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Con la retirada soviética ha declarado a Le Nouvel Observateur el islamista Gilles Kepel, que pasa por experto y acaba de publicar Jihad, expansión y declive del islamismo los americanos consideran que Afganistán no constituye ya un asunto interesante... ¡Y de golpe se "descubre" que los camiones de armas chinas pagadas por la CIA que llegan al puerto de Karachi, luego en los campos de los moujahidin reparten cargamentos de opio y heroína! Y los "freedom fighters", infames terroristas islámicos, pasan a ser traficantes de heroína que pervierten a la juventud americana en la aceras del Bronx.Sin cargar tanto las tintas, gran parte de la prensa internacional está poniendo cada vez más de relieve que, respecto a ciertas formas de islamismo, hoy asistimos al fin de una utopía. En Irán, 21 años después de la revolución de Jomeini, los jóvenes no han conocido al Sha, sino únicamente la República islámica, su corrupción, el enriquecimiento de sus dirigentes, su violencia moral. Y lógicamente viven un proceso de rechazo radical del jomeinismo. Es el fin de una utopía. Suele hablarse de fundamentalismo religioso, pero la verdad avalada hoy más que nunca por los hechos es que, si fuera realmente religioso, de ningún modo sería fundamentalismo. ¡Con qué facilidad se califica de integrista, intolerante y extremista a la religión, cuando son precisamente los que están en sus antípodas quienes son merecedores de tales calificativos! El tiempo ha venido a demostrar que no en vano Jomeini se educó en el Occidente donde lo único que cuenta es la sola fuerza del hombre. ¿No sostiene el integrismo, mal llamado religioso, que a Dios hay que imponerlo por la fuerza humana? Consecuencia inevitable de ello, se vista de corbata o de turbante es la idolatría del dinero, la lujuria y el poder, como dice Eliot. |
| Sin el reconocimiento auténticamente religioso de Dios, la tolerancia, el respeto, el diálogo y la fraternidad entre los hombres no son más que máscaras que terminan por caerse. Por el contrario, la religión auténtica, que en Cristo se ha mostrado en su plenitud, como nos recordó el Concilio Vaticano II, es fuente constante de humanidad, y el único camino para superar barreras y enfrentamientos entre los hombres. Lo ha puesto bien de manifiesto Juan Pablo II en su peregrinación a Tierra Santa, que él mismo ha querido definir claramente como religiosa. Ante el gran muftí de Jerusalén y todo el Comité islámico supremo, el Papa imploró la paz, para toda esta amada región, al Único que puede concederla, a Dios todopoderoso, para que todos los pueblos que la habitan gocen de sus derechos, convivan en armonía y colaboración. Nadie puede poner en duda que, más que todas las Conferencias de políticos y diplomáticos sobre Oriente Medio juntas, este gesto religioso del Papa ha contribuido eficazmente a la paz en la región.
Cristianos y musulmanes nos hemos comprendido mal generalmente, y algunas veces, en el pasado, nos hemos enfrentado e incluso combatido con polémicas y con guerras. Yo creo que Dios nos invita hoy a cambiar nuestras viejas costumbres. Estas palabras de Juan Pablo II al rey Hasan II, de Marruecos, en Casablanca, hace ya 15 años, siguen siendo válidas hoy, a la hora de establecer las más eficaces relaciones entre cristianismo e Islam. Más aún, el propio Pontífice daba ya entonces la clave para buscar el camino de la necesaria comprensión mutua: Tenemos diferencias que hemos de aceptar con humildad y respeto; hay en esto un misterio sobre el que Dios nos iluminará un día, estoy seguro; Dios no puede nunca ser utilizado para nuestros propios fines, pues está por encima de todo. Ya desde su visita a Sudán en 1993, Juan Pablo II afirmó oficialmente ante el Jefe de aquel Estado musulmán la necesidad de respetar a las minorías y los derechos del hombre. No cesan las noticias de persecuciones y asesinatos, en países islámicos, de cristianos acusados de ser infieles, en nombre de la fe en Alá. Escudarse en ella para buscar los propios fines es una máscara, tan falsa como esa otra careta de la pretendida civilidad laica de las democracias occidentales, que igualmente termina por caerse, dejando al descubierto el macabro egoísmo de los no nacidos asesinados, o de los ancianos abandonados... Con turbante o con corbata, un mundo sin Dios, necesariamente, es un mundo contra el hombre. Si los países islámicos necesitan la religión auténtica, no menos la necesita Occidente. El testimonio de los mártires de Cristo, particularmente de los innumerables de este último siglo, víctimas del totalitarismo pseudorreligioso, como del ateo, nos indica el camino a seguir: lejos del fracaso de las utopías y de las ideologías, la victoria sobre el mal y sobre la muerte de su fe cristiana, no sólo significa el triunfo en el más allá, sino que es la única garantía de verdadera humanidad en el más acá. |