Es como si lo estuviera viendo de nuevo ahora mismo... Estaba Juan Pablo II dando su primer abrazo de paz, como Papa, a los cardenales que lo habían elegido. De repente se hizo un silencio impresionante en la Plaza de San Pedro: ante Juan Pablo II se había arrodillado el viejo león del catolicismo polaco, Stefan Wiszinsky.
De haber pensado en un polaco Papa, todos hubieran apostado por este viejo luchador de la fe, bien conocido en Europa. Pero el elegido había sido Karol Wojtyla que ahora se levantaba y alzaba del suelo a su padre espiritual y, profundamente conmovido, le daba un abrazo largo, emocionante, que sacudió, como un latigazo eléctrico y espiritual hondísimo, el alma de todos los presentes, contagiados de la fortaleza de aquella ternura inmensa. Todos estallamos en un clamoroso, sostenido e irreprimible aplauso. Wiszinsky volvió a poner su rodilla en tierra para besar el anillo del Pescador. El Papa se arrodilló también y por ahí anda la foto inolvidable que dio la vuelta al mundo los dos se fundieron de nuevo en un abrazo interminable... |
| Debió de ser aquella misma tarde cuando el Primado de Polonia le dijo aquellas palabras proféticas: Tú llevarás a la Iglesia al tercer milenio, y le entregó al nuevo Papa el anillo pastoral que, como se ve en la foto, ahora Juan Pablo II ha dejado en Fátima, a los pies de la Señora vestida de sol que, hace diecinueve años, otro trece de mayo, ignominioso para la Humanidad, detuvo una bala asesina a un milímetro del corazón del Pontífice. Él sabe bien, mucho mejor que ninguno de los que saben tanto..., lo que aquello significó para la Iglesia y para el mundo de nuestro tiempo. Dentro de unos días, desde Roma, acabarán de explicárnoslo, por si queremos acabar de entenderlo. El caso es que ahí esta Juan Pablo II, hecho polvo en el cuerpo, con la cabeza hundida entre los hombros, encorvado, tembloroso y ren- queante, pero con la misma o mayor fortaleza interior que entonces regalándole a la Señora Totus tuus precisamente aquel anillo. Dicen ¡ya ven qué cosas! que en la corona de la Virgen de Fátima, donde el Papa quiso que fuera colocada la bala destinada a asesinarlo, había un hueco justo, justo para el proyectil. ¡Qué cosas, ¿verdad?! Y dicen que el pasado domingo un millón de fieles cantando El 13 de mayo, en Cova dIría, bajó de los cielos la Virgen María, los tres pastorinhos Jacinta y Francisco ya bienaventurados junto a la Señora, y Lucía todavía en la Plaza, con la más gozosa y serena sonrisa iluminando sus 93 años volvían a ser Evangelio puro, que por eso y no por otra cosa los dos primeros han sido beatificados, y se guiñaban el ojo, y se daban codazos disimuladamente, mientras el Papa decía eso de Te bendigo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y poderosos y se las has revelado a los sencillos de corazón. No hay etiquetas ni clichés que valgan para este Papa que hoy cumple ochenta años ¡felicidades, querido Santo Padre!, al que Vittorio Messori ha llamado, en la mismísima portada del Corriere della Sera y entre comillas, subversivo. Lo es. Ya lo creo. De la mejor subversión posible. De la que no tienen ni idea, cada vez menos, los progres de boquilla y de salón, ni los profesionales de la estéril contestación, intra y extra muros, ni los tristes fundamentalistas del más rancio laicismo que siempre se pegan para ver quién es el primero que llama más la atención, porque el negocio es el negocio. Si verdaderamente estuvieran atentos, la mitad de lo que dicen, a los reales signos de los tiempos, atarían cabos con la reciente petición universal de perdón que ha hecho el Papa, con sus pasos ecuménicos, con la conmemoración, ante el Coliseo, de los mártires del siglo XX, con su pregrinación a Tierra Santa, y ahora..., con toda la serenísima y deslumbrante sencillez del Misterio, este anillo dejado en Fátima, un trece de mayo como aquél, a los pies de la Señora vestida de sol. Porque todo esto quiere decir algo muy claro, pero hay que hacerse como niños. Miguel Ángel Velasco |