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También fuera de la Iglesia, especialmente entre lo que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, Santo Tomás Moro es reconocido como ejemplo imperecedero de coherencia moral.
El rey le nombró Canciller del Reino. Constatada su gran firmeza en rechazar acualquier compormiso contra su propia conciencia, el rey, en 1534, lo hizo encarlcelar en la Torre de Londres, donde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que due sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado. Son muchos los razones a favor de su proclamación como patrono de los gobernantes y de los políticos. Entra éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad. Las conquistas biotecnológicas agudizan la exigencia de defender la?vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras a favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados. Santo Tomás Moro se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades e instituciones legítimas. En ellas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseño que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. La historia de santo Tomás Moro ilustro con claridad una verdad fundomental de la ética política. La defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas injerencias del Estado, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. Juan Pablo II |