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Entrevista al cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura
La verdad no puede oponerse a la verdad
El Jubileo del Mundo de la Investigación y de la Ciencia, que se celebra en Roma entre los próximos 23 y 25 mayo, será, dice el cardenal Poupard en esta entrevista, un hito en la historia de las relaciones entre la ciencia y la fe, tan turbulentas en tiempos pasados
Por qué, Eminencia, un Jubileo para los científicos?

El objetivo de este Jubileo del mundo de la investigación y de la ciencia no es diferente del que la Iglesia propone para todo el Año Santo: la glorificación de la Trinidad, y confirmar en los cristianos de hoy la fe en el Dios revelado en Cristo, sostener la esperanza prolongada en la espera de la vida eterna, vivificar la caridad comprometida activamente en el servicio a los hermanos. Sólo que, naturalmente, tratándose de científicos, se ha de confirmar la fe, no a costa de la razón y de la ciencia, sino en armonía con ellas; sostener la esperanza evitando las tentaciones de reduccionismo científico, cuando parece que la ciencia sola puede resolver todos los problemas del hombre, y sustituir a la esperanza trascendente. Y, sobre todo e importantísimo, recordar la dimensión de caridad y de servicio al hombre que ha de tener la actividad científica, particularmente en las disciplinas que más directamente se ocupan del hombre, como la Medicina o las Ingenierías.

A veces da la impresión de que se multiplican los entes sin necesidad. ¿No hay demasiadas celebraciones particulares para grupos profesionales o sociales?

Puede haber una cierta inflación de celebraciones jubilares; en este caso, estamos ante un Jubileo de un alcance que me atrevo a calificar de histórico. Creo que constituirá un hito en la historia de las relaciones entre ciencia y fe, tan turbulentas en tiempos pasados. En realidad, nunca han faltado, entre los científicos, grandes cristianos, hombres de una profunda experiencia de Dios y de honda vida espiritual. Pienso, por ejemplo, en el profesor Lejeune, a quien conocí personalmente, o en Georges Lemaître, sacerdote, uno de los padres de la teoría hoy conocida como el Big-Bang, el gran Louis Pasteur, el Beato Niels Stensen, Alessandro Volta, por mencionar sólo algunos de los más conocidos del ámbito católico. Pero, a pesar de esto, se había ido difundiendo la impresión de que ciencia y religión, si se tomaban realmente en serio, en última instancia eran incompatibles. Y esto ha empujado a muchos científicos creyentes a vivir su fe en el ámbito privado, como avergonzándose de ella, y sin mostrarla en público. Por eso, ver reunidos en Roma, junto a la tumba de san Pedro, a muchos científicos de diversos países y de todas las disciplinas es el mejor testimonio de que entre ciencia y fe no existe incompatibilidad. A menudo mucho más eficaz que un gran discurso es una imagen: un científico en oración, un premio Nobel de Química, por ejemplo, o un biólogo molecular, un físico del CERN, o un teórico de la Economía, es mucho más elocuente que todo un tratado sobre las relaciones entre ciencia y fe.

Usted presidió la Comisión de estudio del Caso Galileo en su última etapa, hasta la histórica sesión del 31 de octubre de 1992. ¿Se puede decir que el caso Galileo está definitivamente cerrado?

Creo que por parte de la Iglesia se hizo un esfuerzo honrado para esclarecer el caso Galileo. La finalidad de la Comisión no era rehabilitar a Galileo, que, estrictamente hablando, no fue condenado como hereje. Tampoco se trataba de un ejercicio de eso que en los sistemas totalitarios se denominaba cínicamente autocrítica. Se trataba, en realidad, de comprender mejor los hechos, respondiendo a tres preguntas: ¿Qué sucedió? ¿Cómo? ¿Por qué? La Iglesia ha intentado arrojar luz sobre esta cuestión y reconocer con valentía y humildad los hechos tal y como sucedieron. Creo que aquella Comisión tuvo también el mérito de rescatar al Galileo creyente. Con demasiada frecuencia se le ha visto como el corifeo de un racionalismo contrario y hostil al cristianismo. Pero Galileo fue un creyente, que se encontró ante el problema de tener que conciliar sus observaciones y teorías astronómicas con el dato bíblico, y buscó una solución. Galileo fue hijo de la Iglesia, y aunque tuvo que sufrir mucho por parte de su jerarquía, nunca renegó de su pertenencia a ella. Claro que los mitos tienen una persistencia increíble. Hay quien se empeña en no ver y sigue repitiendo los mismos lugares comunes y tópicos baratos de siempre. Pero hay que decir que estas críticas a la Iglesia por el caso Galileo, en general, no vienen de los científicos, para quienes es una cuestión superada. Vienen más bien de ciertos divulgadores de pseudo-ciencia, que siguen usando estos mitos para atacar a la Iglesia.

URGENCIA DE ESPIRITUALIDAD


¿Se puede hablar de deshielo entre el mundo de la ciencia y el de la religión, en particular por lo que toca a la Iglesia católica?

Yo creo que el cientifismo positivista está hoy día pasado de moda. Paradójicamente, el progreso de la ciencia ha hecho a ésta más consciente de sus límites y de su insuficiencia. La teoría general de la relatividad ha quebrado la imagen de omnipotencia que la ciencia se había creado. También se percibe una necesidad creciente de espiritualidad en los ambientes científicos. No hablo sólo de los problemas éticos que suscita, por ejemplo, la biomedicina, donde la posibilidad de clonar a seres humanos, hoy casi al alcance de la mano, reclama imperiosamente una respuesta ética que muchos científicos no se sienten capaces de hallar en la ciencia misma. Me refiero también a los grandes problemas de la metafísica que plantea la investigación de la estructura de la materia, por ejemplo, o el origen del universo. El número de septiembre de 1999 de Investigación y Ciencia volvió sobre el tema con un artículo sobre la relación de los científicos americanos con la religión, observando un creciente acercamiento entre ciencia y religión. Y efectivamente es así. Desde hace algunos años funciona en Berkeley, California, el Center for Theology and Natural Sciences. Esta institución organiza un curso sobre ciencia y búsqueda espiritual y sobre ciencia y religión, que han tenido un enorme éxito. Aquí en el Vaticano tenemos el Observatorio Astronómico Vaticano, uno de los primeros de Europa, y la Academia Pontificia de las Ciencias, instituciones que han sido desde siempre puentes entre la ciencia y la Iglesia católica y que gozan de un enorme prestigio en el mundo científico. Éstos son síntomas muy positivos de inversión de tendencia en este campo.

Esta nueva búsqueda de espiritualidad, sin embargo, ¿está exenta del peligro de sincretismo? ¿Qué principios tendrían que regular las relaciones entre la ciencia y la religión?

La ciencia no es ni puede ser una amenaza para la fe. El cientifismo, sí. Pero el cientifismo no es más que una enfermedad de la ciencia, como el racionalismo lo es de la razón, o la hepatitis, del hígado. El cientifismo es la pretensión de ofrecer una explicación de todo exclusivamente a partir de la ciencia, despreciando como no científicas otras formas legítimas de saber y de conocimiento, entre ellas la fe. En el extremo opuesto, se halla el otro peligro, al que usted aludía, del sincretismo, una mezcolanza de religión, misticismo, espiritualidad y ciencia experimental sin solución de continuidad y sin respeto a la metodología propia de cada una. Al final, acaba conduciendo a una especie de neopanteísmo, de corte espinoziano, donde Dios se identifica con la naturaleza.

Los principios que regulan la relación entre la ciencia y la fe son un caso particular de las relaciones entre la fe y la razón, a los que está dedicada la encíclica de Juan Pablo II Fides et ratio. Estos principios, que hunden sus raíces en los libros sapienciales, y sobre todo en las cartas de san Pablo, y que han encontrado su síntesis más lograda en santo Tomás de Aquino, reafirman la legítima autonomía de la razón humana en sus investigaciones. El hombre puede comprender el mundo y sus leyes con su razón —el logos—, precisamente porque el Logos estaba al principio, y por medio de Él todo se ha hecho.

HOMBRES POR CATALOGO


La revelación cristiana, afirmando que al principio existía el Logos, apuesta por la racionalidad de la creación, por su inteligibilidad y la capacidad que ha sido dada al hombre de captarla, si bien limitadamente. En esto, la revelación cristiana se halla muy cercana a la ciencia, que se apoya precisamente sobre la convicción de que en la naturaleza hay un orden que podemos comprender en cierto sentido. Sin esta convicción, la ciencia desaparece. Ahora bien, la fe va más allá y llega allí donde la sola razón no puede. Pero no por eso la anula. El científico cristiano, como todo cristiano, cuando investiga la naturaleza, es como uno que ya conoce el final de una película o de una novela, y, no obstante, no se sustrae a la fascinación de la trama de la película y busca saber cómo se llega a ese final. Nosotros tenemos la clave que explica el enigma de la naturaleza, pero no por ello dejamos de investigarla. La fe no sustituye a la razón ni a la ciencia.

El evolucionismo, por ejemplo, y el relato bíblico de la creación son dos explicaciones del origen del hombre de diverso nivel, que no se excluyen, sino que se complementan. La Biblia no hace ciencia, y la ciencia no puede pretender explicar el contenido teológico de la creación ni la aparición del alma. Yo resumiría las relaciones entre la fe y la razón usando la fórmula, con la que el Concilio de Calcedonia definió la relación entre las dos naturalezas de Cristo, sin mezcla ni confusión, sin distinción ni separación. Ni sincretismo ni exclusión, sino relación armónica.

El tercer milenio, ¿será el de la comprensión entre ciencia y fe? ¿O ve usted amenazas?

Me interesa subrayar que la ciencia no constituye una amenaza para la fe. La ciencia, en definitiva, es búsqueda de la verdad, y la verdad no puede oponerse a la verdad, según un principio constantemente repetido en la tradición católica. La amenaza, en cambio, viene del uso que se hace de ella. Sólo que esto ya no es ciencia, sino técnica. Es muy sintomático que hoy se hable más de tecnología que de técnica. Aparte de la pedantería de querer usar siempre palabras más grandes, como si fueran signo de mayor cultura, en este desplazamiento semántico se oculta un peligroso fenómeno que consiste en poner en primer lugar la ideología del hacer, de la técnica como un fin en sí misma. Se hacen máquinas cada vez más potentes, que hacen las cosas más rápidamente, transmiten más datos en menos tiempo, pero no se sabe para qué. Paul Ricoeur habla, a propósito de esto, muy atinadamente, de hipertrofia de medios y atrofia de fines. Son éstas las amenazas que me preocupan, porque no lo son sólo para la fe, sino para el futuro del hombre. La principal amenaza, que será el caballo de batalla en los próximos decenios, viene de las biotecnologías, y de la tentación de convertir al hombre en objeto de producción y de experimentación. Pienso, por ejemplo, en la posibilidad de clonar a seres humanos... Recientemente hemos descubierto que la oficina de patentes de Munich había registrado un tejido humano obtenido mediante clonación, patentando, por así decirlo, un hombre. El problema de todo esto es la reducción del hombre a objeto de producción industrial, sometido a controles de calidad, en los que los embriones son analizados y descartados si no cumplen los requisitos exigidos. La sociedad descrita por Aldoux Huxley en Un mundo feliz, donde los seres humanos se encargan según un catálogo, quizá no esté muy lejos. Pero repito: no es un problema de la ciencia como tal, sino del uso que se hace de ella.

Una palabra conclusiva, Eminencia, mirando al futuro.

El panorama puede parecer sombrío a veces. Parece que afloran los miedos. El hombre tiene miedo de lo que él mismo produce. Jugando al aprendiz de brujo, se ve amenazado después por lo que irresponsablemente ha creado. Lo vemos en el arsenal nuclear que aún existe, en la degradación del ambiente, con los alimentos transgénicos... Por eso, hoy más que nunca, es necesario anunciar el Evangelio, la Buena Noticia que libera al hombre de sus temores y lo sostiene en su búsqueda de la verdad. El mundo tiene necesidad de escuchar esta Buena Noticia, también y sobre todo los científicos, y nosotros tenemos que anunciarla sin descanso.

M. Sánchez de Toca

-¿Qui-qui-quién e-e-e-eres?

Se había vuelto tartamudo del susto. Ella le contestó, sin dejar de sonreír:

-Soy María, de Nazaret, ¿y tú?

Él dijo, no sin miedo:

-S-s-oy un duende... y para hacer como ella, añadió: del bosque (aunque resultaba un poco absurdo, pues todos los duendes viven en los bosques).

Como le pareció que María era una buena mujer, se atrevió a preguntarle:

-¿Cómo es que me has visto? Nadie ha visto jamás a un duende. Somos tan pequeños que resultamos casi invisibles a los ojos de los humanos.

Entonces mi abuelo oyó unas palabras que recordaría para siempre:

-Lo importante no es ver el tamaño de las cosas que se nos presentan en la vida. Muchas veces la apariencia física no es más que un engaño. Sin embargo, lo más pequeño puede esconder algo maravilloso, algo inolvidable.

Y sin decir nada más, María se marchó. Mi abuelo se enteró más tarde de que esa mujer había hecho cosas grandes. Incluso llegó a sus oídos que dio a luz a un niño llamado Jesús, un hombre bueno que revolucionó el mundo con una sola frase, tan sencilla como: Amaos los unos a los otros. Luego resultó que ese hombre era Dios. Mi abuelo entendió que era lo mismo que María le había dicho a él. Descubrir lo más importante mediante actos tan sencillos aparentemente, como amar.

Mi abuelo nunca ha podido quitarse aquella frase de la cabeza. Así que cuando nací yo, su primer nieto, pidió por favor que me pusieran Mariano. Era su pequeño acto que, a la vez, significaba algo tan grande como que jamás se había olvidado de María.

Esto es todo por esta semana, amigos. Me tengo que ir porque mi madre y mi hermana me esperan en casa.

¡Se me ha hecho muy tarde! ¡Hasta pronto!