RetrocesoA&ONº 214/25-V-2000SumarioCriteriosContinuar
Amistad y diálogo
Nos dolemos de una incapacidad extraña para el ejercicio de la amistad; de una impotencia, tal vez debida más a falta de ejercicio, que a falta radical de disposición; pero tan grave, que ya de lo afectivo pasa claramente a lo intelectual. Y así, una manifestación de la enjutez española para la amistad la encontramos en una suerte de trágica ineptitud para el diálogo. ¿Queréis más terrible causa que ésta, de esterilidad intelectual? A mí me parece que sin diálogo —sin diálogo interior, al menos— jamás el pensamiento, propiamente dicho, puede nacer. Me fío poco de que realmente piense el hombre solitario y poco amoroso que se encierra para pensar. Si alguien lleva más de un par de horas en una habitación, y le sorprendéis como le dejasteis, sin leer ni escribir, y con la frente apoyada en la palma de la mano, creedme: podéis dar un margen piadoso a la posibilidad de que medite aún…; pero lo más probable es que duerma. Y, en el fondo, lo que hacen es dormir, dormir, dormir, esos que se guardan las cosas que saben, o que dan a entender que saben. No, no. Pensamiento significa actividad. No hay impresión verdadera, en la vida psíquica, sin expresión. Pensamiento es siempre algo que sale afuera, que desborda del pequeño círculo de la individualidad. Pensamiento, que es manera de amor, vive de palabra, de sociedad y compañía entre hombres; de colaboración y comunión; de presencia, en cada hombre pensante, de los vivos y de los muertos; de Cultura.

Diálogo: no llamemos así al juego de monólogos intercalados. Ni tampoco a aquellos interrogatorios, en que una de las partes, maquiavélica, extrae todo el jugo a la otra y la hace largamente cantar, sin descubrirse ella. Ni al cambio de generalidades rusticanamente miedosas, de compromiso, en que nada se da, ni por una ni por la otra parte. No. El verdadero diálogo empieza allí donde, por medio de la diserta palabra, se da y se recibe, y se recibe y se da con cierta proporción, pero sin cálculo, en obediencia dulce a los sentimientos de humanidad.

Eugenio d’Ors
de Trilogía de la Residencia
de Estudiantes (
Ed. EUNSA)