| Pensar en mi proceso vocacional es proclamar que desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque también a mí, como al profeta, me fue dirigida la palabra del Señor. Dios, antes de haberme formado en el seno materno, me tenía consagrada. Me pensó para Él y desde siempre me encomendó una misión: Profeta te constituí. Es verdad que no lo descubrí desde el principio.
Desde niña me sentía atraída por las cosas de Dios, pero nunca se me pasó por la imaginación lo de ser monja. Cuando, a los dieciséis años, escuché por primera vez la llamada del Señor, acallé su voz y comenzó un tiempo de lucha con Dios. Poco a poco iba notando un vacío en mi interior que sólo Dios podía llenar, hasta que, a los diecinueve años, la llamada se hizo irresistible. Y dije sí. Como María. Desde aquel momento, invadió todo mi ser una alegría nueva, podía respirar a pleno pulmón, me sentía completamente feliz. Mi vida se llenaba de sentido y comenzaba un camino apasionante. Conocí a la Comunidad Contemplativa Redentorista, y me atrajo muy fuertemente, además de la belleza de la liturgia, la sencillez y la alegría que irradiaban las hermanas; comencé a conocer la espiritualidad, el carisma y ¡era justamente lo que yo buscaba! Una vida sencilla de oración, trabajo, fraternidad , siendo signo en la Iglesia de la sobreabundancia del amor de Dios. Tenía 24 años. |