RetrocesoA&ONº 214/25-V-2000SumarioIglesia en MadridContinuar
La voz del cardenal arzobispo
A Dios, por María, con el Papa
A María, en el camino de la Pascua, con ocasión del mes mariano por excelencia, y al Papa Juan Pablo II, con ocasión de su 80 cumpleaños, dedica nuestro cardenal arzobispo su exhortación pastoral de esta semana. Dice:
No es extraño que la devoción del pueblo cristiano a María haya asociado desde muy antiguo el mes de mayo a su culto y veneración. Se trata de una época del año que coincide siempre con el tiempo litúrgico de la Pascua del Señor y Ella es figura central en los acontecimientos pascuales y en su constante actualización en la vida de la Iglesia. Las flores que muchos de nosotros desde muy niños llevábamos a María en el mes de mayo eran el símbolo del renacer de la gracia bautismal en nuestras almas, en el que Ella había jugado tan importante papel. Lo sabíamos y lo agradecíamos con el amor filial de los hijos que confiaban en su maternidad espiritual para continuar en el camino del compromiso cristiano y del testimonio apostólico. Lo sabemos y lo agradecemos también hoy.

Al finalizar el siglo XX, terrible y magnífico desde la perspectiva de la historia puramente humana —la que cuenta y valora el tiempo sólo por los éxitos o fracasos económicos, científicos o sociopolíticos—, el hombre y los pueblos, especialmente los nuestros, los de raigambre cultural cristiana, se debaten cada vez más desconcertadamente con los grandes enigmas del dolor, del mal y de la muerte. Por más que se ponga la esperanza en los adelantos de las ciencias empíricas del hombre —la biología, la medicina, la psicología, la sociología y las ciencias políticas y jurídicas, etc.— en orden a vencer las enfermedades, los desequilibrios y depresiones personales y sociales, incluso la fuerza de la violencia y de los odios tribales, o la explotación y la corrupción en las sociedades y en la comunidad internacional, no se llega a resultados duraderos, ni a poder abrigar la confianza de un futuro verdaderamente mejor.

Detrás del telón histórico del siglo XX que se cierra a los ojos de esta Humanidad, que se dirige a un siglo XXI de un desarrollo en el domino técnico de la naturaleza y de sus dinamismos que, sencillamente, no se detiene ni siquiera delante del hombre mismo y de su genoma o principio biológico, se esconden algunas de sus más grandes tragedias —por ejemplo, las de las grandes guerras mundiales y de los totalitarismos aniquiladores de la persona humana— y un tipo de hombre interiormente cada vez más solo y despersonalizado y socialmente cada vez más solitario e incomunicado.

Faltan con frecuencia coraje y —simultáneamente— humildad sincera para mirar al hombre en sus ojos, en su auténtica verdad: en la de su corazón herido y amenazado por el pecado y en la inevitabilidad de su muerte física. Falta reconocimiento de que necesitamos a Dios, de que sólo en Él, también en el siglo XXI, encontraremos la salvación. Nos resistimos a dejarle pasar por nuestra historia personal y por nuestro tiempo. Quizá porque su paso, que ha tenido ya lugar para siempre, es el paso a través de la Cruz.

Para dar ese paso contamos con María, la que el Concilio Vaticano II ha llamado nuestra Madre en el orden de la gracia, a quien la Iglesia invoca con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora nuestra.

Debemos contar con ella cuanto antes. Su mensaje en Fátima nos lo recuerda con la insistencia presurosa de una madre que quiere para sus hijos lo mejor.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, SANTO PADRE!


Al cumplir Juan Pablo II ochenta años, la archidiócesis de Madrid quiere felicitarle con el afecto y devoción propios de los hijos. Todos los que pertenecemos a esta joven Iglesia Particular: su arzobispo con sus obispos auxiliares, los sacerdotes, diáconos y seminaristas, los consagrados, las familias madrileñas y los fieles laicos de toda condición y vocación eclesial. Desde lo más hondo del corazón nos sale el decirle: ¡Feliz Cumpleaños, estimado y venerado Santo Padre! ¡Feliz Cumpleaños querido Juan Pablo II!

Nuestra felicitación se entreteje con los hilos invisibles de la oración agradecida y suplicante, unida a la de toda la Iglesia peregrina, que pide a su Señor Jesucristo, el Buen Pastor, que mire con amor a nuestro Papa Juan Pablo II al que ha elegido vicario suyo y pastor de su grey en la tierra, y que lo asista y lo proteja siempre: que su palabra y su ejemplo sean provechosos al pueblo que él preside, para que llegue a la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado.

Oración personal que nace espontánea y cordialmente del alma que se inserta humilde y piadosamente en el Misterio de la Comunión de los Santos, impetrando su intercesión, de forma singularísima la de María, la Madre del Señor y Madre nuestra. En su corazón y amor maternal nos refugiamos en esta hora de la Iglesia y de la Humanidad, del año dos mil del nacimiento del Nuestro Señor Jesucristo, tan grávida de tristezas y angustias, pero también de gozos y esperanzas

Juan Pablo II ha querido peregrinar hasta el santuario de Fátima, el lugar de las apariciones de María, la Madre de la Iglesia —las apariciones marianas por excelencia del siglo XX—, para beatificar a dos de los niños videntes, Francisco y Jacinta. El Evangelio precisa con agravada urgencia, para ser anunciado y testimoniado a los hombres de nuestro tiempo, de almas de niños que sepan escuchar las palabras de Jesús, humilde, confiada y valientemente.

El Evangelio ha de ser vivido en todos los ámbitos de la existencia, día a día; ha de ser predicado y aceptado cordialmente en la comunión de la Iglesia: comunión visible e invisible. Comunión de los Santos. Comunión católica y apostólica. El Evangelio en el siglo XXI ha de llegarnos imitando a María, invocando a María, la que engendró la Palabra —la del Evangelio— en su seno. La Madre del Salvador.

Por todo ello, nuestra felicitación al Santo Padre se teje de la sentida emoción de nuestro corazón de hijos agradecidos, de la plegaria por él, y también de la gozosa y jubilosa acción de gracias al Señor por tantos y fecundos años de entrega a su Iglesia.

+ Antonio Mª Rouco Varela