|
|
|
Las manos se me van solas al escribir sobre este tema. ¿Por qué? Porque no hay paz en la época que me ha tocado vivir.
Deseo la paz, pido la paz, clamo por la paz y, a veces, salgo a la calle a gritar por la paz. Pero... nada. ¿Nada, de verdad? Bueno, he visto símbolos de la paz como fue la caída del Muro de Berlín en un día de la Almudena, y cada día veo la figura del Papa como el mejor símbolo, hecho vida, de la paz en la tierra. Pero, ¿y qué más? Tantas cosas por las que rezar y por las que vivir: el conflicto árabe-israelí, las guerrillas en Colombia, los enfrentamientos en Costa de Marfil, la banda terrorista ETA en España... ¿Cómo ser constructores de la paz si no somos políticos ni gente importante? A veces me echo a temblar al ver imágenes en la televisión de niños moribundos, de mujeres maltratadas, de ciudades destrozadas, de inmigrantes con miradas perdidas... ¿Qué hacer siendo gente corriente, sin grandes medios a nuestro alcance? Es difícil responder, pero me parece que lo primero es cambiar nuestra actitud y orientarla hacia la esperanza. Esperanza puesta en las ONG que trabajan incansablemente por los demás. Esperanza puesta en el propio trabajo para que, desde ese agujerito, se irradie la paz. Lo mismo en la propia familia y en el propio corazón. Es imposible la paz mundial si no reina la paz en los corazones y en las familias de los políticos, de los potentados que mueven los hilos del mundo. También en los corazones y en las familias de nosotros, ciudadanos corrientes. Marisa Díaz-Pinés |