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La Declaración Dominus Iesus se limita a recordar algunas afirmaciones básicas de la fe cristiana que, en este momento, pueden ser descuidadas o mal entendidas como consecuencia de una cierta tendencia relativista que aparece un poco por todas partes. La tentación del relativismo nace espontáneamente del género actual de vida y de los modos de espiritualidad más en boga. Vivimos en un mundo unificado en el que hemos de aprender a convivir todos con todos. La Iglesia misma ha impulsado el diálogo entre cristianos de distintas confesiones y también con personas de distintas religiones. Para algunos, diálogo es lo mismo que inhibición y sometimiento.
El verdadero diálogo y la verdadera convivencia requiere que cada uno se presente claramente como lo que es, con su propia identidad y sus propios proyectos, en actitud de sincero respeto y de verdadera benevolencia. Algunos cristianos, llevados por un deseo equivocado de facilitar este diálogo, llegan a pensar que, para dialogar correctamente con los demás, hemos de renunciar a atribuir a nuestra fe un valor universal y considerarla como una entre las demás. Según ellos, no habría que pensar que la fe cristiana y católica es la única verdadera, sino que para cada uno la propia religión es la verdadera, porque todas ellas proporcionan igualmente la posibilidad de la salvación para quienes las siguen de buena fe. En esta postura, aparentemente tan respetuosa y abierta, se pueden esconder errores muy graves que alteran substancialmente la fe católica y comprometen la misión universal de la Iglesia. |
| Frente a este relativismo excesivamente condescendiente, que renuncia al carácter único y universal de la revelación cristiana, los católicos tenemos que intentar comprender bien la doctrina tradicional de la Iglesia y mantenerla fielmente. Nos dice la Declaración de la Santa Sede:
- Dios quiere la salvación de todos los hombres y por eso mismo envió a su Hijo Unigénito como Salvador universal de todos los hombres, de todos los lugares, culturas y tiempos. ¿Por qué iba a ser sólo para unos cuantos privilegiados? - Jesucristo confió a la Iglesia el ejercicio de su propia misión salvadora, por lo cual la misión salvadora de la Iglesia es también universal, única y definitiva, para todos los pueblos, culturas y hombres de todos los tiempos. Esto no es prepotencia ni imperialismo religioso, sino la consecuencia evidente de la encarnación del Hijo de Dios. Dentro de la única Iglesia católica caben todos los pueblos, todas las lenguas, todas las culturas y todas las personas. - La Iglesia apostólica, con todos los medios de salvación recibidos de Cristo, subsiste en la Iglesia católica y romana. Las otras confesiones cristianas conservan los medios de salvación en la medida en que mantienen con mayor o menor integridad su comunión original con la Iglesia católica. - Las religiones no cristianas tienen elementos de salvación fruto del esfuerzo de los hombres y de la acción salvadora de Dios, y pueden conducir a la salvación a los que las sigan con recta conciencia, pero no pueden equipararse con la fe católica, porque padecen deficiencias objetivas muy importantes en el conocimiento de Dios y en los medios de salvación, y contienen no pocos errores. - En el diálogo mutuo es evidente que todos podemos y debemos aprender de los demás. Pero la fe católica no puede ser perfeccionada por las demás en cuestiones fundamentales. Contiene de alguna manera y es capaz de incorporar cuanto tengan de bueno y verdadero las demás religiones, descubre y purifica lo que puedan tener de erróneo y les ofrece a todas la propia plenitud y consumación en la plenitud de Nuestro Señor Jesucristo. - Quienes buscan sinceramente la salvación de Dios fuera de la fe católica, reciben la ayuda de Dios, desde la plenitud de Cristo y en relación con la Iglesia católica, aunque sea de un modo misterioso e invisible. Dios ha querido reunir y salvar a todos los hombres en Cristo. Aun así, mientras vivan fuera de la Iglesia católica, no tienen los mismos medios de salvación que los que vivimos en la fe de Jesucristo, ni pueden tampoco conseguir en esta vida los bienes del Reino de Dios ni disfrutar de ellos de la misma manera que los que vivimos en la economía cristiana y en la fe católica. - Estas ventajas no son fruto de nuestros méritos, sino don gratuito de Dios. Por eso mismo quienes las poseemos estamos gravemente obligados a dárselas a conocer a los demás, saliendo al encuentro de quienes buscan sinceramente la salvación de Dios en peores condiciones que nosotros. No es que ellos estén privados del amor o de la gracia de Dios, sino que no tienen los mismos medios que nosotros para conocerla, ni para aceptarla ni para vivirla. - Nos toca vivir con muchas personas que no son creyentes, o no quieren pertenecer plenamente a la Iglesia católica, tantos que quieren vivir su religión por libre, como se dice, al margen de la comunión eclesial y de la celebración de los sacramentos. Si lo hacen de buena fe, cuestión complicada, podrán salvarse. Dios les ayudará, si buscan sinceramente la verdad. Pero aun así, mientras no vivan la plenitud de la fe cristiana, en la comunión de la Iglesia católica, no podrán conocer, ni aceptar, ni vivir explícitamente la riqueza de los dones espirituales, personales y sociales, que Dios les quiere dar desde ahora mismo, a ellos como a nosotros. - Esta doctrina nos tiene que mover a anunciar a todos, de la mejor manera posible la doctrina y la vida católica, explicando posibles malentendidos, ayudando a superar errores, ausencias o resistencias, con la mayor fidelidad a lo que es nuestra fe y con el mayor respeto a la libertad y a la buena voluntad de las personas. Hay actitudes que se presentan como muy progresistas y muy de última hora y que, en el fondo, son consecuencia de una mentalidad pesimista, disgregada e incoherente, o de una fe acobardada, sometida y abandonista. + Fernando Sebastián Aguilar |