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Es un esclavo de los hombres, presente en todo acontecimiento de cierto relieve para los pueblos. Su acción llega a los lugares más apartados del mundo y su presencia es saludada con gozo casi siempre, o al menos con respeto, en todos los foros, políticos, académicos, sean de índole nacional o internacional. Y lo notable es que esta actividad no merma en nada su serenidad, no le altera, no le pone nervioso. La realiza día tras día con benévola sonrisa, con un equilibrio majestuoso que fluye del interior de su alma contemplativa y a la vez gozosamente activa. Es la caridad pastoral que, en él, tiene como depositario el mundo entero. El equilibrio psico-somático que en él resplandece es, en parte, un privilegio, y en parte un logro que se realiza cada día, como cada día se actualizan su confianza en Dios por la oración y su atención a los hombres.
Y, junto a la luz de su pensamiento, el calor de su humanidad y de su fe, puestas de manifiesto en el perdón a sus enemigos, en la caricia a los enfermos, aun con peligro de contagio; en el abrazo y la amistad brindada a los de distintas razas y religiones, en la proclamación de los derechos y deberes de unos y otros, en la invitación a reunirse para orar junto a los líderes religiosos de todo el mundo y despertar la esperanza... Acusarle de involución es, más que una injusticia, una majadería. Pero está visto que las necedades tienen éxito en el mundo de hoy. Él mantiene y fortalece la fe, fomenta la piedad, predica la justicia social, dialoga con el mundo contemporáneo, proclama el valor de la libertad, rechaza las actitudes o situaciones totalitarias... Lo que no podrá hacer Juan Pablo II, y no hará, es destruir la fe de su Iglesia, precisamente porque es Vicario de Cristo y, por ello, esclavo de los hombres desde el Corazón de Dios. Cardenal Marcelo González |