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El mundo actual ha hecho con la ética algo que debe de ser parecido a lo que los biólogos hacen con las células cuando les extraen su núcleo genético. Así la ética, sin decir ya ni significar nada, queda lista para ser utilizada como adorno para cualquier propósito, manteniendo su apariencia de noción aceptable y respetable. Sin embargo, es urgente darse cuenta de la importancia que ciertas nociones tienen para definir y dar forma a nuestra vida en comunidad y no dejar que quienes manejan las palancas del poder social y político las confisquen. Porque la ética como noción tiene una carga genética que es necesario descubrir. Y puestos a devolver a la ética su contenido, debemos hacerlo teniendo en cuenta dos cosas: la primera, que hay que hacerlo sintonizando con la sensibilidad cultural y filosófica del momento que nos ha tocado vivir; y segundo, que esa sintonía no nos debe llevar a ocultar, sino por el contrario a dejar bien claras, las carencias del pensamiento actual, al tiempo que a indicar el camino a seguir para superarlas. Juan Pablo II es quizás la persona que más haya hecho en este campo. Ya con ocasión de los debates del II Concilio Vaticano fueron particularmente importantes sus contribuciones al documento sobre las relaciones de la Iglesia con el mundo actual. El cardenal Wojtyla dejaba siempre las cosas muy claras: si la Iglesia debía abrir sus ventanas al mundo, ella también tenía derecho a exigir al mundo que abriera las suyas a la posibilidad de la transcendencia. Cuanto más se acercan los hombres a Dios, más se acercan a la raíz de su propia humanidad y de su verdad propia. Juan Pablo II supera todos los planteamientos de la moderna filosofía social. No son válidas para él ninguna de las actitudes al uso: el individualismo, porque olvida que el hombre se hace en la interacción; el colectivismo, porque despoja a la persona de la libertad, y, por tanto, de su condición de tal. La ética social no sólo pide que podamos usar de nuestra libertad, sino también que la queramos usar para el bien común. Tres cosas son necesarias: que tengamos libertad, que seamos conscientes de que sólo si la usamos para el bien común esa libertad nos hace como personas y que la comunidad sostenga a los individuos con la finalidad de que se perfeccionen a sí mismos como personas. Con este planteamiento, de clara inspiración tomista, Juan Pablo II anuda de nuevo el mundo de lo real y el mundo de las ideas escindidos por la filosofía del XVII. Debemos eterna gratitud a este Papa que, con mano poderosa, ha dado un golpe de gracia al utilitarismo filosófico y práctico en el que cada vez estamos más inmersos. Sólo esclareciendo que la persona se perfecciona mediante la acción ética es posible evitar el que seamos medidos por la utilidad financiera, social, política o sexual que aportemos a los otros. Francisco Javier Montero |
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El Señor no se conforma con medias tintas. El hombre sí. El Señor es amante de la Verdad con mayúscula. El hombre puede serlo de los apaños, porque se deslizan entre los dedos los intereses y , ya se sabe. Así que cuando leemos en la Escritura: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo, lo primero que nos entra es el susto; y tendemos a aguar la expresión pensando que ya estamos con las utopías, las exageraciones... Pero no, resulta que la feliz expresión se repite en varias ocasiones en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, dejando claro que no es algo marginal, sino medular, constitutivo del hombre. No es un ideal inalcanzable; es, ante todo, una exigencia. Sí, claro, pero tampoco hay que pasarse, santos santos son o han sido personas especiales. Y ponemos a funcionar nuestra imaginación: personas que viven en la soledad de los claustros y, naturalmente, no les queda otro remedio que dedicarse a ello... Y no, la santidad es para todos: lo de ser santos va con todos, sin que falte uno. No obstante, nos cuesta entrar, estamos acostumbrados a igualar por lo bajo, a refugiarnos en esa especie de complejo de inferioridad de decir: Como los demás no luchan o luchan poco, yo no voy a mojarme demasiado; y, sin embargo, el Señor ha apostado fuerte por nosotros y no se conforma con medias tintas, quiere que elevemos el tono y arrollemos. Sin ir de triunfalistas, de acuerdo, pero teniendo como punto de referencia el parecernos a Cristo. Ante los mandamientos no se trata de optar o no, sino de abrazarlos apasionadamente. Son constructores del hombre. Y esto no es, por así decirlo, negociable. Somos libres. ¿No tratamos acaso de defender nuestra libertad? Pues tendremos que dar cuenta de nuestros actos libremente ejercidos. Para bien o para mal. Y eso nos pone ante la exigencia de aprender a amar de verdad. En eso consiste cumplir los mandamientos, y se resume el ser santos. Podemos poner excusas , pero amar es algo que está a la altura de cualquiera, ¿no? Al final, lo decía san Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor. Una asignatura que no conviene dejar para una segunda convocatoria. Alfonso Sánchez-Rey |