RetrocesoA&ONº 232/2-XI-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Clausura de la fase diocesana del proceso de canonización del Siervo de Dios José Rivera Ramírez
Un sacerdote extraordinario
El pasado 21 de octubre tuvo lugar en Toledo el acto de clausura de la fase diocesana del proceso de canonización del Siervo de Dios José Rivera Ramírez. Este excepcional sacerdote diocesano fue formador de sacerdotes, director espiritual de seminarios, maestro de vida espiritual para muchos, pero ante todo un hombre de Dios, que dio su vida entregado a los más pobres
B.R.M.

El acto de clausura de la fase diocesana del proceso de canonización del Siervo de Dios José Rivera Ramírez tuvo lugar en Toledo el pasado día 21 de octubre. Comenzó con la celebración de la Misa de acción de gracias, presidida por el arzobispo Primado de España, monseñor Francisco Álvarez Martínez, en la catedral primada. A continuación, se procedió a la sesión de clausura con la presentación de las actas del proceso, el juramento del postulador y la clausura y el lacrado de las actas, tras lo cual el arzobispo pronunció unas palabras finales sobre el proceso de canonización de este ejemplar sacerdote diocesano.

Nacido en Toledo, en 1925, en el seno de una familia profundamente católica, era el más pequeño de la familia. De sus padres y sus otros tres hermanos recibió siempre un continuo testimonio de vida ejemplar. Ya de niño se mostraba rebelde e inconformista. De la mano de su madrina, leyó las obras completas de san Juan de la Cruz, haciéndolas suyas. Sus ahorros los gastaba en libros. Era capaz de privarse de caprichos o de comer, con tal de comprarse un libro nuevo. El hogar de los Rivera Ramírez estaba impregnado por un auténtico compromiso seglar, alimentado por una profunda espiritualidad, por una escucha atenta al magisterio de la Iglesia y una inserción seglar en el ambiente de la época.

De su hermano Antonio, que llegó a ser Presidente diocesano de los jóvenes de Acción Católica, recibiría un testimonio heroico que le marcó profundamente. Antonio decidió entrar en el Álcazar de Toledo —punto por entonces de resistencia del ejército nacional—. Sus armas: un crucifijo y el Evangelio. Mientras duró el asedio, se convirtió en alma y aliento, espiritual y humano, de sus moradores. Murió de una fuerte infección provocada por una herida, y los que le conocieron dan testimonio de la heroicidad de una muerte tan gloriosa. De él, aprendió José Rivera el sentido gozoso de la muerte.

Tras la guerra civil, el Siervo de Dios se convierte en militante entre los jóvenes de Acción Católica, llegando a ser Secretario diocesano. Iría a Madrid con 16 años a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Complutense. Al acabar el primer curso, y durante unos Ejercicios Espirituales dirigidos por el jesuita padre Llanos, ve con claridad su vocación al sacerdocio e ingresa en el Seminario de la Universidad Pontificia de Comillas, en 1943. Terminados aquí sus estudios filosóficos, pasa a la Universidad Pontificia de Salamanca para realizar sus estudios teológicos, donde obtuvo el grado de bachiller en Teología. Aunque preparó con esmero la licenciatura en Teología, su humildad y sencillez le llevaron a no presentarse al examen, para no ostentar así nunca el título eclesiástico correspondiente. Es ordenado diácono en la catedral de Toledo en diciembre de 1952, de manos del cardenal Pla y Deniel, quien a su vez le ordenaría, en abril de 1953, presbítero en la capilla del palacio arzobispal.

En su constante fervor por atender a los pobres y enfermos, quiso celebrar su primera Misa en la cárcel de Carabanchel, pero por obediencia a sus padres la celebró en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Albacete, donde temporalmente se encontraba su hermana Carmen. Fue al día siguiente cuando celebró la Misa en el hospital de ancianos e inválidos de Carabanchel.

LO DIO TODO


Gran parte de su vida la dedicó a la formación sacerdotal de seminaristas españoles e hispanoamericanos, quienes le recuerdan como un maestro de vida espiritual. Entendió muy bien la renovación propuesta por el Concilio Vaticano II. Se le requería por doquier para dirigir Ejercicios Espirituales. En una ocasión, un seglar se equivocó de fecha, y don José le dió los Ejercicios a él solo. Fue requerido para distinto cargos de gran responsabilidad, como el de llevar la dirección espiritual del Seminario Mayor de Palencia, o ser confesor del Seminario Mayor Diocesano de San Ildefonso, en Toledo.

Don José Rivera saboreaba la Palabra de Dios en la oración personal y en su estudio.Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II hacía de la liturgia su alimento diario; reclamaba continuamente la atención al magisterio de la Iglesia; y proponía el ejemplo de los santos, especialmente el de los santos sacerdotes.

Entre los muchos testimonios que sobre su persona se han recogido, destaca el de don Baldomero Jiménez Duque, sacerdote diocesano de Ávila, que le recuerda así: Fue un mensajero de Dios, que cumplió su misión de gritar y testimoniar su amor ante los hombres de manera impresionante. Admirable por su abundante oración, su austeridad de vida, su despreocupación por los detalles sin importancia que el mundo valora. Sólo le importaba trabajar por Dios y llevar a los hombres a Dios. Lo dio todo: dinero, libros, casa, tiempo, salud... Profético por su trabajo apostólico, don José quemó su vida sin parar por toda España. Sin medios cómodos (ni tenía coche ni conducía), a base de que otros le llevaran, y principalmente a base de trenes, coches de líneas, etc. Ha sido un verdadero regalo de Dios a la Iglesia. Profético por su dedicación a los pobres, sobre todo en los últimos años. Mi sincerísima visión de donJosé es la de un aunténtico santo sacerdote, digno de ser conocido por los sacerdotes como modelo ejemplar. Dios le dio a él energías físicas y gracias sobrenaturales suficientes para ello. Y supo responder a esos dones divinos con indiscutible generosidad y entrega.

La toledana iglesia de San Bartolomé, lugar de la sepultura de este Siervo de Dios, acogió en los días previos al acto de clausura del proceso diocesano de canonización varias conferencias preparatorias: Proceso de un proceso, por el Vicepostulador de la Causa, don Fernando Fernández de Bobadilla; El triunfo de la persona cristiana, por don José Luis Pérez; y la pronunciada por don Demetrio Fernández, Claves para la renovación de la Iglesia.