RetrocesoA&ONº 232/2-XI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXXI Domingo del tiempo ordinario
El Maestro y el letrado
El letrado del evangelio de este domingo es un modelo de acercamiento a Jesús. Momentos antes, había escuchado la contestación de Jesús a los saduceos sobre la resurrección y, viendo —dice san Marcos— que les había respondido muy bien, le pregunta sobre el fundamento mismo de la ley: el primer mandamiento. No pretendía sólo saber, sino conocer mejor a Jesús como Maestro. Todo judío sabía cuál era el primer mandamiento, pues dos veces al día, mañana y tarde, recitaba el Shemá, una oración que recordaba al pueblo elegido su obligación de amar a Dios con todo el ser. Más aún, en las jambas de las puertas, los israelitas incrustaban un pequeño cilindro que conservaba un trozo de pergamino con las palabras del primer mandamiento, las que utiliza Jesús en su respuesta al letrado. Al entrar y salir de casa, lo besaban como signo de piedad y veneración. Y cuando rezaban, se ataban en la frente y en el brazo izquierdo, a la altura del corazón, pequeñas cajitas de cuero que contenían, para su constante memoria y evocación, las palabras sagradas, fundamento de su religión.

El letrado sabía muy bien, por tanto, aquello que preguntaba, como queda claro en su respuesta a Jesús que le vale uno de sus mejores elogios: No estás lejos del Reino de Dios. No contento con asentir a lo que dice Jesús, el letrado concluye con una afirmación que recuerda la de grandes profetas: amar a Dios y amar al prójimo, dice, es más valioso que todos los holocaustos y sacrificios. Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos, había dicho el profeta Oseas criticando un culto exterior, vacío de amor o no correspondido con obras de misericordia.

En este diálogo entre Jesús y un letrado judío, san Marcos quiere aclarar que Jesús no ha venido a romper con la tradición judía sino a llevarla a plenitud. El letrado es, además, símbolo del discípulo que se acerca al Maestro para aprender el significado último de la ley, su justa interpretación. Por eso Jesús tiene la última palabra, mostrando así una autoridad que es reconocida por un letrado de Israel. En cierto sentido, esta escena presenta a Cristo como el Maestro —así le llama el letrado— que no ha venido a abolir sino a cumplir la ley y los profetas. De ahí que pueda decirle: No estás lejos del Reino de Dios. Sin saberlo, el letrado lo estaba viendo con sus propios ojos, pues delante de él, Aquel de quien hablaron Moisés y los profetas, se le revelaba como la Verdad definitiva que inauguraba el mismo Reino de Dios.

+ César Franco