En el evangelio de san Juan Jesús da siete definiciones de sí mismo que empiezan con las palabras Yo soy. Él es pan, luz, puerta, buen pastor, resurrección, camino-verdad-vida, y vid. Son imágenes que en labios de Jesús tienen valor absoluto, pues antes que nada, Jesús dice de sí que Él es. Y esta fórmula es un calco de aquella primera definición de Dios, dicha a Moisés en la zarza ardiente, Yo soy el que soy. Dios es el ser por excelencia, el que sustenta todo, el que vive por sí mismo sin otro que le haga ser. Jesús, el Hijo de Dios, también como su Padre, es y vive para siempre. Pero, cuando habla de sí a los hombres, se presenta mediante imágenes concretas, amables y sugestivas, que tienen mucho que ver con los deseos de ser y de vivir del corazón humano. Por eso, habla de luz, de pan, de vida y resurrección. Se puede decir que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, rompe la abstracción de Dios Soy el que soy y se acerca al hombre por el camino de lo más concreto y vital. ¿Hay algo más concreto y vital que un trozo de pan?
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, dice en este evangelio. No es una vid cualquiera sino la verdadera, la que el Padre nos da. La imagen era familiar a los contemporáneos de Jesús, que recitaban y cantaban el famoso poema de Isaías sobre la viña: La viña del Señor es la casa de Israel. Pero Jesús da una orientación nueva a la imagen para desentrañar la relación que existe entre Él y los suyos: Jesús es la vid y nosotros los sarmientos. Entre Él y nosotros corre, como la savia, la misma vida. Estamos enraizados en Él, vid verdadera. Con esta imagen, Cristo anuncia la fecundidad de su muerte y resurrección. La vida que Él porta está a punto de hacer eclosión en una exuberante cosecha de frutos en cada uno de sus sarmientos, a condición de que permanezcan en Él. Porque sin Él nada somos ni podemos. ¿Quién no permanecerá en la vida? ¿Y quién no se dejará podar para dar más fruto? Cuando se trata de vivir y de dar fruto, el hombre siempre quiere más, es insaciable. Jesús es la Vid de la que depende nuestra propia vida y fecundidad. Su Padre se nos reveló en la zarza ardiente, que no se consumía, indicando la eternidad de su ser. Jesús se define como la Vid que da vida a los sarmientos para gloria del Padre. Y al Padre sólo le da gloria la vida inmortal. El Padre quiere que los hombres vivan; por eso nos injerta en Cristo: para que vivamos. Y nos poda y nos limpia, como buen Labrador, par que demos fruto. Y por eso ¡presta atención! arranca y echa fuera a los sarmientos secos y estériles que no quieren permanecer en la Vid. + César Franco |