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Os abrazo con mucho cariño, queridos sacerdotes del mundo entero! Es un abrazo que no tiene fronteras y se extiende a los presbíteros de toda Iglesia particular, hasta llegar especialmente a vosotros, queridos sacerdotes enfermos, solos, probados por las dificultades. Pienso también en aquellos sacerdotes que, por varias circunstancias, ya no ejercen el sagrado ministerio, a pesar de que siguen llevando en sí la especial configuración con Cristo presente en el carácter indeleble del Orden sagrado. Rezo mucho también por ellos y os invito a todos a recordarles en la oración, para que gracias a la dispensa regularmente obtenida, mantengan vivo en sí el compromiso de la coherencia cristiana y de la comunión eclesial. Hemos sido llamados, de diferentes maneras, a contribuir allí donde la Providencia nos pone, en la formación de la comunidad del Pueblo de Dios. Nuestra tarea consiste en apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada, no por la fuerza, sino con buen espíritu, no con actitud de quien manda, sino ofreciendo un testimonio ejemplar; un testimonio que puede llegar, si es necesario, al derramamiento de sangre, como ha sido para muchos de nuestros hermanos en el curso del siglo que concluye. (18-V-2000) |