Merece la pena detenerse en la película inaugural del certamen. Bailar en la oscuridad se presentaba ya con el curriculum de la Palma de Oro del último Festival de Cannes. Lars von Trier, heredero para algunos de la fuerza visual de su compatriota Dreyer, dirige este musical sui generis que ha conquistado el corazón de la crítica internacional. Comienza la película: la pantalla en negro durante cinco minutos. Sólo oímos música. De esta manera el espectador es inducido a experimentar y compartir la ceguera de la protagonista y su ensoñación melódica. Cuando Buero Vallejo estrenó En la ardiente oscuridad, durante un monólogo de Ignacio, dejó el teatro a oscuras para que el público se contagiase de la angustiosa soledad de su invidencia. Cuando se hace la luz, comienza una historia que nos va a helar la sangre por su grandeza: si grande es la tragedia que sucederá, más grande será el amor que manifieste la protagonista. El amor de una madre a su hijo conduce a nuestra protagonista por el camino de la inmolación más extrema. Selma (interpretada por la cantante islandesa Björk), con una ceguera progresiva y voraz, ahorra todo su dinero para operar a su hijo que, sin que él lo sepa, ha heredado la misma enfermedad. Y cuando ha acumulado el dinero preciso, su amigo y casero Bill se lo roba, porque está arruinado y, si su mujer se entera, probablemente le abandone. A partir de ese momento, la bondad y el amor de Selma hacen que nada se desarrolle de una forma convencional. Tampoco era convencional lo que hacía el príncipe Mishkin, de Dostoievski. Aquel inolvidable Príncipe idiota, era como Selma, de esas personas apenas rozadas por el pecado original, y que, aunque sean personajes de ficción, son un signo de nuestra verdadera naturaleza hecha incondicionalmente para el bien. Impresiona ver cómo esta chica frágil y minusválida afronta su vida, con una energía que sólo da el verdadero amor. Ella, a la que la realidad se le va ocultando paulatinamente, sueña en multicolor y, sobre todo, deja que la música imaginada le lleve adonde sus ojos no la pueden llevar. A partir de los ruidos toscos de la vida cotidiana, sueña con lo que le dice su conciencia, con el perdón, con la bondad, con la positividad última de las cosas. Por ello el tema musical recurrente es aquel de Sonrisas y lágrimas que la institutriz enseña a los niños para recuperar la esperanza cuando sobreviene la negra tormenta. La película es dura y no hace concesiones a la fácil complacencia. Pero se ve con emoción, por la misma razón por la que nos arrebató La vida es bella, de Benigni: porque testimonia que el amor es más fuerte que la muerte y convierte lo que para muchos sería un argumento nihilista en una expresión límite de auténtica esperanza.