A menudo en esta sección de testimonios leo artículos en los que muchas personas expresan sus dudas acerca de la existencia de Dios. Ciertamente, todos en ocasiones las hemos experimentado, sobre todo cuando la vida nos sacude con alguna desgracia o simplemente cuando observamos todo el mal que abunda en el mundo: terrorismo, guerras, abortos, delincuencia
De pronto nos asaltan muchas preguntas, y no sabemos acertar con la respuesta. Nuestra razón elabora algunas vías de solución que nunca alcanzan la exactitud y la firmeza deseadas, y que al primer soplo de duda se nos desmoronan como un castillo de naipes. Entonces atribuimos las culpas de todo a Quien sabemos que no nos va a devolver las acusaciones, a un Dios que quiere que el hombre sea libre de verdad, que le deja tomar decisiones y obrar conforme a sus decisiones; no por eso se desentiende de la marcha del mundo, ni se mantiene impasible ante nuestras equivocaciones.
Detengámonos un instante en la parábola evangélica del hijo pródigo: ¿es el padre quien le echa de casa? ¿Es que el padre quería que su hijo pasara hambre? La decisión de marcharse fue sólo del hijo. Marchándose de casa, el hijo asumía todas las consecuencias de su decisión. El padre se limitaba y ya hacía mucho a respetar la opción en la que su hijo empeñaba la vida, porque le consideraba responsable, es decir, capaz de responder de la misma. Así se porta Dios; respeta las decisiones buenas o malas que tomamos, aunque eso no es lo único que hace. También nos muestra el sendero del bien como camino de felicidad y nos empuja suavemente hacia él, pero sin quebrantar nunca nuestro libre albedrío. Después espera pacientemente la vuelta del pródigo. Dios nos dota para el bien obrar, nos predispone con la suave inclinación de su gracia hacia el bien concebido y querido, respeta nuestras decisiones al respecto y espera paciente y amorosamente nuestra rectificación si hemos errado. Nuestro mal o nuestro bien dependen, pues, en gran medida de nuestras decisiones. |
| Para dar respuesta al problema del mal no bastan palabras fáciles ni pobres razonamientos: eso que suele dar la gente cuando no quiere reconocer que Dios existe y que no es el culpable de nuestro egoísmo, ni de los problemas que originan nuestras decisiones erradas, marcadas por el egoísmo y el pecado.
Digo todo esto desde la situación familiar que respiro. Tengo 19 años, soy la tercera de cuatro hermanos; los dos mayores dicen no creer en Dios; se definen ateos, arrastrando con sus redundantes y, por lo que parece, convincentes argumentos al resto de la familia, profundamente afectada por la grave enfermedad de mi padre. Ante ellos su vulnerabilidad ha quedado al descubierto y la poca fe que tenían se va agostando como una flor en época estival. Mis opiniones suelen ser inoportunas, mis sentimientos despreciados, mi sentido de justicia burlado, y mi elemental sentido común burlado en un mar de relatividad. No tengo voz, y la impotencia es la sensación que predomina en mí. Algo me dice que la razón está de mi parte. Creo saber de Quién me he fiado (Yo soy el camino, la verdad y la vida: Jn 14,6), pero sólo me queda el silencio, y mirar desde la orilla, como el que ha sido rescatado de un naufragio, a todos los que amo viviendo una vida fundada en nada, sin rumbo, con la falsa felicidad que ofrece el mundo y culpando de todos sus problemas, paradójicamente, a un Dios en el cual dicen no creer. Rezar por ellos, pedir mucho al Señor por todos los que, como ellos, están en semejante situación, para que encuentren el verdadero y auténtico sentido de sus vidas, es lo único que puedo hacer. Reconozco en esto la mano de Dios y sé que no abandona ni por un segundo a éstos sus hijos, a los que ama de una manera especial en su desamparo. Tengo la convicción de que el que apuesta decididamente por Dios acaba arrastrando tras sí a todos. No es sólo cuestión de salvar tu propia alma; en este barco estamos todos y la única, repito, la única misión que tenemos es llegar a la orilla, lo demás es pura apariencia. Esther García Rodríguez |
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