apropiado mencionar el titular de La Verdad publicado el 2 de marzo de 2000: Una vecina solicita que le retiren la custodia de sus hijas porque es incapaz de educarlas.

EL CASO DE GERONA


Quizá, en lugar de lamentarnos por los sucesos del ámbito familiar que salen a los titulares de los periódicos, deberíamos preguntarnos qué está ayudando a cercenar el vínculo afectivo entre progenitores. Encontraríamos la respuesta en que las normales crisis matrimoniales de antaño ahora son motivo de divorcio, porque la mujer, al hablar de su infelicidad, encuentra un apoyo en el sistema que, habitualmente, aconseja solicitar la separación, ante las buenas condiciones para ella. De este modo, se niega la posibilidad de recuperar la relación tras la crisis. Se demuestra la necesidad de cultivar en la pareja la comunicación, la tolerancia y la paciencia. El sistema establecido por nuestra sociedad rompe la familia y, con ello, está agrediendo emocionamente tanto a los hijos —sobre todo, si son de corta edad— como al progenitor no custodio.

El hombre separado persigue el loco sueño de integrarse y sobrevivir con dignidad en un entorno hostil. Es expulsado de toda relación natural y social. Es acosado y destruido por su entorno. Válvula de escape de esta agresión despiadada e insolidaria de la comunidad, el hombre separado no es más que un peldaño de la escala, tan bajo, que no puede soportar todo el peso que se le infringe. La estructura social está construida de tal manera que, cuando la presión es excesiva, se resquebraja por la base.

En este artículo, no se puede obviar el reciente caso de Gerona, sucedido el 12 de marzo de 2000: una semana después de que la mujer solicitara la separación matrimonial, el esposo mata a sus hijas, y después se suicida. Quitar la vida (el sufrimiento) a las hijas, y después, matarse es susceptible de interpretarse como un suicidio colectivo, donde la voluntad de las hijas es reemplazada por la del padre deprimido. Las personas deprimidas no encuentran salida a su situación, se sienten atrapadas y no saben qué hacer ante su aflicción. Sufren emocionalmente de modo muy intenso y mantenido hasta el punto de desearse la muerte, única manera que perciben para acortar su dolor, pues piensan que permanecer vivos es sufrir en lenta agonía hasta la muerte. Pero en ningún caso debe contemplarse el acontecimiento de Gerona como una venganza, aunque pueda parecerlo. No es coherente matarse a sí mismo y a los seres que más quieres para perjudicar a otro. La autoridad materno-judicial doblega la autoridad paterna, la cual tiene una salida en la llamada telefónica a la esposa para comunicar que no vería a las hijas nunca más; sin embargo, la decisión suicida estaba tomada y es consecuencia de su depresión, única responsable del suceso. Aunque cerca de un 5% de la población sufre al menos un episodio de depresión grave durante su vida, sólo 1 de cada 5 busca ayuda para solucionarlo (Carmelo Vázquez y Jesús Sanz, Manual de Psicopatología. Editorial Mc Graw Hill).

MIMAR A LA FAMILIA


Quizás no sea descabellado plantearse el concepto de familia de generaciones pasadas, pues la natural autoridad paterna era complementada por la —también natural— habilidad emocional de la mujer. No había confrontación directa entre progenitores hasta la ruptura matrimonial, como sucede ahora. La estructura familiar no debemos destruirla, sino mimarla y corregirla. La necesaria protección de los derechos humanos fundamentales de las personas (hombres y mujeres) no debe entrar en conflicto con el concepto de familia forjado generación tras generación.

Estamos obviando la necesidad del complemento mutuo de la pareja, imprescindible para conseguir el equilibrio de la persona. El enriquecimiento cultural, tanto de la mujer como del hombre, tiene que ir dirigido al mejoramiento de la familia, no a alimentar el hedonismo ni a facilitar la independencia y total aislamiento entre sexos.

En la separación matrimonial, el hombre sufre un fuerte desequilibrio emocional, normalmente transitorio, provocado por el cúmulo de circunstancias externas y objetivas que lo hieren de modo intangible. El sistema judicial, pretendiendo proteger a la presunta víctima (a la mujer), distancia al hombre de su hogar y le obliga a aceptar requerimientos como la custodia materna y visitas paternas los fines de semana alternos; produce en el hombre un trastorno mental transitorio depresivo que agrava la adaptación a sus nuevas circunstancias. Al verse despojado del natural contacto permanente con los hijos —único vínculo afectivo al que podría aferrarse natural y legalmente—, el hombre puede pensar en el secuestro o en el suicidio como únicas salidas.

Investigaciones rigurosas informan de que continuar la relación, tras superar las dos primeras crisis, conlleva la consecución de una creciente satisfacción matrimonial, estrechamente ligada a las diferentes etapas de desarrollo de los hijos, llegándose a alcanzar la máxima felicidad matrimonial después de que los hijos se vayan del hogar. No es bueno que el hombre esté solo.

Concepción Vila Roche
y Rodrigo Alonso Calzada