RetrocesoA&ONº 232/2-XI-2000SumarioDesde la feContinuar
Televisión
Nos han quitado el crepúsculo
Hablar en imágenes del Quijote es exponerse siempre a la falta de propiedad, a la incorrección, al dichoso dicho, esta vez más obvio que nunca, de que la obra escrita siempre supera a su adaptación cinematográfica. En Grandes Relatos de Tele 5, pudimos ver el pasado sábado la película para la televisión Don Quijote. En esencia, la cinta del consagrado director Peter Yates es digna. Aún recordamos el espeso trabajo de Manuel Gutiérrez Aragón, con Alfredo Landa y Fernando Rey, una superproducción en la que quiso mostrar tanta fidelidad al texto original que los itinerarios del caballero de la triste figura se nos hacían inacabables y la arenilla del yermo castellano se nos metía en los ojos.

Tuvimos nuevas tentativas, como la esperadísima ópera de Cristóbal Halffter sobre el antihéroe cervantino. En ella, el libreto nos ofrecía una adaptación libérrima del original y nos transmitía un mensaje de candoroso partnership, una barata filantropía en la que el hombre aparece como dueño de su propio destino, de la mano redentora de la cultura y de los libros. Sin embargo, nadie ha calado con tanto rigor y espiritualidad en las andanzas del hombre de la Mancha como Miguel de Unamuno en su Vida de Don Quijote y Sancho. Aquí aparece el retrato de un hombre de profunda conversación, un corazón orante repartido entre Dios y su amada, con Dios primero, sí, pero a solas, que no necesita que nos desgañitemos para oírnos, pues oye hasta el resollar de nuestro silencio; mas con Dulcinea nos es menester dar grandes voces e invocarla a pecho henchido y boca llena, entre los hombres. Unamuno quiere desperezar al Sancho dormido, que vive su vida entre el oropel de las bagatelas y de las inmediatas satisfacciones, porque vale más buena esperanza que ruin posesión.

La película de Yates nos deja con buenas impresiones, sí, con una buena colección de efectos especiales que transforman molinos en gigantes y al dueño de la venta en el rey de un castillo, pero el Quijote es el mero protagonista de un ramillete de aventuras que le dejan hundida la armadura y delgada el alma. Se pierde el misterio de la sorpresa y la desnudez ante un personaje incomparable. Es lo que dice Julio Cortázar en uno de sus cuentos: La gente va al cine para olvidarse de sí misma, y ante un crepúsculo ocurre lo contrario, es la hora en que acaso nos vemos un poco más al desnudo. Yates nos ha quitado el crepúsculo.

Javier Alonso Sandoica