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Jesús Colina. RomaAsamblea parlamentaria del mundo: eso fue el pasado fin de semana la Ciudad del Vaticano. El Jubileo de los políticos fue preparado por una sesión de todo un día, en la que participaron unos cinco mil diputados y senadores. En total, había delegaciones de 94 países. Algunas representaban a países tan diferentes y tan lejanos a la realidad cristiana como Irán, Túnez o Kuwait. La delegación menos numerosa era la de los Estados Unidos, un pecado en cierto sentido venial, pues se encontraban en los últimos dos días de campaña electoral. El encargado de enmarcar las discusiones fue uno de los políticos más inoxidables de la arena política planetaria, Giulio Andreotti, ex Primer ministro italiano y miembro de gabinetes de Gobierno de su país durante más de cuarenta años. Cristianos, judíos, musulmanes, budistas, agnósticos... debatieron tres preocupaciones fundamentales que todos sentían como propias: condonación de la deuda externa de los países más pobres; defensa de la libertad y de la dignidad de la persona; y la ética en tiempos de globalización. Entre los muchos personajes de prestigio internacional que intervinieron se encontraba el ex Presidente soviético Mijaíl Gorbachov, quien denunció que el planeta ha pasado, del fundamentalismo del comunismo, al fundamentalismo del liberalismo. El reto, según él, está en hacer que la ética penetre en la política, meta que planteó como tarea, en particular, a los creyentes de las diferentes religiones. Juan Pablo II intervino, al final de las sesiones parlamentarias, para exponer los desafíos más urgentes que, según él, tiene que afrontar la política en estos tiempos de globalización. Comenzó planteando una cuestión concreta en la que está insistiendo en este Año Santo: un gesto de clemencia para los presos de todo el mundo, que les animaría en el camino de revisión personal y les impulsaría a una adhesión más firme a los valores de la justicia. |
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A continuación, el Pontífice denunció las dos grandes contradicciones de nuestro tiempo. Ante todo, fotografió con voz firme el escándalo de las sociedades opulentas del mundo de hoy, en las que los ricos se hacen cada vez más ricos, porque la riqueza produce riqueza, y los pobres son cada vez más pobres. De este modo, aseguró que los políticos, y en primer lugar aquellos que se dicen cristianos, tienen que rebelarse: Aquellos cristianos, que se sienten llamados por Dios a la vida política, tienen la tarea ciertamente bastante difícil, pero necesaria de doblegar las leyes del mercado "salvaje" a las de la justicia y la solidaridad. Ése es el único camino para asegurar a nuestro mundo un futuro pacífico, arrancando de raíz las causas de conflictos y guerras: la paz es fruto de la justicia.
REDESCUBRIR LA VOCACIÓN POLÍTICA
La otra gran contradicción de nuestro tiempo, según el Papa, está en la violación, por parte de la ley positiva, de la ley natural. Y dirigiéndose a los legisladores cristianos les advirtió que no pueden contribuir a formular ni aprobar leyes contra la persona humana; aclaró que, durante las discusiones parlamentarias, es lícito proponer enmiendas que atenúen su carácter nocivo. Este mismo criterio, según el Papa, sirve para toda ley que perjudique a la familia y al matrimonio y atente contra su unidad e indisolubilidad, o bien otorgue validez legal a uniones entre personas, incluso del mismo sexo, que pretendan suplantar, con los mismos derechos, a la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Al día siguiente, durante la Eucaristía conclusiva, Juan Pablo II presentó una visión de la política de amplias miras, y rechazó el concebirla como una simple maquinaria electoral o de pactos miopes. La clave para que la política redescubra su vocación, según aclaró, está en una palabra: servicio. Un servicio que pasa a través de un diligente y cotidiano compromiso, que exige una gran competencia en el desarrollo del propio deber y una moralidad, a toda prueba, en la gestión desinteresada y transparente del poder. Por otra parte, la coherencia personal de lo político ha de expresarse también en una correcta concepción de la vida social y política a la que está llamado a servir. Al mismo tiempo, sin embargo, continuó no se puede justificar un pragmatismo que, también respecto a los valores esenciales y básicos de la vida social, reduzca la política a pura mediación de los intereses o, aún peor, a una cuestión de demagogia o de cálculos electorales. Si el derecho no puede y no debe cubrir todo el ámbito de la ley moral, se debe también recordar que no puede ir "contra" la ley moral. El Papa subrayó la necesidad de redescubrir el sentido de la participación, implicando en mayor medida a los ciudadanos en la búsqueda de vías oportunas para avanzar hacia una realización cada vez más satisfactoria del bien común. Y añadió: El diálogo se presenta siempre como instrumento insustituible de toda confrontación constructiva. El regalo del Pontífice a los políticos del mundo, con motivo del Jubileo, ha sido la proclamación de santo Tomás Moro, el Canciller inglés asesinado por el rey Enrique VIII por no querer someterse a compromisos, como Patrono de los políticos. ¡Invocadlo, seguidlo, imitadlo! les recomendó al despedirse de los parlamentarios y gobernantes. Su intercesión no os faltará para obtener, también en las situaciones más arduas, fortaleza, buen humor, paciencia y perseverancia. |