RetrocesoA&ONº 234/16-XI-2000SumarioCriteriosContinuar
Educación, felicidady verdad
Que sean felices, deseaba a los televidentes, uno de los últimos domingos, el presentador del Telediario al despedirse. Inmediatamente rectificó: Bueno, eso es imposible. Estén, al menos, un poco contentos. Pocas veces se reconoce tan claramente la incapacidad del hombre para saciar la sed de felicidad que le constituye. Un reconocimiento, sin embargo, inhumano, pues renuncia a usar la razón, censurando precisamente ese deseo de infinito: la felicidad que reclama todo corazón humano queda así reducida a estar un poco contentos. Tal sucedáneo de felicidad, naturalmente, lejos de llenar la vida del hombre, acaba por destruirla.

Mañana comienza el II Congreso Católicos y Vida Pública, con la atención puesta especialmente en algo tan esencial para la vida de cada persona y de la sociedad entera como es la educación, necesitada sin duda de una renovación profunda, y no tanto por el vacío —evidente— en la enseñanza de las Humanidades, y hasta en las actitudes más elementales para la vida que justamente han recibido el nombre específico de educación, cuanto por un vacío más radical, que explica precisamente el anterior: el de la falta de conciencia de la verdad del hombre y del significado y destino de la vida humana. Una cuestión tan esencialmente indispensable como clamorosamente olvidada; este II Congreso, en la línea del celebrado el pasado año, no sólo ha de tenerla presente, sino que ha de situarla en el centro mismo de sus reflexiones. Justamente por ser católico, es decir, por no censurar ni la razón ni la fe.

Si es preciso recordar que la fe católica no sólo no se contrapone a la razón, sino que incluso la potencia, también debe afirmarse que no puede quedar reducida a la vida privada. No sólo no se contrapone a la vida pública, sino que le da a ésta su auténtica dimensión plenamente humana. Renunciar a la dimensión pública de la fe, y de modo especialísimo en el campo de la educación, es dejar a la sociedad a merced de la irracionalidad que ha censurado la cuestión de la verdad, y, con ella, la de su propia existencia como sociedad realmente humana; es dejarla a merced del poder. Y no sólo eso: una fe reducida al ámbito de lo privado ya no es la fe verdadera, ni siquiera sirve a quien se tiene por creyente de ese modo reductivo y parcial.

Hace ya cuatro años, en estas mismas páginas, acerca también de la presencia activa de los católicos en la vida pública, se decía que no es cuestión de dedicarle determinadas energías y determinados momentos, sino que se trata de una determinada actitud ante la realidad; no puede ser durante un rato, ahora sí y mañana no…; exigiendo educación religiosa para los hijos, y despreocupándose absolutamente luego de ella; en casa sí, y en el despacho no; en el café sí, y en la consulta, en el Parlamento, en el bufete y en la plaza no. Si la verdad que exige esta unidad de vida —¿acaso puede dividirse nuestra persona en trozos?— es necesaria en todo momento y circunstancia, lo es, en primerísimo lugar, en el campo educativo. ¿Cómo educar al margen de la verdad, sin el porqué y el para qué verdaderos de la vida? Al margen de la fe, que da respuesta razonable a la sed de felicidad que nos constituye, ¿qué tipo de persona y de sociedad, y qué clase de educación pueden existir?

Nada tiene de extraño, en ausencia de la verdad, que la educación quede degradada a la transmisión de unos contenidos desprovistos de toda capacidad de educar; peor aún, provistos del relativismo que sólo genera escepticismo y desamor por la vida, dando paso con ello a todo tipo de violencia. La vida se construye desde la verdad que hace libres. La propia y la de la sociedad, porque la verdad, cuando se ha conocido, ¡y nosotros la hemos conocido, pues se ha hecho carne y habita entre nosotros!, no puede callarse. La verdadera educación, entonces, no sólo es posible, sino que despliega toda su capacidad de responder plenamente a esa sed de felicidad con la que todos nacemos.