28 de mayo: Día del Enfermo del Año 2000
"El Verbo se hizo carne"
Con motivo del Día del Enfermo, elDepartamento de Pastoral de la Salud, de la Conferencia Episcopal Española, invita este año a reflexionar en el gran evento de la Encarnación y en su especial significado para el mundo de la salud y la enfermedad. Encarnándose, quiso Dios acompañarnos en el fatigoso camino diario, compartir nuestros sufrimientos y enfermedades, hasta el punto de dar la vida por nosotros
Con motivo del Día del Enfermo que se celebrará el próximo domingo 28 de mayo, los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral han hecho público un mensaje dirigido, en primer lugar, a los enfermos, junto a cuantos promueven la salud, curan la enfermedad, alivian el sufrimiento, acompañan a los moribundos y les anuncian la Buena Nueva de la Salvación. La Iglesia es así signo del amor salvífico y sanante de Dios.
Al hacerse hombre por cada uno de nosotros,el Hijo de Dios cargó para siempre sobre sí con nuestras dolencias. Fue tal su amor, bondad y ternura que llegó a sufrir y morir por nosotros, y una muerte de Cruz. Haciendo suyos nuestros sufrimientos nos dicen en su mensaje los obispos, nos cura con sus propias heridas, asume la fragilidad de nuestra propia carne y eleva a la máxima dignidad la condición humana. De este modo, y bajando a nosotros en un acto de infinita misericordia, llena el vacío inmenso de nuestros males y da sentido a nuestra muerte. Con la invitación hecha este Año Santo Jubilar, de pararnos a pensar en el misterio de la Encarnación, se pretende que reflexionemos en el gran regalo que supone que elVerbo haya salido al encuentro de los hombres y mujeres, de forma especial por los caminos estrechos del sufrimiento y de la enfermedad, con el fin de ofrecer a todos la posibilidad de nacer de nuevo. |
| UNA VIDA EN ABUNDANCIA
Como les dijo Cristo a los escribas y fariseos cuando se sentó a la mesa junto a publicanos y pecadores: No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Jesús se acercó especialmente a aquellos sobre los que pesaba la exclusión o la marginación, a los enfermos, los poscritos, los pecadores, los pobres, etc. En Cristo se encuentra una nueva salud y esperanza, la dignidad perdida, y el rostro de Dios que nunca recrimina o rechaza, porque es el Padre que espera y abraza. Como dice el citado mensaje, Él no eliminó la enfermedad ni la muerte, pero hizo posible que pudieran ser vividas como experiencias salvíficas y de plenitud. Él mismo, sacrificando su cuerpo en laCruz, mostró que la plenitud de lo humano camina de la mano del amor que se entrega. Después de ser una presencia ininterrumpida, durante veinte siglos, en el mundo del sufrimiento y de la enfermedad, la Iglesia da gracias alDios de la vida por los enfermos atendidos y curados, con los que ha estado vivo el espíritu delBuen Samaritano, y siempre defendiendo la dignidad de la persona. Pide perdón por los pecados de omisión, por la veces que pasamos de largo o damos un rodeo, en vez de afrontar los problemas reales, todas ellas oportunidades perdidas para reconocerLe. En este mensaje, se hace un llamamiento también para que descubramos de nuevo la raíz cristiana y la dimensión humana del servicio a la salud y a los enfermos, tanto si se trata de la profesión de uno como realizando obras ce carácter caritativo de forma gratuita. Todo esto recibe sin duda una luz especial, si observamos con qué gran serenidad vivió Juan Pablo II las dolencias provocadas por el atentado sufrido en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981. El cardenal Carlo Confalonieri, entonces decano del Colegio Cardenalicio, se quedó impresionado al verle en perfecta serenidad de espíritu y en devoto recogimiento, meditando una inesperada forma de adhesión a la divina voluntad que el Señor le pedía a través del sufrimiento. Como dice la periodista Aura Miguel en un libro suyo, publicado recientemente en Portugal, y que está en sintonía con la ya anunciada tercera parte del secreto de Fátima, el Papa vió en todo ello una dimensión misteriosa del sufrimiento humano. Desde joven, Karol Wojtyla veía en el sufrimiento de los enfermos un terrible misterio. Ya ordenado sacerdote, y después obispo, se encontró en sus visitas pastorales a muchos enfermos incurables, a jóvenes inválidos en cama o en sillas de rueda, todos ellos conscientes del implacable proceso de sufrimiento. Muriendo de una muerte lenta, ¿cómo podrían humanamente aquellos enfermos incurables aceptar su suerte? se preguntaba el propio Wojtyla. Fue entendiendo cada vez mejor cómo esa terrible irreversibilidad podía ser aceptada no como una fatalidad, sino más bien como una señal de elección y de vocación, que genera esa paz interior y esa alegría que encuentra el hombre cuando descubre el sentido de la vida y de su identidad, es decir, el nombre por el cual Dios le llama. Juan Pablo II quedó impresionó muchas veces por la inesperada serenidad de los enfermos que conoció, tan duramente probados, señal tangible de la intervención de gracia y de la presencia del Espíritu Santo en el corazón humano. Durante el tiempo que estuvo hospitalizado, cuentan los médicos y enfermeras que le atendieron que nunca le oyeron queja o lamento alguno, aceptando tranquilamente aquellas misteriosas circunstancias. Años más tarde, diría el Papa, en una carta que escribió sobre el sentido cristiano del sufrimiento, que entendió realmente el significado de las palabras de san Pablo: Me alegro de sufrir por vosotros, así completo en mi carne los dolores de Cristo. Benjamín R. Manzanares |