RetrocesoA&ONº 233/9-XI-2000SumarioDesde la feContinuar
Jerusalén y el miedo a la paz
Cuando les conviene, los políticos tienden a buscar en supuestas razones históricas la justificación de sus actos y, cuando resultan demasiado burdas, pueden caer en la tentación de encontrarlas en razones religiosas. Y nada más contradictorio que basarse en la religión sin siquiera ser creyente. Es parte del drama de Israel, un Estado que lleva el nombre que el propio Yahvé dio a Jacob y a sus descendientes como símbolo de su elección, como pueblo encargado de dar a conocer al mundo la existencia de un solo Dios. Le prometió —y le dio— una tierra para asentarse, sujeta al cumplimiento de la Alianza posteriormente establecida con Moisés. Quienes tienen la Biblia como libro de cabecera conocen muy bien las bendiciones y maldiciones que acompañarían a ese pueblo de Israel en caso de cumplir o incumplir la Alianza, basada en el amor de Dios y al prójimo (véanse los capítulos finales del Deuteronomio).

El caso es que, si bien Israel como reino apenas duró unas decenas de años, el pueblo judío, en la fidelidad y en la infidelidad a Dios, en la esclavitud y en la diáspora, ha sobrevivido hasta nuestros días como un testimonio que nunca agradeceremos bastante los creyentes en el mismo Dios de Abraham, de Jacob y de Moisés. Loor, pues, al pueblo judío como tal. Otra cosa es que esa gratitud, admiración y reconocimiento, se extienda a quienes decidieron basarse en las promesas bíblicas para acabar con una diáspora de diecinueve siglos y crear un Estado con el nombre del patriarca Jacob y, de nuevo, desafiar a Dios mediante el incumplimiento de su Alianza. Porque la creación de ese Estado supuso la expulsión de sus moradores, los palestinos musulmanes, descendientes también de Abraham, y la declaración de la guerra a quien no reconociera los derechos del pueblo judío a volver a la tierra, su propiedad desde la eternidad..., aunque los inventores del nuevo Israel, integrados en el movimiento sionista, fuesen, en su mayoría, agnósticos e, incluso, ateos. Sólo se recurrió a la Biblia como razón histórica y religiosa, no siempre apoyada por todos los rabinos del mundo, por cierto.

Ahora bien, el nudo gordiano de la actual crisis entre Israel y los palestinos no reside ya en la justicia o injusticia de la creación del Estado israelí. Este nudo ya fue cortado por la espada de las guerras recientes, hasta 1967: Israel es un hecho consumado, reconocido por los propios palestinos a raíz de los acuerdos de Oslo de 1993. ¿Qué ocurre, pues? Que ese Israel, surgido del terror y la guerra —es decir, en un auténtico desafío a la promesa divina—, tiene miedo a la paz. No le basta con tener por aliado a la primera potencia del mundo, Estados Unidos; no le basta con disponer del Ejército más poderoso de la tierra en proporción a sus habitantes y límites fronterizos; no le basta con poseer un arsenal nuclear y capacidad material para destruir a todos sus vecinos… Quiere la total sumisión de los palestinos, confinados en auténticos ghettos rodeados de asentamientos de colonos y de tanques y quiere, sobre todo, Jerusalén, símbolo de la unidad que logró el rey David y que sólo se mantuvo durante el reinado de Salomón.

Pero Jerusalén ya no es lo que fue. Ni siquiera existe el templo de Salomón, restaurado por Herodes y destruído por los romanos en el año 70. Quedan, eso sí, las ruinas de un muro sobre el que se alza la Explanada de las Mezquitas. La Historia ha pasado por allí y, con ella, la aparición de una nueva religión, la islámica, practicada por los hijos de Ismael, hijo de Abraham y hermanastro de Isaac. Y con ella, la construcción de las mezquitas de la Roca y Al Aksa, la lejana, donde Mahoma fue trasladado por un ángel para su subida al Cielo en la Noche del Destino. Y, por supuesto, la cristianización y las Cruzadas. En esos diecinueve siglos, el pueblo judío estuvo ausente. No hay historia judía en Jerusalén.

Los acuerdos de Oslo —paz por territorios— acabaron con todas las aspiraciones de los palestinos a recuperar su tierra. Se conformaron con instalarse en unos reductos minúsculos sometidos a vigilancia. Pero siempre mantuvieron viva la esperanza en recuperar la Jerusalén ocupada en 1967 por el Zahal. Es la única que tienen. Pero hasta ésa se la quieren quitar los israelíes, que declararon la Ciudad Santa capital eterna de su Estado, una vez forzada su reunificación con la parte árabe a partir de la guerra de los seis días. Si Israel quisiera la paz no tendría más que reconocer el barrio árabe de Jerusalén —200.000 habitantes palestinos— y la Explanada de las Mezquitas como la capital del Futuro Estado palestino. Bastaría con eso para que se abriesen las compuertas de la cooperación entre judíos y musulmanes, para que renaciera la esperanza en la reconciliación de las dos religiones.

Pero Israel no cree en Dios: cree en la tierra prometida, cree en Estados Unidos, cree en la fuerza. Su perspectiva de paz es una paz armada, de confrontación desde el poder. Éste es el drama israelí: tiene miedo a una paz basada en la fraternidad con un pueblo que, paradójicamente, no tiene tierra, pero cree en Dios. Si fuese poeta diría que Israel ha perdido ya la batalla de su destino porque, una vez más, se aleja de Dios para rezarle al ídolo de su maquinaria de guerra. La gran crisis, que todos pagaremos, está aún por llegar.

Manuel Cruz