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El tema del ateísmo ha resurgido con fuerza tras la publicación en Italia de la Historia del ateísmo, de Georges Minois, que afirma que el ateísmo está desapareciendo en aras de un nuevo conformismo religioso, que ya no se atreve a buscar la verdad hasta sus últimas consecuencias. Devolvednos a los ateos: Dios los necesita, es la provocadora consigna del profesor Ieranò, de la Universidad de Trento. Precisamente, Il Corriere della Sera publicaba recientemente un debate sobre Jesús entre dos pensadores, uno ateo y otro cristiano, que por su interés reproducimos (la traducción del italiano es de Alfa y Omega):
Es lo mismo decir que el cristianismo cumple dos mil años, que decir que los cumple Jesús? ¿No será Jesús otra cosa respecto a lo que se ha inventado la Iglesia cristiana sobre él? Si verdaderamente Jesús fue alguien y no algo, después de dos mil años de pasar por las manos de hábiles administradores oficiales, quién sabe si estaría en buenas relaciones con los cristianos o si, en cambio como sostiene Dostoiewski en la parábola del Gran Inquisidor, sería maltratado por ellos. Sinceramente, no sé qué decir. Pero ya que abordamos el tema del cumplesiglos, puede resultar educado, más que oportuno, que todo el mundo se pregunte qué vínculos le unen con aquel dudoso mesías galileo cuyo impacto cultural ha sido tan duradero. Mi grupo de pertenencia está constituido (más o menos) por los filósofos: ¿qué han pensado por tanto los filósofos a propósito no tanto del cristianismo como de la figura de Jesús? Lo que sigue es un esbozo de respuesta, marcada por una falta de erudición remediada en parte sólo gracias al celo de mi amigo Manolo Fraijó y a El Cristo de la filosofía de Javier Tilliette. |
| Durante el siglo XVII, Jesucristo encuentra dos importantes sostenedores filosóficos, aunque por razones contrapuestas. La atormentada elocuencia de Pascal lo presenta como un remedio contra la soberbia cartesiana de la filosofía, en grado sólo de estudiar nuestra condición corrupta y miserable, pero no de liberarnos de ella. Sin Jesucristo el conocimiento es impotente y estéril, representa simplemente una distracción más y, por añadidura, una de las peores tras la cual enmascaramos el disgusto agotador en el que nos revolcamos hasta que la muerte viene a desengañarnos de una vez por todas. En pocas palabras, Jesús nos salva también ¿sobre todo? de la filosofía... Para Spinoza, en cambio, el más convencido y hereje de los discípulos de Descartes, Cristo representa nada menos que el summus philosophus, y la trayectoria de su vida según nos la narran apologetas tan entusiastas como, muchas veces, vacilantes es un ejemplo insuperable de serenidad racional... castigada con persecución y muerte (y Spinoza conocía bien por experiencia personal este tipo de anatemas). La verdad esencial del Humanismo según el cual el destino natural de todo hombre está representado por sus semejantes y, por tanto, el hombre debe ser cómplice benefactor de todos ellos, sin excepción es el núcleo esencial de la doctrina de Jesús. Si él la explicó con parábolas y la propuso bajo forma de leyes y no por more geometrico como hizo seguidamente Spinoza, se debe a la ignorancia y testarudez del pueblo al que se dirigía. En cuanto a los milagros y a su misma resurrección del reino de los muertos, se trata de fórmulas alegóricas que una pía pero errónea tradición se empeña en interpretar a la letra.
Durante el Siglo de las Luces, Rousseau confirma en sus aspectos fundamentales los dictados de Spinoza a propósito del fundador del cristianismo (y no fundador, según él, ni de la Iglesia ni de las iglesias que con el tiempo se han apropiado de su herencia). En la Profesión de fe del vicario saboyano, compara la muerte de Jesús con la de Sócrates: sostiene que ambas esencialmente no son diferentes, aunque mientras para el griego había sido suficiente con transcribir los modelos de virtud en vigor en su afortunada época, el pobre Jesús al cual le había tocado un contexto social fanático y vil, leyes sacerdotales tuvo que inventarse todo desde el principio a partir de su innata rectitud interior. La postura de Voltaire frente a nuestro personaje es menos conciliadora, pero igualmente ambivalente. Por un lado critica, con los documentos históricos, la leyenda que lo circunda y las relativas inverosimilitudes, subrayando el hecho de que en ningún pasaje de los evangelios Jesús es presentado realmente como Dios o como idéntico a Dios, y precisando que tal concepción platonizante toma cuerpo sólo a partir del Concilio de Nicea: en realidad se trataba de un simple aldeano más o menos espabilado (y por añadidura hebreo, lo que para Voltaire no constituye precisamente una recomendación), que no sabía leer ni escribir, al que el populacho atribuye episodios míticos entresacados del Antiguo Testamento (pensemos, por ejemplo, en el Sermón del Rabino Akib, pero sobre todo en La tumba del fanatismo). Pero, al mismo tiempo, se le ocurre hablar de él como un Sócrates rústico, y por ello martirizado por quienes detentan el poder terreno, que predicó contra la prepotencia sacerdotal y a favor de una moral natural, sencilla y benefactora. Suscitó fervorosos consensos, lo que demuestra que no debía faltarle una fuerte carga persuasiva más que integridad personal. Pero el máximo elogio hacia Jesús acuñado por Voltaire está contenido en la carta a Èlie Bertrand del 24 de diciembre de 1757: Jesucristo nunca mandó a la hoguera a nadie. Probablemente no ha existido otro filósofo tan consciente de la figura histórico-mítica de Jesucristo como lo fue Nietzsche, a partir de El origen de la tragedia, donde había denunciado a Sócrates como una especie de Cristo griego precursor del nihilismo moralizador que el cristianismo habría realizado a continuación hasta llegar a las últimas cartas de la locura, firmadas por Dionisio, la figura que él había siempre imaginado contra Cristo. Y sin embargo, incluso en sus ataques más despiadadamente coherentes contra el cristianismo, la sombra de Jesucristo parece ejercer una fascinación morbosa en Nietzsche. En uno de sus escritos fechado más o menos en 1885 y publicado póstumamente, Nietszche anota: Es irónico que alguien crea que hoy el cristianismo haya sido superado por las modernas ciencias naturales. Los valores cristianos nunca han sido superados por tales ciencias. Cristo en la cruz sigue siendo el símbolo más sublime que existe. A grandes rasgos, podemos concluir, por tanto, que la figura de Jesús nunca ha tenido una mala fama entre los filósofos, tanto entre los creyentes como entre los agnósticos o los ateos declarados. Seguramente haya sido venerado intelectualmente mucho más que en la Iglesia, a la que innegablemente fundó y que se le parece tan poco... Sigue aún sin resolverse ¡después de tantos siglos! la cuestión de si los pensadores han protegido a Cristo en cuanto divinización de lo humano o más bien como humanización de Dios. Fernando Savater |