RetrocesoA&ONº 232/2-XI-2000SumarioDesde la feContinuar
El pequealfa
La prueba
El otro día bajé al parque que está debajo de mi casa. Tenía ganas de dar un paseo, así que caminé un poco entre los columpios y toboganes, hasta que me senté en un banco, donde un chico de unos 12 años leía un libro. Me acerqué a él y le dije:

—¡Hola!

¿Qué tal?, me respondió él.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba sentado exactamente en el banco, sino al lado, y que su asiento era una silla de ruedas eléctrica. Le pregunté qué era lo que estaba leyendo, y me dijo que se llamaba La isla del tesoro. Tendría unos 12 años y una mirada transparente, parecía simpático y seguimos hablando. Me contó que acababa de mudarse con sus padres, porque antes vivía en otra ciudad, y que había salido a inspeccionar.

A mí esta última palabra me hizo gracia, porque me pareció que era más propia de un detective. Él debió de darse cuenta, porque se apresuró a explicarme: Desde pequeño tengo una enfermedad que no me permite caminar. Eso me obliga a ir a todas partes en silla de ruedas, lo cual no es fácil. A mí me gusta mucho ver cosas, conocer gente, y hacer lo que hacen los niños de mi edad: jugar con mis amigos, reírme, ir al cine, leer... Sólo que a mí me cuesta un poco más de trabajo, porque las personas que construyen las ciudades casi nunca se acuerdan de los que utilizamos una silla de ruedas para movernos. No todos los edificios, por no decir muy pocos, tienen rampas para que podamos subir con la silla, y algunos que las tienen las hacen tan inclinadas que yo, alguna vez, he creído que me estrellaba cuando bajaba por ellas. Lo mismo pasa con las aceras, que tienen bordillos tan altos que no puedo bajarlos, y esto me obliga a veces a ir por la carretera, lo cual, como comprenderás, es bastante peligroso...; y como eso un montón de cosas. Si quiero ir al cine, no puedo ver cualquier película, sólo aquellas que estén en una sala que no tenga gradas, ni escalones para entrar, y que tenga espacio para que entre mi silla. Si estoy lejos de casa y pido un taxi, tengo que utilizar unos especiales adaptados, es decir, en los que quepa mi silla y yo pueda subir. Además, hay pocos en una ciudad, y utilizarlos resulta más caro que uno normal.

Yo no me podía creer lo que me contaba, así que le dije: Me resulta difícil de creer, hay mucha gente que tiene el mismo problema que tú.

Él sonrió, y me contestó: Mira, vamos a hacer una prueba... ¿Sabes cuál es la tienda de chucherías que hay detrás de la fuente del parque?

Sí, claro.

¿Sabrías decirme si tiene un escalón a la entrada?

—Ehhhhh, bueno, yo... Sí, claro, he entrado muchas veces, porque cuando vengo al parque me pongo morado de gominolas, pero, bueno, en realidad, sí, bueno, en fín, ejem...

—Vale —dijo riéndose; la verdad es que mi cara daba risa—. —Pues yo he querido entrar hoy a comprarme también gominolas y no he podido, porque tiene un escalón enorme. La gente sube y baja escalones a todas horas sin darse cuenta. Y lo que para vosotros es algo rutinario y normal, para mí supone un esfuerzo muy grande, y también privarme de muchas cosas que quiero hacer...

La verdad es que me sentía un poco avergonzado. Mira que he visto a gente en silla de ruedas, y nunca me he parado a pensar en lo difícil que puede ser para ellos ir de un lado a otro cómodamente.

Seguimos hablando hasta que se hizo de noche. La verdad es que Adrián, que así se llama, es un chico muy simpático, y creo que nos haremos buenos amigos. Además, vivimos muy cerca y vamos al mismo colegio.

¡Qué bien! A partir de hoy me prometo a mí mismo fijarme mucho en si un sitio tiene rampa a la entrada, para que mi amigo Adrián pueda pasar.