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El Museo Nacional del Prado, de Madrid, procedió el pasado año, y durante doce meses, a la restauración de la primera obra maestra de Jacopo Tintoretto (1518/19-1594). La limpieza, realizada por Isabel Molina, ha devuelto todo su esplendor a esta pintura. A su vez, el exhaustivo trabajo de investigación realizado demuestra categóricamente que El Lavatorio conservado en el Museo del Prado es el único autógrafo de Jacopo Tintoretto y el pintado originalmente para la iglesia de San Marcuola, en Venecia, frente a la opinión mantenida por ciertos historiadores desde 1976.
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Impresiona de esta obra el concienzudo proceso creativo que Tintoretto logra poner en escena. Tras trazar el escenario, el pintor introduce los personajes pensando en el punto de vista del espectador. Cuando uno ve el cuadro frontalmente, los personajes aparecen distribuidos aleatoriamente. Sin embargo, esta impresión cambia al contemplarlo desde la derecha, desde una posición similar en la que se encontrarían los feligreses de San Marcuola. Desde este punto, los espacios muertos entre las figuras desaparecen, y el cuadro se ordena a lo largo de una diagonal que, partiendo de Cristo, prosigue por la mesa, en la que aguardan turno los apóstoles, para finalizar en el arco al fondo del canal.
Tintoretto deja patente su maestría a la hora de emplear la nueva concepción que irrumpió en la pintura veneciana en la década de 1530: el uso de un punto elevado en las composiciones, unido a la inclusión de elementos arquitectónicos, confiere a las obras un mayor dinamismo y profundidad. El Lavatorio, en todo su esplendor, se muestra ahora en una pequeña exposición que da a conocer todo el proceso de restauración, en la sala 75 del Museo del Prado, hasta el 7 de enero de 2001. Oración para alcanzar la humildad Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, Tú nos dijiste: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y vuestra alma encontrará descanso. Mi alma encuentra en Ti su descanso al ver cómo te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia. Te ruego, divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que yo intente colocarme por encima de las demás. Yo sé bien, Dios mío, que al alma orgullosa tú la humillas y que a la que se humilla le concedes una eternidad gloriosa; por eso, quiero ponerme en el último lugar y compartir tus humillaciones, para tener parte contigo en el reino de los cielos. Pero Tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana hago el propósito de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en Ti. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! Santa Teresa de Lisieux |