RetrocesoA&ONº 232/2-XI-2000SumarioMundoContinuar
Setenta mil deportistas celebran su Jubileo con el Papa
El deporte no es un fin, sino un medio
Setenta mil tifosi se congregaron el domingo pasado en el Estadio Olímpico de Roma para celebrar el Jubileo del deporte: un encuentro que, tras un desfile olímpico, comenzó con la celebración de la Eucaristía y concluyó con un partido de fútbol entre la selección italiana y una selección de estrellas de diferentes países que militan en equipos del campeonato de Primera División de su país respectivo
Jesús Colina
Roma

El estadio que ha sido testigo de un mundial de fútbol y de los grandes encuentros deportivos de los equipos Lazio y Roma se convirtió en un gran templo a cielo abierto. Ha sido la primera vez que el Papa, quien en la escuela era portero del equipo de Wadowice, ha podido ver un partido de fútbol, como Pontífice. El resultado final fue quizá demasiado deportivo, 0 a 0. Ahora bien, las emociones fueron fuertes. Mientras os contemplo bien ordenados en este estadio —dijo el Santo Padre dejando espacio a las confidencias—, me vuelven a la mente muchos recuerdos de mi vida, ligados a experiencias deportivas. En esos momentos, Juan Pablo II recordaba quizá sus descensos en esquí del Kasprowy Wierch, la cima más alta de los montes Tatra; o aquel 4 de julio de 1958, cuando le llegó la noticia de su nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia mientras se encontraba haciendo piragüismo con un grupo de muchachos.

En el mismo día en que concluían los Juegos Paralímpicos de Sydney, el encuentro se vio animado por el testimonio de siete atletas discapacitados que disputaron una carrera de 200 metros lisos en silla de ruedas. A continuación, tuvo lugar la prueba reina del atletismo: los 100 metros lisos, en la que se contó con la participación de varios de los competidores de las Olimpiadas australianas.

En su homilía durante la Misa, Juan Pablo II pidió al mundo del deporte —atletas, estrellas, dirigentes y técnicos— hacer un examen de conciencia. Dopaje, mercado exacerbado de hombres, culto del cuerpo..., son peligros que se constatan con frecuencia en las últimas páginas de los periódicos. El Pontífice, si bien reconoció que es importante constatar y promover todos los aspectos positivos del deporte, en este examen de conciencia, pidió también analizar las situaciones de transgresión en las que puede caer.

Que ese examen ofrezca a todos, dirigentes, técnicos y atletas —deseó el Papa a continuación— la oportunidad para dar un nuevo empuje creativo y propulsor para que el deporte responda, sin perder su identidad, a las exigencias de nuestros tiempos: un deporte que tutele a los débiles y no excluya a nadie, que libere a los jóvenes de las insidias de la apatía y de la indiferencia, que suscite en ellos un sano espíritu de competición.

Los deportistas respondieron con la proclamación de un Manifiesto a favor de un deporte más humano. En el texto del documento, proclamado desde el atril de las lecturas litúrgicas, se lee: La actividad de competición tiene también una dimensión ético-espiritual y religiosa entre otras muchas funciones, como son la recreativa, cultural, educativa y social, pues contribuye con el desarrollo de las capacidades humanas, ayudando a apreciar ese gran don de Dios que es la vida.

El deporte no puede convertirse en un elemento más de división entre ricos y pobres, entre fuertes y débiles; la carrera a las ganancias y a la victoria no pueden privar al deporte de sus valores morales y violar los derechos de los niños y muchachos.

Tras esta proclamación, cuando ya terminaba el encuentro que duró más de cuatro horas, los presentes animaron al protagonista de esa mañana en el Estadio Olímpico con un grito: ¡Que llegue a los noventa! No se referían a los 90 minutos de juego del partido de fútbol (que en realidad sólo duró 60), sino a las nueve décadas de vida. El Papa sonrió.