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| Cuando los hombres perdemos el rumbo de las cosas, no queremos respetar la ley natural, ponemos el hombre al servicio de la técnica (y no al revés), cuando pretendemos convertirnos en árbitros y dueños de la vida humana, podemos ocasionar gravísimo daño a miles de seres humanos; y esto, aun pensando en beneficiar a algunos.
Se acaba de celebrar en Madrid, en la fundación Areces, un Simposio Internacional de Bioética que, entre otros temas, estudió qué se puede hacer con los 30.000 (treinta mil) embriones congelados que se almacenan en cámaras frigoríficas de diversas clínicas españolas, productos sobrantes de las fecundaciones in vitro llevadas a cabo en esos centros. Nadie va a negar la buena intención de unos esposos que recurren a este procedimiento, cuando el medio ordinario para engendrar no ha dado resultado. Pero la buena intención no basta para hacer bueno y lícito el medio empleado. O si no, que se lo pregunten a esos 30.000 seres humanos pues eso son, aunque sean embriones detenidos artificialmente en su proceso de crecimiento, a los pocos días de ser, también artificialmente, producidos, que viven una interminable noche en el congelador de asépticas clínicas. Hay quien propone que se utilicen estos embriones para producir células madres, con las que tratar de curar enfermedades hereditarias en otras personas (fibrosis quísticas, diabetes, etc.) También aquí la intención resulta loable, pero igualmente el procedimiento es inadmisible. ¿Cómo puede admitirse que sea lícito curar a alguien a base de fabricar y matar a otros seres humanos, tan humanos como los primeros, aunque tengan sólo días de vida y pocas células, sean producidos en un laboratorio, y no se sepa quién es su padre y su madre? El racismo de los nazis, la xenofobia de algunas tribus... produce escalofríos y la repulsa de todos. Pero, si cabe, es peor aún la utilización instrumental de seres humanos cuando se hace en nombre del progreso y de la ciencia, porque contribuye muy directamente a la pérdida del valor inviolable de toda vida humana desde su concepción, y convierte al hombre, al científico, en un dios sin alma, con un supuesto interés por el avance de la Medicina que no puede ser verdadero, porque no está al servicio del hombre, de todo hombre, porque no respeta y no protege al más inocente y al más necesitado de todos: el concebido no nacido. Y el científico, más que ningún otro, sabe que desde el inicio de la fecundación hay una nueva vida humana. Si no lo creyera no recurriría a la fecundación in vitro para conseguir un hijo. Los legisladores tendrían que impedir que se puedan seguir dando almacenamientos de embriones, porque va contra la Constitución que manda proteger toda vida humana, y para que la Historia no tenga que condenar a los que han permitido estos modernos campos de concentración, más sofisticados y encubiertos que los de otros tiempos, pero no menos mortíferos. Juan Moya |