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El último número de la revista mensual italiana Jesús, correspondiente a este mes de mayo, publica una página en la que, bajo el muy cierto y sugestivo título Fátima, alma profunda del catolicismo portugués, desliza una serie de, por decirlo de la manera más amable, insidiosas inexactitudes, tanto más intolerables cuanto que son presentadas bajo el señuelo de un título ciertamente atinado y síntesis fiel de la realidad. Con ocasión de la visita del Papa Juan Pablo II al santuario portugués para beatificar a Jacinta y Francisco, los dos pastorcitos que vieron a la Virgen por cierto, los dos primeros niños que son beatificados sin haber sido mártires en algunos medios se han empezado a deslizar este tipo de insidias como sospechosamente reveladoras de un malestar o de una forma de fastidio ante el hecho incontestable de los millones de sencillos creyentes en Jesucristo y en la Madre de Dios que acuden a Fátima cada vez en mayor número. Lo quieren mezclar con fenómenos sociológicos, teologías e ideologías políticas conservadoras y otros camelos parecidos, pero con la misma música y la misma letra. Pues no es verdad. La verdad es que Fátima es una de las más profundas expresiones de la hondísima religiosidad portuguesa, y no sólo portuguesa. Puede haber, sin duda, quien al socaire de una afluencia masiva, aproveche, como sucede en todas las manifestaciones masivas, sean religiosas o políticas, o lo que sean, para sacar un provecho comercial, pero mezclar con la respetabilísima expresión y vivencia de la fe católica, hipótesis bastardas de difusos y vagos sentimentalismos, o de larvados y nostálgicos nacionalismos, o de sociológicas saudades, es querer desnaturalizar las cosas, cuya realidad es la que es, le pese a quien le pese. Hablar, como hace Antonio Marujo en la revista Jesús, de que este trece de mayo en Fátima corre el riesgo de proponer un modelo de cristianismo superado denota, aparte de un insufrible complejo de superioridad y de prepotente arrogancia, entierro para el que nadie le ha dado vela a ese señor, un desconocimiento clamoroso de lo que es la sencillez del Evangelio de las Bienaventuranzas, de la que los dos niños, nuevos Beatos, fueron testimonio esplendoroso. Así que nada de inercias ni de sociologías complicadas. El esplendor de la verdad es mucho más normal, inteligible y nítido que todas esas teorías de tanto sabihondo de tres al cuarto. La hondura de Fátima sigue estando, como desde el primer día, en la verdad del encuentro con el Misterio.
El magazine de La Vanguardia publicó el pasado diciembre una de las últimas entrevistas del gran dramaturgo recientemente fallecido, Antonio Buero Vallejo. En ella le pregunta José Martí Gómez: ¿El hombre y la mujer son hombres en búsqueda permanente?; y Buero responde: Sí. Insiste el periodista: Pero ¿qué es realmente lo que buscamos? Respuesta: Buscamos a Dios, a la sociedad, a nosotros mismos. Todas las búsquedas tienen algo de verdad..., porque el ser humano no parece que pueda realizarse totalmente como tal sin la integración armónica con los demás. ¿Dios continúa siendo el silencio?, interpela el periodista; y Buero responde: Cuando menos, sigue siendo la incógnita. Es de desear, con toda sinceridad, que Antonio Buero Vallejo, ahora que ha terminado de subir los peldaños de la definitiva escalera de esta vida, haya encontrado ya en la otra la ardiente oscuridad que siempre buscó. Me llega un recorte de un artículo publicado en el Diario de León y en el que Victoriano Crémer arremete contra el cardenal Rouco Varela diciendo que es más papista que el Papa, y volviendo a vender la burra de que la Iglesia católica española no ha pedido perdón, cosa de la que, aparte de indicar que Victoriano Crémer está en Babia, si cree que la Iglesia española es una cosa y la Iglesia universal otra, a estas alturas debería haberse enterado que no es verdad. El artículo comienza con estas palabras: Monseñor Rouco Varela es no sé qué importante en el organigrama de la Iglesia católica, apostólica y romana. ¿Cómo es posible que alguien que empieza un artículo así afirme líneas más abajo: Monseñor Rouco, de todo mi respeto y admiración? Leo en la prensa que el ex abad de Montserrat, Casiano Just, ha pedido que la Iglesia acepte el uso de anticonceptivos, ya que los medios naturales que propone no son seguros. Otro más que tal baila. Pero, ¡santo Dios!, el ex abad Casiano, que si no las sabe, al menos debería de intentar aprender algunas cosas, ¿no tiene otras tareas más propias a las que dedicarse, ni otra seguridad más verdadera que buscar? Gonzalo de Berceo |