RetrocesoA&ONº 214/25-V-2000SumarioEspañaContinuarJuan de Ávila, ante el nuevo milenio
Perdón y evangelización
El próximo 31 de mayo de este Año Santo Jubilar tendrá lugar un encuentro-homenaje de los sacerdotes de España a su Patrono san Juan de Ávila, en Montilla (Córdoba), junto a su tumba, en el V Centenario de su nacimiento. El profesor Tellechea pronunciará ese día una conferencia sobre el Patrono del clero español, y, como primicia, escribe ahora para los lectores de Alfa y Omega:
A la entrada del nuevo milenio parecen imponerse como consignas palabras y gestos de hondo calado, sean propiciadas desde la más alta instancia —Juan Pablo II—, sean alimentadas desde las bases. Descuellan, entre otras, la de la purificación de la memoria de lastres del pasado mediante el reconocimiento solidario de nuestras culpas y petición de perdón, y la de la necesidad de una nueva evangelización.

Sorprende no poco que Juan de Ávila aporte luces y talante muy en consonancia con ambas consignas. Basta leer su Memorial sobre Causas y remedios de las herejías (1461) para descubrir en él un reconocimiento explícito de la responsabilidad colectiva de los católicos —jerarcas y pueblo— en el origen de la gran excisión religiosa nacida en el siglo XVI y aún vigente. Ávila ve en la caída o derribo de la Iglesia el flagelo de Dios, que castiga la negligencia de los pastores y de los falsos maestros y enseñadores, de la cual deriva el estado adormecido y enfermo del pueblo cristiano. La tibieza de la vida de los cristianos, que resiste a unas exigencias contrarias a sus obras y deseos, hace que descrean una verdad que no aman. Ayer como hoy no se compadecen mala vida y fe verdadera. Ni tampoco resulta explicable una solidez en la fe con el abandono masivo de la misma. Si habíades doctrinado bien a la Iglesia, ¿cómo tanta gente y tan pronto dio consigo en el suelo?

Ávila reconoce la culpa, difusa y endémica, que es casi tanto como pedir perdón. Y en aquel derribo de la Iglesia de su tiempo, extrañamente toma una singular actitud ante los que se fueron o apartaron. Los llama hermanos nuestros, miembros de nuestro cuerpo, que, juntamente con nosotros, tenían por su cabeza a Jesucristo en el cielo, y al Papa, que es vicario suyo, en la tierra. El mal tan grande y de gente tan conjunta a nosotros le empuja a preguntarse por las causas.

Una de las causas de la debilidad en la fe del pueblo cristiano es su ignorancia, a veces espeluznante. Ávila es un obseso de la evangelización. A predicar por tierras de Dios dedicó su vida, y a preparar predicadores. Para ello fundó la Universidad de Baeza, verdadero anticipo de Instituto de Pastoral. Levanta la voz a favor de la catequesis de niños y adultos, de catecismo mayor y menor, de adoctrinamiento del pueblo llano y vulgar, de enseñar a rezar en castellano y no en latín. ¿No hay debajo de todo ello sino un afán decidido de evangelizar, de suscitar una fe en algo que se ama y alumbra?

Juan de Ávila es el gran evangelizador: con sus sermones, su catecismo, sus cartas, sus tratados. Él busca el efecto multiplicador ¡elevando su mensaje al Concilio de Trento o al de Toledo, creando sacerdotes bien dispuestos a acoger las leyes y directrices del Concilio y a convertirse en voceros del Evangelio. Su voz, firme y cálida, adquiere resonancia nueva en nuestros días.

J. Ignacio Tellechea Idígoras