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Astorga fue fundada en el siglo I antes de Cristo, en tiempos del Emperador Augusto. Lleva su nombre: Asturica Augusta.Innumerables crepúsculos del antiguo esplendor de Roma yacen enterrados en Astorga, testimonios de luz histórica que van aflorando a la actualidad. En Astorga puede verse la pátina del tiempo y acaso en ella se revele su misterio. El silencio no es sino el polvo de esa pátina. En la hiedra letárgica que cerca la ciudad, ciudad herbosa y callada, en esa zona de sombra perpetua a la espalda del Palacio de Gaudí, crece ese silencio que se filtra por las galerías de las Cloacas, de la Ergástula y de las Termas romanas. Los pájaros del Mosaico del Oso siguen picoteando los muros de la arquitectura civil noble de Asturica; pájaros lineales y casi transparentes que han sobrevivido. Los soles de dos mil primaveras, al quebrarse en ese irreal muro civil, nos hacen pensar en la herida del tiempo, y de ahí, creo yo, esa sensación de melancolía que emana de cierta Astorga. En esa huella del tiempo romano, en la carretera que va de Ponferrada a Valdeorras, está el desolado paisaje de las Minerías de las Médulas, que es como un paisaje lunar, Far West de la geología hispana, patrimonio de la Humanidad, de donde Roma extrajera hasta mil quinientas toneladas de oro, como pozos de petróleo ya exhaustos, o la propia Estación del Oeste de Astorga, hoy vía muerta. Un libro mágico es la ciudad en el que, todavía, pueden leerse epígrafes votivos, honoríficos, funerarios o miliarios de soldados, magistrados, esclavos, doncellas o augures. En el altar de nieve de Mars Tilene ¿fue acaso el rostro apoteósico de una deidad romana? siguen profetizando las vísceras de un buey yugulado, cuando llega por el puente sobre el órbigo, a lomos de un pollino, el Apóstol Santiago. |
| PASSO CRISTIANO DEL CAMINO A COMPOSTELA
Por aquí va el camino con huellas de una edad del hombre en la que la fe y la cultura unificaron a Europa. El camino de guijarros y torpe greda rojiza pertenece al Románico rural leonés, y en él se encuentra, en la soledad del Foncebadón que fue, sobre un montículo de piedras que los peregrinos han ido acumulando en su base, una cruz a palo seco, llamada Cruz de ferro, el monumento más humilde y dramático signo de los cristianos, en el que se muere, desangrada, la tarde de la Maragatería; y con astillas de la puerta de la ermita de las Angustias soñaron con fabricar los peregrinos las puertas del Paraíso. Y siguiendo este camino nos encontramos con la sobria ebriedad del císter en el monasterio de Santa María de Carracedo. Demorémonos por la ruta diocesana de los mozárabes, tierras de León y Orense, por la Tebaida berciana, valles abruptos y escarapadas orillas del río Oza, en los que la belleza es un vértigo, en los que crecieron capillas, monasterios y eremitorios: la capilla ovalada de Santo Tomás de la Olla; la iglesia, de un mozárabe tan puro, de Santiago de Peñalba, con su exacto arco de herradura en su portada, el primor sereno de la línea curva, donde descansan los restos del que fuera obispo de Astorga, el monje Genadio, que siendo obispo, porque se dijo con verdad que todas las pompas son fúnebres, se retiró al Valle del Silencio donde el silencio es oro. ORILLAS MONASTICAS DEL TERA
Para la Astorga episcopal el Tera es también un río diocesano y monástico. A veinte kilómetros de Benavente están las ruinas del monasterio de Moreruela, de sugestiva escenografía, en las que puede admirarse el esplendor de lo que fuera un ábside cisterciense; y en una cuadrada torre con campanas, cuencas con ojos desfondados, monjes de mucha virtud y letras para los que ni el latín ni el griego tenían secretos, miniaron y copiaron en su scriptorium, que era un taller reprográfico en el año mil, el Beato de Tábara y las grandes obras de la antigüedad grecolatina; y en Santa Marta de Tera, en el mismo corazón del Románico zamorano, el Apóstol Santiago en piedra viva trata de poner orden, como un agente de la circulación atropellada de las modas y de las ideas de nuestro tiempo, y más allá, ya en la geografía de la saudade gallega, en el Lago de Sanabria, en la provincia de Zamora y en la vecindad de Orense, el monasterio visigodo de San Martín de Castañeda, espejo de soledades, como le llamara Unamuno, aupado sobre las aguas del lago que, como apuntara el maestro salmantino, recoge edades de antes del hombre. |