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De la institución familiar se ha hablado mucho durante el pontificado de Juan Pablo II. No olvidemos que fue la exhortación apostólica Familiaris consortio, hace veinte años, uno de sus primeros documentos magisteriales. Lo normal es que este tipo de documentos aborden problemas que preocupan o que son cuestionados. Y es que algunos quisieran que el concepto evangélico de la familia quedase reducido a catacumba, precisamente por la propia disolución del sujeto cristiano. Pero ¿qué sucede en una familia cuando el único destino común son los vínculos de la carne? La respuesta la sabemos todos, pero el cine nos lo muestra con especial persuasión.Las vírgenes suicidas supone el debut como cineasta de la joven Sofia Coppola, hija del famoso Francis Ford Coppola. Es una adaptación de la novela homónima de Jeffrey Eugenides, en la que se describen los amores, deseos y obsesiones de unos jóvenes que viven en un barrio americano en los años setenta. Un padre sin consistencia y una madre mojigata, que practica un moralismo irracionalmente rígido, asfixian a sus bellas y enérgicas hijas en el más absoluto control y rigurosa superprotección. A medida que ellas tratan de vivir las experiencias propias de su edad, va aumentando la presión y punición maternas abocando a las adolescentes al callejón sin salida del suicidio. Padres e hijas son incapaces de renunciar a sus propios proyectos. El resultado sólo tiene un nombre: infierno. |
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En realidad, como la discutida American Beauty, este film se sirve de unas peripecias juveniles no exentas de humor para sugerir la radiografía del vacío de una juventud a la que ya no sirven los cristalizados y escleróticos modelos de sus padres. Radiografía asimismo de unas familias en las que los vínculos son más formales que reales, y de una afectividad frustrada que se ve empujada a una sexualidad sin asomo de responsabilidad.
Las vírgenes suicidas comparte cartel con A cualquier otro lugar, en la que Susan Sarandon y Natalie Portman dan vida magníficamente a una madre y una hija que comparten la misma falta de rumbo en sus vidas y el anhelo mal resuelto de una solidez existencial. La hija es más madura que su madre, y al final juntas aprenden de la vida, siempre, eso sí, dentro de la más sórdida soledad. También Michelle Pfeiffer y Bruce Willis nos ilustran la actual fragilidad de la relación de pareja en Historia de lo nuestro, donde finalmente son razones meramente sentimentales las que pueden mantener unida a la pareja. En fin, ¡qué lejos está el mundo de entender las razones cristianas del matrimonio! Pero es de agradecer la sinceridad de estas películas, que muestran con claridad lo difícil que es caminar junto a alguien cuando ni uno ni otro saben a dónde ir. ¡Quizá en aquellos legendarios títulos de El padre de la novia, La familia y uno más, etc... estaba ya sembrada una interpretación sentimental o reductiva del matrimonio! Sólo cuando el hombre y la mujer levantan juntos su mirada al cielo, es posible confiar en la solidez de la relación. Por ello es inolvidable la secuencia final de Nubes pasajeras, de Aki Kaurismaki, que ya se puede disfrutar en vídeo. Juan Carlos Villacort |