RetrocesoA&ONº 214/25-V-2000SumarioEl Día del SeñorContinuarSexto Domingo de Pascua
Contagiar la alegría
En este domingo de Pascua, antes de la Ascensión, Jesús parece tener prisa por revelarnos todos sus secretos. Crea para ello un clima de confidencia única, el de la amistad. No nos llama siervos, sino amigos y, como a tales, nos comunica todo lo que ha oído de su Padre, que se resume en una sola palabra: amor. Lo más llamativo de esta revelación, el fin de su confidencia, es compartir su alegría con lo suyos: Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.

Parece como si Cristo no se fuera contento de este mundo sin contagiarnos su gozo, el de sabernos amados por Él, como Él es amado por el Padre, y que su vida entregada en la cruz es la prueba incontestable del amor. Todo el cristianismo se concentra en este gozo de Pascua, que estalla en el corazón de Cristo resucitado y que busca aniquilar la tristeza del hombre que no se sabe amado. El cristianismo irrumpe incontenible en el Exultet glorioso de Pascua. Alegraos en el Señor —decía san Pablo—; os lo repito, alegraos.

Al cabo de los siglos, esta Buena Noticia que es el cristianismo sigue interpelando a quien busca ser feliz. También hoy el hombre es llamado a compartir el gozo de Cristo. Juan Pablo II lo ha dicho claramente: ¡El hombre es amado por Dios! Éste es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre... ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti! Quien se abre a la Buena Noticia del amor de Dios, conquista el gozo que nadie le podrá arrebatar. La alegría, dice santo Tomás, es el primer efecto del amor. Y el amor es el verdadero antídoto de la amarga tristeza. Quien se deja amar por Dios y ama al modo de Cristo, no conocerá la tristeza que aflige y desespera y que, en muchos casos, es fruto del egoísmo y del amor propio desordenado.

Ahora entendemos mejor el mandato insistente de Cristo de permanecer en su amor y de amarnos mutuamente. Nos da el secreto de la verdadera alegría. Quien ama levanta barricadas contra la tristeza, se defiende del peligro de girar sobre sí mismo. Permanecer en el amor es asegurar el gozo de Cristo en nosotros. Sólo así podremos contagiarlo a los demás, como los primeros cristianos de Jerusalén, y tantos otros a lo largo de veinte siglos que han convencido por la fuerza del amor y por la alegría desbordante de la Pascua. Esta alegría es el don mismo del Resucitado: nos permite participar en su triunfo sobre el pecado y la muerte, y aniquilar la tristeza que es la sombra de Satanás, envidioso de nuestra dicha.

+ César Franco