RetrocesoA&ONº 232/2-XI-2000SumarioRaícesContinuar
Happening 2000: en el dos mil aniversario del cristianismo
Una amistad que cambia la vida
La pasada semana, la Asociación Cultural universitaria Atlántida plantó, como todos los años —en éste del Gran Jubileo, de modo especialmente significativo—, su tienda en medio del campus de la Universidad Complutense de Madrid, y organizó diversos actos en distintas Facultades, como es habitual; y asimismo la exposición a través de la cual estos universitarios anuncian el hecho cristiano con el que se han encontrado. Este año destacó por su capacidad, en medio de una gran sencillez, de suscitar el estupor. Partiendo del encuentro de los jóvenes enamorados del film Una historia del Bronx , la exposición Dos mil años de una amistad que cambia la vida, pone ante los ojos lo que nos ha sucedido: el encuentro con Cristo, el Hijo de Dios, al cumplirse los 2.000 años de su encarnación y de su nacimiento
Imaginad la escena. Tras 150 años de espera, el pueblo hebreo tenía un nuevo profeta: Juan el Bautista. Toda la gente iba a oírle y a ver cómo vivía. Estaban también aquel día dos que habían ido por primera vez. Estaban allí mirando con ojos asombrados. De repente, uno del grupo, un hombre joven, se va tomando el sendero que bordea el río. Juan el Bautista, con la mirada fija en Él, grita: ¡He ahí el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo! La gente no se movió, porque estaba acostumbrada a oír de vez en cuando al profeta frases extrañas, incomprensibles. Pero los dos que venían por primera vez se pegaron a sus talones. ¿Qué buscáis?, les dijo Jesús. Maestro, ¿dónde vives?, le respondieron. Venid y lo veréis, les dijo. Y fueron, vieron donde vivía, y se quedaron con él aquel día. Al volver a su casa les dijeron a sus familias: Hemos encontrado al Mesías.

El corazón de los dos pescadores se había topado aquel día con una presencia que correspondía de manera inesperada y evidente al deseo de verdad, de belleza y de justicia que constituía su humanidad sencilla. Desde entonces, si bien traicionándole y malinterpretándole miles de veces, nunca le iban a abandonar ya, se iban a volver suyos. Andrés, uno de aquellos dos, condujo a su hermano Simón ante Jesús. ¡Jamás podría olvidar cómo Él lo miraba! ¡Nunca nadie me había mirado así! Al día siguiente, en lugar de ir a pescar con red en el lago, corrió al pueblo vecino, porque se había enterado que Jesús estaba allí. ¡Y al día siguiente otra vez lo mismo! Él era otro hombre. ¡No podía dejarlo! ¿Quién era como aquel hombre? ¿Quién hablaba así? Nadie ha hablado jamás como este hombre.

Lo mismo le sucedió al jefe de los recaudadores, el hombre más odiado de toda Jericó. Jesús está pasando por la calle y Zaqueo se sube a un árbol, lleno de curiosidad, para verle. Zaqueo, baja pronto, porque quiero ir a tu casa, le dice Jesús. ¿Qué es lo que le hizo correr lleno de alegría? ¿Qué es lo que le cambió? Simplemente, que había sido penetrado y acogido por una mirada que le reconocía y le amaba tal como era.

Los primeros amigos, y los que se sumaron después, asistieron cada vez más cotidianamente a la excepcionalidad y la exorbitancia de aquella personalidad que calmaba la tempestad, curaba a los enfermos y perdonaba los pecados. Empezaron por ir algunas horas, luego el día entero, olvidaban su casa… ¡No olvidaban su casa! Había algo más grande que su casa, había algo de lo que nacía su casa, de donde nacía el amor a su mujer, que podía salvar el amor con que miraban a sus hijos. Había algo en aquel hombre que daba pleno significado a todos los aspectos de la vida.

Era sábado y, como de costumbre, fue a la sinagoga, Jesús se ofrece para comentar las Escrituras. Abre el rollo y lee el fragmento del maná en el desierto, en el que Dios había enviado esa extraña escarcha que era como pan. Cristo vuelve a enrollar el pliego, y dice: Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; mas quien coma de mi palabra vivirá para siempre. La gente, si bien atraída, se queda estupefacta ante estas afirmaciones. Mientras habla, se abre la puerta del fondo de la sinagoga y entra una multitud que había estado con él el día antes, y habían quedado embelesados. En ese instante dice Jesús: Vosotros me buscáis porque os he dado pan, pero yo os daré mi carne para comer y mi sangre para beber. Los dueños de la mentalidad común, los políticos, los periodistas de entonces, los escribas y fariseos, empezaron a decir que Jesús estaba loco. El murmullo se fue extendiendo: Está loco, ¿quién puede dar a comer su carne? Los fariseos hacen desalojar la sinagoga. En la penumbra del crepúsculo sólo queda Jesús junto al pequeño grupo de sus más allegados. Imaginemos ese instante lleno de tensión. El silencio era grande. Jesús mismo toma la iniciativa: ¿También vosotros queréis marcharos? Y fue aquí donde Pedro prorrumpió en aquella frase que resume por entero la experiencia de certeza de todos ellos: Señor, tampoco nosotros comprendemos lo que dices; pero, si nos separamos de ti, ¿con quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras que explican y dan sentido a la vida.

Aquellos doce se lo dijeron a sus mujeres, y algunas de esas mujeres se fueron con ellos; llegó un momento en que muchos se fueron con ellos para seguirle: abandonaban sus casas y se iban con ellos. Y se encontraron a otros amigos, y éstos a otros... Así pasó el primer siglo, y estos amigos invadieron con su fe el siglo segundo, al tiempo que también invadían el mundo geográfico. En el mismo siglo I llegaron hasta España y hasta la India como un gran flujo que se fue agrandando, hasta llegar a nuestros amigos, y nuestros amigos nos lo dijeron a nosotros. Y nosotros también decimos: Maestro, si nos vamos de tu lado, ¿a dónde iremos? Sólo tú tienes palabras que explican y dan sentido a la vida.

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